Ritual de la Confirmación

 

 

Sagrada Congregación para el Culto Divino

Decreto

 

 

 

Los Apóstoles y sus sucesores, los Obispos, transmitieron a los hombres bautizados el don peculiar

del Espíritu Santo prometido por Cristo el Señor y derramado sobre los Apóstoles el día de Pentecostés,

mediante el sacramento de la Confirmación. Por este sacramento se completa la iniciación de la vida

cristiana de tal manera que los fieles, fortalecidos por el poder de lo alto, se convierten en testigos sinceros

de Cristo, tanto por sus palabras como por sus ejemplos, y se unen a la Iglesia con un vínculo más

estrecho.

Para que apareciera con mayor claridad "la íntima conexión de este sacramento con toda la iniciación

cristiana", el Concilio Vaticano II decretó que el rito de la Confirmación fuera revisado.1 Ahora, una vez

concluido este trabajo y aprobado por el Sumo Pontífice el Papa Pablo VI mediante la Constitución

Apostólica "Divinae consortium naturae", firmada el 15 de agosto de 1971, la Sagrada Congregación para

el Culto Divino mandó publicar el nuevo Ritual de la Confirmación que sustituirá al Ritual del Pontifical y

Ritual Romano usado hasta ahora, y declara que esta edición que ahora se presenta es la edición típica.

Sin que obste ninguna disposición en contrario.

 

Dado en la Sede de la Sagrada Congregación para el Culto Divino, el día 22 de agosto del año 1971.

 

Arturo Card. Tabera

Prefecto

A. Bugnini

Secretario

Argentinae

 

Instante Excellentissimo Domino Adulpho Tortolo, Archiepiscopo Paranensi, Praeside Coetus

Episcoporum Argentinae, litteris die 24 Octobris 1972 datis, vigore facultatum huic Sacrae Congregationi

a Summo Pontifice Paulo VI tributarum, interpretationem hispanicam Ordinis Confirmationis, prout in

adiecto prostat exemplari, perlibenter probamus seu confirmamus.

In textu autem imprimendo mentio fiat de confirmatione ab Apostolica Sede concessa. Eiusdem

insuper textus impressi duo exemplaria ad hanc Sacram Congregationem transmittantur.

Contrariis quibuslibet minime obstantibus.

 

Ex aedibus Sacrae Congregationis pro Cultu Divino, die 27 Iunii 1973.

 

Arturus Card. Tabera

Praefectus

A. Bugnini

Archiep. tit. Diocletianen. a Secretis

Constitución Apostólica

Sobre El Sacramento De La Confirmación

Pablo Obispo

Siervo De Los Siervos De Dios

Para Perpetua Memoria

 

La participación de la naturaleza divina otorgada a los hombres mediante la gracia de Cristo, comporta

cierta analogía con el origen, desarrollo y sustento de la vida natural. Nacidos a una vida nueva por el

Bautismo los fieles han sido fortificados por el sacramento de la Confirmación y son alimentados en la

Eucaristía con el pan de la vida eterna. Así por estos sacramentos de la iniciación cristiana reciben cada

vez más las riquezas de la vida divina y avanzan hacia la perfección de la caridad. Con toda razón se han

escrito estas palabras: "La carne es lavada para que el alma sea purificada; se unge la carne para que el

alma sea consagrada; se hace una señal en la carne para que el alma sea robustecida; con la imposición de

manos se protege la carne para que el alma sea iluminada por el Espíritu; la carne es alimentada con el

cuerpo y la sangre de Cristo para que también el alma pueda nutrirse de Dios".1

El Concilio Ecuménico Vaticano II consciente de su finalidad pastoral, estudió cuidadosamente los

sacramentos de la iniciación y prescribió revisar sus ritos a fin de que se adapten mejor a la mentalidad de

los fieles. Así, habiendo entrado ya en vigor el Ritual del Bautismo de los Niños con la nueva forma

preparada según el deseo de la asamblea conciliar y promulgado por nuestra autoridad, se ha creído

conveniente publicar ahora el rito de la Confirmación con el fin de hacer resaltar debidamente la unidad de

la iniciación cristiana.

En estos últimos años la revisión del modo de celebración de este Sacramento ha sido objeto de

prolongados y arduos estudios; la intención era aclarar la íntima conexión de este Sacramento con toda la

iniciación cristiana.2 Ahora bien, el vínculo que une la Confirmación con los demás sacramentos de dicha

iniciación no se pone suficientemente de manifiesto por la mera coordinación de los diferentes ritos, sino

también por los gestos y las palabras que acompañan la administración de la Confirmación. En efecto, es

necesario que los textos y los ritos de este Sacramento se ordenen de manera que expresen con mayor

claridad las cosas santas que significan y que el pueblo cristiano, en lo posible, pueda comprenderlas

fácilmente y participar en ellas mediante una celebración plena, activa y comunitaria.3

Con este fin hemos querido incluir en esta revisión aquellos elementos que pertenecen a la esencia

misma del rito de la Confirmación, por la cual los cristianos reciben la comunicación del Espíritu Santo.

El Nuevo Testamento muestra claramente cómo el Espíritu Santo asistía a Cristo en el cumplimiento

de su función mesiánica. Jesús, después de haber recibido el bautismo de Juan, vio al Espíritu descender

sobre él (cf. Mc. 1, 10) y permanecer sobre él (cf. Jn. 1, 32). Fortificado por la presencia y la ayuda del

mismo Espíritu fue impulsado por él a iniciar públicamente su ministerio mesiánico. Al anunciar la

salvación al pueblo de Nazaret comenzó afirmando que la profecía de Isaías "el Espíritu del Señor está

sobre mí" se refería a sí mismo (cf. Lc. 4, 17-21).

Después prometió a sus discípulos que el Espíritu Santo los ayudaría también a ellos para hacerlos

capaces de atestiguar valientemente su fe, aun ante los perseguidores (cf. Lc. 12, 12). La víspera de su

pasión aseguró a sus Apóstoles que les enviaría el Espíritu de verdad (cf. Jn. 15, 26), el cual permanecería

con ellos para siempre (Jn. 14, 16) y los ayudaría a dar testimonio de él (cf. Jn. 15, 26). Finalmente,

después de su resurrección Cristo prometió la venida inminente del Espíritu Santo: "Recibiréis la fuerza del

Espíritu Santo que descenderá sobre vosotros y seréis mis testigos" (Hech. 1, 8; cf. Lc. 24, 49).

El día de Pentecostés, en efecto, el Espíritu Santo descendió de modo admirable sobre los Apóstoles

reunidos con María, la Madre de Jesús, y con los demás discípulos; fueron llenos del Espíritu Santo

(Hech. 2, 4) e impulsados por el soplo divino comenzaron a proclamar las maravillas de Dios. Pedro

declaró entonces que el Espíritu que había descendido sobre los Apóstoles era el don propio de la era

mesiánica (cf. Hech. 2, 17-18). Entonces fueron bautizados los que creyeron en la predicación apostólica

y recibieron también ellos el don del Espíritu Santo (Hech. 2, 38). Desde aquel tiempo los Apóstoles, en

cumplimiento de la voluntad de Cristo, comunicaron a los neófitos, por la imposición de las manos, el don

del Espíritu Santo destinado a completar la gracia del Bautismo (cf. Hech. 8, 15-17; 19, 5s.). Esto explica

por qué en la carta a los Hebreos se recuerda, entre los elementos de la primera formación cristiana, la

doctrina del Bautismo y de la imposición de las manos (cf. Hebr. 6, 2). Esta imposición de las manos es

reconocida con razón por la tradición católica como el origen del sacramento de la Confirmación, que en

cierto modo perpetúa en la Iglesia la gracia de Pentecostés.

Se ve entonces la importancia peculiar de la Confirmación respecto de la iniciación sacramental por la

cual los fieles, como miembros de Cristo viviente, son incorporados y configurados por el Bautismo, la

Confirmación y la Eucaristía.4 En el Bautismo los neófitos reciben el perdón de los pecados, la adopción

de hijos de Dios y el "carácter" de Cristo por el cual quedan agregados a la Iglesia y comienzan a participar

del sacerdocio de su Salvador (cf. 1 Ped. 2, 5 y 9). Por el sacramento de la Confirmación los que han

nacido a una vida nueva por el Bautismo, reciben el Don inefable, el mismo Espíritu Santo, por el cual son

enriquecidos con una fuerza especial5 y, marcados con el carácter de este Sacramento, quedan

vinculados más perfectamente a la Iglesia6 y están más estrictamente obligados a difundir y defender la fe

con la palabra y las obras, como auténticos testigos de Cristo.7 La Confirmación, por fin, está tan

vinculada con la Eucaristía8 que los fieles, ya sellados por el Bautismo y la Confirmación se insertan

plenamente en el cuerpo de Cristo mediante la participación de la Eucaristía.9

Ya desde los primeros tiempos el don del Espíritu Santo era conferido con diversidad de ritos. Tanto

en Oriente como en Occidente estos ritos sufrieron diversos cambios pero conservando siempre el mismo

significado: la comunicación del Espíritu Santo. En muchos ritos de Oriente parece que ya desde la

antigüedad prevaleció en la comunicación del Espíritu Santo el rito de la crismación, sin que aún se lo

distinguiera claramente del Bautismo.10 Este rito hoy continúa en vigencia en la mayoría de las Iglesias

orientales.

En Occidente se encuentran testimonios muy antiguos sobre la parte de la iniciación cristiana en la que

más tarde se ha reconocido claramente el sacramento de la Confirmación. En efecto, después de la

ablución bautismal y antes de la cena eucarística se indican otros gestos rituales: la unción, la imposición

de la mano y la "consignatio". 11 Se los encuentra mencionados tanto en los documentos litúrgicos12

como en muchos testimonios de los Padres. Desde entonces y a lo largo de los siglos, surgieron

discusiones y dudas acerca de los elementos que pertenecen a la esencia del rito de la Confirmación. Es

oportuno recordar por lo menos algunos de los testimonios que, desde el siglo XIII, contribuyeron en los

concilios ecuménicos y en los documentos de los Sumos Pontífices a ilustrar la importancia de la

crismación sin olvidar por eso la imposición de las manos.

Inocencio III, nuestro Predecesor, escribió: "Por la crismación en la frente se designa la imposición

de la mano, llamada también confirmación, porque por ella se da el Espíritu Santo para el crecimiento y la

fuerza".13 Otro Predecesor nuestro, Inocencio IV, recuerda que los apóstoles comunicaban el Espíritu

Santo mediante la imposición de la mano que representa la Confirmación o la crismación en la frente.14

En la profesión de fe del emperador Miguel Paleólogo, leída en el II Concilio de Lyon, se hace mención del

sacramento de la Confirmación que los Obispos confieren mediante la imposición de las manos, ungiendo

con el crisma a los bautizados.15 El decreto "Pro Armenis" del Concilio de Florencia, afirma que la

materia del sacramento de la Confirmación es el crisma confeccionado con aceite ... y bálsamo16 y,

citando las palabras de los Hechos de los Apóstoles que se refieren a Pedro y Juan, los cuales confirieron

el Espíritu Santo con la imposición de las manos (cf. Hech. 8, 17) añade: "En lugar de esta imposición de

la mano, en la Iglesia se da la Confirmación".17 El Concilio de Trento, aunque en modo alguno intenta

definir el rito esencial de la Confirmación, sin embargo, lo designa únicamente con el nombre de sagrado

crisma de la Confirmación.18 Benedicto XIV declaró: "Esto está fuera de discusión: en la Iglesia latina el

sacramento de la Confirmación se confiere usando el sagrado crisma, o sea aceite de oliva mezclado con

bálsamo y bendecido por el Obispo, y haciendo el ministro la señal de la cruz en la frente del confirmando

mientras el mismo ministro pronuncia las palabras de la forma".19

Muchos teólogos teniendo en cuenta estas declaraciones y tradiciones, sostuvieron que para la

administración válida de la Confirmación se requería únicamente la unción del crisma hecha en la frente

por la imposición de la mano; sin embargo, en los ritos de la Iglesia latina se prescribía siempre la

imposición de las manos antes de la unción de los confirmandos.

En lo que se refiere a las palabras del rito con que se comunica el Espíritu Santo, hay que advertir que

ya en la Iglesia naciente Pedro y Juan al terminar la iniciación de los bautizados en Samaría, oraron por

ellos para que recibieran el Espíritu Santo y después impusieron las manos sobre ellos (cf. Hech., 8,

15-17). En Oriente durante los siglos IV y V aparecen en el rito de la crismación los primeros indicios de

las palabras Signaculum doni Spiritus Sancti.20 Muy pronto estas palabras fueron recibidas por la Iglesia

de Constantinopla y son empleadas todavía por las Iglesias del rito Bizantino.

En Occidente por el contrario, las palabras del rito que completa el Bautismo no fueron determinadas

claramente hasta los siglos XII y XIII. En el Pontifical Romano del siglo XII aparece por primera vez la

fórmula que después se hizo común: "Yo te marco con el signo de la cruz y te confirmo con el crisma de

la salvación. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo".21

Por todo lo que hemos recordado aparece manifiestamente que en la administración de la

Confirmación en Oriente y en Occidente, aunque de diverso modo, el primer puesto lo ocupó la

crismación, que en cierta manera representa la imposición de las manos hecha por los apóstoles. Como

esta unción con el santo crisma significa convenientemente la unción espiritual del Espíritu Santo que se

da a los fieles, Nos queremos confirmar la existencia y la importancia de la misma.

En lo que se refiere a las palabras que se pronuncian en el acto de la crismación, hemos estimado en

su justo valor la dignidad de la venerable fórmula usada en la Iglesia latina; sin embargo creemos que a

ésta se debe preferir la antiquísima fórmula propia del rito Bizantino, con la que se expresa el Don del

Espíritu Santo y se recuerda la efusión del Espíritu el día de Pentecostés (cf. Hech. 2, 1-4 y 38). Por lo

tanto hemos adoptado esta fórmula traducida casi literalmente.

Por tanto, a fin de que la revisión del rito de la Confirmación corresponda oportunamente a la esencia

misma del rito sacramental, con nuestra Suprema Autoridad Apostólica decretamos y establecemos que en

adelante se observará en la Iglesia latina lo siguiente: el sacramento de la confirmación se confiere

mediante la unción del crisma en la frente, que se hace con la imposición de la mano, y mediante las

palabras "accipe signaculum doni spiritus sancti".

Sin embargo, la imposición de las manos sobre los elegidos que se realiza, con la oración prescrita,

antes de la crismación, si bien no pertenece a la esencia del rito sacramental, debe ser tenida en gran

consideración en cuanto que sirve para comunicar al rito toda su perfección y para favorecer una mejor

comprensión del Sacramento. Es evidente que esta primera imposición de las manos que precede, se

diferencia de la imposición de la mano con la cual se realiza la unción crismal en la frente.

Una vez establecidos y declarados todos estos elementos referentes al rito esencial del sacramento de

la Confirmación, aprobamos también, con Nuestra Autoridad Apostólica el Ritual de este Sacramento

revisado por la Sagrada Congregación para el Culto Divino, después de consultar a las Sagradas

Congregaciones para la doctrina de la Fe, para la Disciplina de los Sacramentos y para la Evangelización

de los pueblos en todo lo que atañe a su competencia. La edición latina del Ritual que contiene la nueva

forma, entrará en vigor apenas sea publicada; mientras que las ediciones en lengua vulgar, preparadas por

las Conferencias Episcopales y confirmadas por la Santa Sede, entrarán en vigor a partir del día que será

establecido por cada Conferencia; el antiguo Ritual podrá usarse hasta finalizar el año 1972. Sin embargo,

a partir del 1 de enero de 1973 deberá usarse solamente el nuevo Ritual.

Todo lo que hemos establecido y prescrito queremos que tenga ahora y en el futuro, plena eficacia en

la Iglesia latina, no obstante las Constituciones y Ordenanzas Apostólicas de Nuestros Predecesores y

cualquier otra prescripción, incluso las dignas de especial mención.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 15 de agosto, festividad de la Asunción de la Santísima

Virgen María, del año 1971, noveno de nuestro Pontificado.

Paulus PP. VI

Notas Preliminares

I. Dignidad de la Confirmación

1.

Los bautizados prosiguen el camino de la iniciación cristiana mediante el sacramento de la

Confirmación por el cual reciben el Espíritu Santo, que el Señor derramó sobre los Apóstoles el día de

Pentecostés.

2.

Por este don del Espíritu Santo los fieles se configuran más perfectamente con Cristo y son

fortalecidos a fin de dar testimonio de Cristo para la edificación de su Cuerpo en la fe y en la caridad.

Imprime en ellos un carácter o sello del Señor, de manera que el sacramento de la Confirmación no puede

ser reiterado.

II. Funciones y Ministerios en la Celebración de la Confirmación

3.

 

Corresponde en gran manera al Pueblo de Dios la preparación de los bautizados para recibir el

sacramento de la Confirmación. A los pastores les compete procurar que todos los bautizados adquieran la

plena iniciación cristiana y por tanto los prepararán con todo cuidado para la Confirmación.

Los catecúmenos adultos que han de recibir la Confirmación inmediatamente después del Bautismo,

gozan de los auxilios de la comunidad cristiana y se benefician especialmente con la formación que se les

da durante el tiempo del catecumenado. A ello contribuirán los catequistas, los padrinos y los miembros de

la Iglesia local mediante la catequesis y las celebraciones rituales comunes. La ordenación de este

catecumenado se adaptará oportunamente a aquellos que habiendo recibido el Bautismo en la niñez, se

acercan a la Confirmación en la edad adulta.

Corresponde a los padres cristianos preocuparse solícitamente por la iniciación de sus niños a la vida

sacramental, tanto inculcando y acrecentando en ellos el espíritu de fe como también preparándolos para

una recepción fructuosa de los sacramentos de la Confirmación y Eucaristía, en algún instituto

catequético. Esta función de los padres se expresa también mediante su participación activa en la

celebración de los sacramentos.

4.

Se procurará dar a la acción sagrada un carácter festivo y solemne que manifieste su importancia para

toda la Iglesia local. Esto se obtendrá especialmente si todos los candidatos se congregan para una

celebración en común. Todo el Pueblo de Dios, representado por los familiares y amigos de los

confirmandos y los miembros de la comunidad local, será invitado a participar de la celebración; y

procurará manifestar su fe mediante los frutos que el Espíritu Santo hubiera producido en ellos.

5.

De ordinario cada confirmando será asistido por un padrino que lo acompañará a recibir el

Sacramento, y lo presentará al ministro de la Confirmación para la santa unción, y en el futuro lo ayudará

a cumplir las promesas hechas fielmente en el Bautismo, en conformidad con el Espíritu Santo que ha

recibido.

Atendiendo a las circunstancias pastorales actuales conviene que el padrino del Bautismo, si está

presente, sea también padrino de la Confirmación, quedando abrogado el canon 796, 1. De esta manera se

significa con mayor claridad el nexo entre el Bautismo y la Confirmación, al mismo tiempo que la función

y el oficio del padrino se torna más eficaz.

 

Sin embargo, de ninguna manera se excluye la facultad de elegir el propio padrino de Confirmación.

También puede suceder que los mismos padres presenten a sus niños. Corresponderá al Ordinario del

lugar, teniendo en cuenta las circunstancias de cada lugar, determinar qué disposiciones se han de

observar en su diócesis.

6.

Los pastores de almas procurarán que el padrino elegido por el confirmando o por su familia, sea

espiritualmente idóneo para el oficio que asume y que posea las siguientes cualidades:

a) que sea bastante maduro para cumplir con sus obligaciones de padrino;

b) que pertenezca a la Iglesia católica y que haya recibido los tres sacramentos de la iniciación:

Bautismo, Confirmación y Eucaristía;

c) que no esté impedido por el derecho para desempeñar esta función.

7.

El ministro ordinario de la Confirmación es el Obispo. Habitualmente él mismo administrará el

Sacramento, para que de esta manera haya una referencia más manifiesta a la primera efusión del Espíritu

Santo el día de Pentecostés. Pues los apóstoles después de haber sido llenados del Espíritu Santo, lo

transmitieron a los fieles mediante la imposición de las manos. Esta recepción del Espíritu Santo mediante

el ministerio del Obispo demuestra el vínculo más estrecho que une a los confirmandos con la Iglesia, y

también el mandato recibido de Cristo de dar testimonio ante los hombres. Además de los Obispos, gozan

de la facultad de confirmar, por el mismo derecho:

a) el Prelado territorial y el abad territorial, el Vicario apostólico y el prefecto apostólico, el

administrador apostólico y el administrador diocesano, dentro de los límites de su territorio y en el tiempo

del desempeño de sus funciones;

b) respecto a la persona de que se trata, el presbítero que por el oficio que legítimamente se le ha

concedido bautiza a un adulto o a un niño de edad escolar o que admite a la plena comunión de la Iglesia a

un adulto ya válidamente bautizado;

c) para los que se encuentran en peligro de muerte, el párroco, e incluso cualquier presbítero.

8.

El Obispo diocesano debe administrar por sí mismo la confirmación, ocuidar de que la administre otro

obispo; pero si la necesidad lo requiere, puede conceder facultad a uno o varios presbíteros determinados,

para que administren este sacramento.

Por causas graves, como sucede algunas veces por razón del gran número de confirmandos, el

Obispo, y asimismo el presbítero dotado de facultad de confirmar por el derecho o por concesión de la

autoridad competente, pueden, en casos particulares asociarse otros presbíteros que administren este

sacramento.

Se aconseja que los presbíteros que son invitados:

a) desempeñen en la diócesis una función u oficio particular, es decir que sean vicarios generales,

vicarios o delegados episcopales o vicarios foráneos;

b) o bien sean párrocos de los lugares en los que se confiere la Confirmación, o párrocos de los

lugares a los que pertenecen los confirmandos, o presbíteros que se ocuparon solícitamente en la

preparación catequética de los confirmandos.

III. Celebración del Sacramento

9.

El sacramento de la Confirmación se confiere mediante la unción del crisma en la frente, que se hace

con la imposición de la mano, y mediante las palabras:

Recibe por esta señal

El Don del Espíritu Santo.

La imposición de las manos que se hace sobre los confirmandos con la oración "Dios todopoderoso",

si bien no es esencial para que la administración del Sacramento sea válida, sin embargo tiene importancia

para la integridad del rito y para una inteligencia más plena del Sacramento.

Los presbíteros, que en algunos casos se asocian al ministro principal en la administración del

Sacramento, hacen junto con él la imposición de las manos sobre los candidatos, pero no dicen nada.

Todo el rito presenta una doble significación. Mediante la imposición de las manos que el Obispo y los

sacerdotes hacen sobre los confirmandos se expresa el gesto bíblico por el que se invoca el don del

Espíritu Santo, de una manera sumamente apropiada a la inteligencia del pueblo cristiano. Con la unción

del crisma y con las palabras que la acompañan, se significa claramente el efecto del don del Espíritu

Santo: el bautizado, signado por la mano del Obispo con óleo perfumado recibe un carácter indeleble, el

sello del Señor, juntamente con el don del Espíritu que lo configura más perfectamente con Cristo y le

confiere la gracia de exhalar el "buen olor de Cristo" entre los hombres.

10.

El santo crisma es consagrado por el Obispo en la Misa que se celebra con este fin el Jueves Santo.

11.

Cuando son bautizados catecúmenos adultos y niños en edad escolar, una vez recibido el Bautismo,

sean admitidos de ordinario a la Confirmación y a la Eucaristía. Si esto no fuera posible reciban la

Confirmación en otra celebración común (cf. n. 4). Los adultos que han sido bautizados en la niñez

también recibirán en una celebración común la Confirmación y la Eucaristía, después de haber sido

preparados convenientemente.

En cuanto a los niños, en la Iglesia latina por lo general se difiere la administración de la Confirmación

hasta la edad de los siete años aproximadamente. Sin embargo, por razones pastorales, especialmente para

inculcar con mayor intensidad en la vida de los fieles la plena obediencia a Cristo el Señor y el firme

testimonio del mismo, las Conferencias episcopales pueden determinar la edad que parezca más

conveniente, de manera que este Sacramento se confiera, en una edad más madura, después de una

adecuada formación.

En este caso se tomarán las debidas precauciones para que en peligro de muerte o por graves

dificultades de otra índole, los niños sean confirmados aun antes del uso de razón, a fin de que no se vean

privados del bien de este Sacramento.

12.

Para recibir la Confirmación se requiere que el candidato esté bautizado. Además, si el fiel tiene uso de

razón se requiere que esté en estado de gracia, que esté convenientemente instruido y que pueda renovar

las promesas bautismales.

Corresponde a las Conferencias Episcopales determinar con precisión los recursos pastorales para que

los candidatos, principalmente los niños, sean preparados en forma adecuada para la Confirmación.

En cuanto a los adultos obsérvense las normas -oportunamente adaptadas- vigentes en cada diócesis

para admitir a los catecúmenos al Bautismo y a la Eucaristía. Cuídese especialmente que preceda una

conveniente catequesis y que las relaciones de los candidatos con la comunidad cristiana y con cada uno

de los fieles sea eficaz y suficiente para proporcionarles la oportuna ayuda, a fin de que los candidatos

adquieran una formación que los capacite para dar testimonio de vida cristiana y ejercer el apostolado, y

torne más auténtico su deseo de participar en la Eucaristía (cf. Notas preliminares de la Iniciación cristiana

de los adultos, n. 19).

La preparación de un adulto bautizado, para la Confirmación, algunas veces coincide con su

preparación para el Matrimonio. En estos casos, cuando se prevé que no se podrán cumplir las

condiciones requeridas para una recepción fructuosa de la Confirmación, el Ordinario del lugar

considerará si no es más oportuno diferir la Confirmación hasta después de celebrado el matrimonio. Si la

Confirmación se confiere a un fiel que tiene uso de razón y que está en peligro de muerte, se le dará, en

cuanto sea posible, una preparación espiritual conveniente.

13.

De ordinario la Confirmación se administrará dentro de la Misa para que se manifieste con más

claridad la conexión fundamental de este Sacramento con toda la iniciación cristiana, que alcanza su

cumbre en la comunión del Cuerpo y la Sangre de Cristo. De este modo los confirmandos participan de la

Eucaristía con la que se completa su iniciación cristiana.

Si los confirmandos son niños que aún no han recibido la santísima Eucaristía y no son admitidos en

esta acción litúrgica a la Primera comunión, o si circunstancias particulares así lo aconsejan confiérase

fuera de la Misa. Siempre que la Confirmación se confiera sin Misa ha de preceder una celebración de la

Palabra de Dios.

Cuando la Confirmación se confiere dentro de la Misa, conviene que celebre la Misa el mismo

ministro de la Confirmación, aún más, que concelebre principalmente con los presbíteros que tal vez se

asocien a él en la administración del Sacramento.

Si la Misa es celebrada por otro, conviene que el Obispo presida la liturgia de la Palabra, en la cual

realizará todo lo que de ordinario compete al celebrante, y al fin de la Misa dará la bendición.

Es de suma importancia la celebración de la Palabra de Dios con la que comienza el rito de la

Confirmación. Porque de la audición de la Palabra de Dios proviene la multiforme acción del Espíritu

Santo en la Iglesia y en cada uno de los bautizados o confirmandos, y se manifiesta aquella voluntad del

Señor respecto de la vida de los cristianos. También se dará gran importancia a la recitación de la oración

del Señor que los confirmandos rezarán junto con el puebo, ya sea en la Misa, antes de la comunión, ya

sea fuera de la Misa, antes de la bendición, porque es el mismo Espíritu que ora en nosotros, y el cristiano

en el Espíritu dice: "Abba, Padre".

14.

Deben inscribirse los nombresde los confirmandos en el libro de confirmaciones de la Curia diocesana

dejando constancia del ministro, de los padres y padrinos, y del lugar y día de la administración del

sacramento, o, donde lo mande la Conferencia Episcopal o el Obispo diocesano, en el libro que se guarda

en el archivo parroquial; el párroco debe notificarlo al párroco del lugar del Bautismo, para que se haga la

anotación en el libro de bautizados, según manda el derecho.

15.

Si no hubiera estado presente el párroco del lugar, el ministro, ya sea por sí mismo o por otro, dé

constancia de la administración de la Confirmación.

IV. Adaptaciones que pueden hacerse en el rito de la Confirmación

16.

Compete a las Conferencias Episcopales a tenor del artículo 63b de la Constitución sobre la sagrada

Liturgia, preparar en los Rituales particulares una sección que responda a la sección de la Confirmación

del Ritual Romano, acomodada a las necesidades de cada región, de modo que una vez confirmada por la

Sede Apostólica, se emplee en las correspondientes regiones.1

17.

La Conferencia Episcopal considerará si de acuerdo con las circunstancias y lugares, y también con la

índole y tradiciones de su pueblo, es oportuno:

a) adaptar convenientemente las fórmulas con las que se renuevan las promesas y profesiones

bautismales, teniendo en cuenta el texto del Ritual del Bautismo, o adaptando esas fórmulas para que

respondan mejor a la condición de los confirmandos;

b) introducir otra manera de dar la paz el ministro después de la unción, a cada uno en particular

o a todos los confirmados al mismo tiempo.

18.

El ministro, en cada caso y teniendo en cuenta la condición de los confirmandos, podrá introducir en

el rito algunas moniciones y adaptar oportunamente las ya existentes, por ejemplo a modo de

conversación, especialmente con los niños, exponiendo, etc. Cuando la Confirmación es conferida por un

ministro extraordinario, o por concesión del derecho general, o especial indulto de la Sede Apostólica,

conviene que él mismo recuerde en la homilía que el Obispo es el ministro ordinario del Sacramento y que

exponga el motivo por el cual se ha concedido a los presbíteros la facultad de confirmar por derecho o

por indulto de la Sede Apostólica.

V. Cosas necesarias para la celebración de la Confirmación

19.

Para administrar la Confirmación se han de preparar:

a) las vestiduras sagradas requeridas para la celeración de la Misa, para el Obispo y, si los

hubiera, para los presbíteros que lo ayudarán, cuando la Confirmación se confiere dentro de la Misa en la

que ellos concelebran; si la Misa es celebrada por otro, conviene que el ministro de la Confirmación y los

presbíteros que se asociarán a él en la administración del Sacramento participen en la Misa revestidos con

los ornamentos sagrados prescritos para la administración de la Confirmación, es decir, alba, estola y,

para el ministro de la Confirmación, la capa pluvial; estos ornamentos deben usarse también cuando la

Confirmación se confiere fuera de la Misa;

b) sede para el Obispo y para los presbíteros que lo ayudarán;

c) vaso (o vasos) con el santo Crisma;

d) Pontifical Romano o Ritual;

e) todo lo necesario para la celebración de la Misa y, si la comunión se distribuye bajo las dos

especies, todo lo necesario para dicha distribución, siempre que la Confirmación se confiera dentro de la

Misa;

f) lo necesario para limpiarse las manos después de la unción de los confirmandos.

I. Rito para administrar la Confirmación dentro de la Misa

20.

La liturgia de la Palabra se realiza según las rúbricas. Las lecturas pueden tomarse ya en parte ya en su

totalidad de la Misa del día o de los textos propuestos en el Orden de las lecturas de la Misa (nn. 763-767)

o los indicados en este Ritual (nn. 44-48, pp. 43-47).

21.

Después del Evangelio, el Obispo (y los presbíteros que lo ayudaren, cf. n. 8, p. 19) se sientan en los

lugares preparados para ellos. Los confirmandos son presentados por el párroco o por otro presbítero o

por un diácono o también por un catequista, según la costumbre de cada región, de este modo: cada

confirmando, si fuera posible, es llamado por su nombre, y cada uno se acerca al presbiterio; si se trata de

niños, éstos son llevados por uno de los padrinos o por uno de sus padres, y se colocan delante del

Obispo.

Si los confirmandos fueran numerosos, no son llamados nominalmente, sino que se colocan en un

lugar adecuado delante del celebrante.

La presentación se hace de la siguiente manera:

Párroco:

Queridísimo Padre:

Estos cristianos de la Parroquia N.N.

piden, por boca del Párroco,

el santo Sacramento de la Confirmación.

Obispo:

¿Tienes seguridad

de que están suficientemente preparados

y son dignos de recibir este santo Sacramento?

Párroco:

Ciertamente,

todos ellos están bautizados,

han sido instruidos en la fe

y se han venido preparando con sincero empeño.

Creo que son dignos de recibir

el sacramento del Espíritu Santo

que confirmará su Bautismo.

Obispo:

En el nombre del Señor los aceptamos

para la recepción de este sacramento admirable,

que los confirmará en la vida del Espíritu Santo

que han recibido en el Bautismo.

Homilía o Alocución

22.

Luego, el Obispo pronuncia una breve homilía en la cual explica las lecturas y conduce como de la

mano a los confirmandos y a sus padrinos y padres, y a toda la asamblea a una inteligencia más profunda

del misterio de la Confirmación.

Lo hará con estas u otras palabras semejantes:

Los Apóstoles que el día de Pentecostés recibieron el Espíritu Santo, como lo había prometido el Señor,

tenían el poder de completar la obra del Bautismo comunicando el Espíritu Santo, como leemos en los

Hechos de los Apóstoles. Cuando san Pablo impuso las manos sobre algunos bautizados, descendió el

Espíritu Santo sobre ellos y hablaban en lenguas y profetizaban.

Los Obispos, sucesores de los Apóstoles, gozan de ese mismo poder, y sea por sí mismos o por los

presbíteros legítimamente constituidos para desempeñar este ministerio, confieren el Espíritu Santo a

aquellos que ya han renacido por el Bautismo.

Si bien la venida del Espíritu Santo ya no se manifiesta hoy por el don de lenguas, sin embargo

sabemos por la fe, que recibimos en nosotros a aquel por quien la caridad de Dios se difunde en nuestros

corazones y somos congregados en la unidad de la fe y en la multiplicidad de vocaciones: el mismo

Espíritu que realiza invisiblemente la santificación y la unidad de la Iglesia.

El don del Espíritu Santo que van a recibir, queridos hijos, será un sello espiritual que los identificará

más plenamente con Cristo y los unirá más estrechamente a su Iglesia. Cristo, ungido por el Espíritu

Santo en el bautismo que recibió de Juan, fue enviado para realizar su obra y poder encender en la tierra el

fuego del mismo Espíritu. Ustedes, que ya han sido bautizados, recibirán ahora la fuerza de su Espíritu y

serán marcados en la frente con su cruz. Por tanto, deberán dar ante el mundo el testimonio de su Pasión

y Resurrección, de tal manera que su vida, como dice el Apóstol, sea en todo lugar "la fragancia de

Cristo". Su cuerpo místico, que es la Iglesia, el pueblo de Dios, recibe de él las gracias que el mismo

Espíritu Santo distribuye a cada uno para la edificación del cuerpo en la unidad y en la caridad.

Sean pues miembros vivos de esta Iglesia, y conducidos por el Espíritu Santo procuren servir a todos,

como Cristo que no vino a ser servido sino a servir.

Y ahora, antes de recibir el Espíritu, recuerden la fe que profesaron en el Bautismo o que sus padres y

padrinos profesaron junto con la Iglesia.

Renovación de las Promesas Bautismales

Primera fórmula

23.

El Obispo interroga a los confirmandos, que permanecen de pie, diciendo:

¿Renuncian al Demonio

y a todas sus obras

y a todos sus engaños?

Los confirmandos responden todos juntos:

Sí, renuncio.

Obispo:

¿Creen en Dios Padre todopoderoso,

creador del cielo y de la tierra?

Confirmandos:

Sí, creo.

Obispo:

¿Creen en Jesucristo,

su único Hijo, nuestro Señor,

que nació de la Virgen María,

padeció y fue sepultado,

resucitó de entre los muertos

y está sentado a la derecha del Padre?

Confirmandos:

Sí, creo.

Obispo:

¿Creen en el Espíritu Santo vivificador,

que hoy, por el sacramento de la Confirmación,

se les comunica de un modo particular,

como a los Apóstoles el día de Pentecostés?

Confirmandos:

Sí, creo.

Obispo:

¿Creen en la santa Iglesia católica,

la comunión de los santos,

el perdón de los pecados,

la resurrección de los muertos

y la vida eterna?

Confirmandos:

Sí, creo.

El Obispo asiente a esta profesión, proclamando la fe de la Iglesia:

Esta es nuestra fe.

Esta es la fe de la Iglesia,

la que nos gloriamos de profesar

en Jesucristo nuestro Señor.

La asamblea asiente respondiendo:

Amén.

Según las circunstancias, se permite reemplazar esta fórmula por alguna de las siguientes. También se

puede entonar un canto apropiado con el que la comunidad, unánimemente, exprese su fe.

Segunda fórmula

Obispo:

¿Renuncian

a todo lo que les impide amar a Dios

de todo corazón y sobre todas las cosas?

Confirmandos:

Sí, renunciamos.

Obispo:

¿Renuncian

a todo lo que les impide amar al prójimo

como a ustedes mismos?

Confirmandos:

Sí, renunciamos.

Obispo:

¿Renuncian

a todo lo que les impide comportase

como testigos de Jesús en el mundo?

Confirmandos:

Sí, renunciamos.

Obispo:

¿Creen en Dios,

Padre todopoderoso, Creador del universo,

que nos hizo a su imagen

y nos llama a completar su obra?

Confirmandos:

Sí, creemos.

Obispo:

¿Creen en Jesucristo,

el Hijo de Dios hecho hombre y nuestro hermano,

que murió y resucitó para salvarnos?

Confirmandos:

Sí, creemos.

Obispo:

¿Creen en el Espíritu Santo, que vive en nosotros;

en la Iglesia,

que es la Familia visible de Jesús;

en la resurrección de los muertos;

y en la Vida Eterna?

Confirmandos:

Sí creemos.

El Obispo asiente a esta profesión, diciendo:

Esta es nuestra fe.

Esta es la fe de la Iglesia,

la que nos gloriamos de profesar

en Jesucristo nuestro Señor.

La asamblea asiente respondiendo:

Amén.

Tercera fórmula

Obispo:

Queridos cristianos:

¿Saben lo que van a recibir?

Confirmandos:

Recibiremos el Espíritu Santo,

que Jesús nos prometió.

Obispo:

¿Y saben

lo que va a hacer en ustedes el Espíritu Santo?

Confirmandos:

El Espíritu Santo nos alegrará,

nos iluminará con la luz de la Fe,

nos encenderá con el fuego del Amor,

nos confirmará para dar testimonio de Jesús.

Obispo:

De esa manera,

por medio de la Confirmación,

el Espíritu Santo completará en ustedes

la obra del Bautismo.

Así llegarán a ser cristianos perfectos,

es decir, ungidos del Señor

y señalados con la marca imborrable

de los testigos de Jesús.

Respondan entonces ahora:

¿Están dispuestos

a vivir y a morir alegremente

en esta vocación cristiana?

Confirmandos:

Sí, estamos dispuestos.

Obispo:

¿Están dispuestos a creer,

con la luz del Espíritu Santo,

todo lo que Dios ha revelado

y nos enseña por medio de la Iglesia?

Confirmandos:

Sí, estamos dispuestos.

Obispo:

¿Están dispuestos,

con el fuego del Espíritu Santo,

a amar a Dios sobre todas las cosas

y al prójimo como a ustedes mismos?

Confirmandos:

Sí, estamos dispuestos.

Obispo:

¿Están dispuestos,

con la fuerza del Espíritu Santo,

a dar testimonio de Jesús en todas partes,

aunque tengan que sufrir por eso

desprecio y persecución?

Confirmandos:

Sí, estamos dispuestos.

Párroco o catequista:

¿Renuncian a todo lo que les impide

amar a Dios sobre todas las cosas

y al prójimo como a ustedes mismos?

Confirmandos:

Sí, renunciamos.

 

Párroco o catequista:

¿Renuncian a todo lo que les impide

vivir como buenos hijos de Dios

en la Familia cristiana?

Confirmandos:

Sí, renunciamos.

Párroco o catequista:

¿Renuncian a todo lo que les impide

comportase como verdaderos testigos de Jesús

en medio del mundo?

Confirmandos:

Sí, renunciamos.

Párroco o catequista:

¿Creen en Dios,

Padre todopoderoso, Creador del universo,

que nos llama a completar su obra?

Confirmandos:

Sí, creemos.

Párroco o catequista:

¿Creen en Jesucristo,

el Hijo de Dios hecho hombre y nuestro hermano,

que murió y resucitó para salvarnos?

Confirmandos:

Sí, creemos.

Párroco o catequista:

¿Creen en el Espíritu Santo, que vive en nosotros;

en la Iglesia, que es la Familia visible de Jesús;

en la resurrección de los muertos;

y en la Vida eterna?

Confirmandos:

Sí, creemos.

Obispo:

Esta es nuestra fe.

Esta es la fe de la Iglesia,

la que nos gloriamos de profesar

en Jesucristo nuestro Señor.

24.

Después, el Obispo (teniendo junto a sí a los presbíteros que lo ayudan, cf. n. 8, p. 19) de pie y con

las manos juntas, vuelto hacia el pueblo dice:

Queridos hermanos, roguemos a Dios Padre todopoderoso,

que derrame más abundantemente el Espíritu Santo

sobre estos hijos adoptivos suyos,

que ya han renacido a la vida eterna por el Bautismo,

para que ese Espíritu los confirme

con sus dones,

y por medio de su unción

los identifique más plenamente con Cristo.

Y todos hacen una pausa de oración en silencio.

Imposición de las Manos

25.

Luego, el Obispo (y los presbíteros que lo acompañan, cf. n. 8, p. 19) imponen las manos sobre

todos los confirmandos, mientras el Obispo dice:

Dios todopoderoso,

Padre de nuestro Señor Jesucristo,

que hiciste renacer a estos hijos tuyos

por medio del agua y del Espíritu Santo,

liberándolos del pecado:

envía sobre ellos el Espíritu Santo Paráclito;

concédeles

el espíritu de sabiduría y de entendimiento,

el espíritu de consejo y de fortaleza,

el espíritu de ciencia y piedad;

y cólmalos con el espíritu de tu santo temor.

Por Jesucristo nuestro Señor.

R. Amén.

Crismación

26.

Luego el diácono ofrece al Obispo el santo crisma. Cada confirmando se acerca al Obispo o, según

las circunstancias, el Obispo se acerca a cada uno de los confirmandos. El que presentó al confirmando le

pone la mano derecha sobre el hombro y dice su nombre al Obispo o lo dice el mismo confirmando.

27.

El Obispo después de haber introducido la extremidad del dedo pulgar de la mano derecha en el

crisma, hace la señal de la cruz con el mismo dedo pulgar en la frente del confirmando, diciendo:

N., recibe por esta señal el Don del Espíritu Santo.

Y el confirmando responde:

Amén.

Si el confirmando es adulto, el Obispo le estrecha la mano; si es un niño le hace una caricia afectuosa;

en caso de haber un número excesivo de confirmandos los saludará de manera semejante al rito de paz de

la Misa.

El Obispo dice a cada uno en particular al saludarlo:

La paz esté contigo.

Confirmando:

Y con tu espíritu.

O bien:

Y también contigo.

28.

Si algunos presbíteros ayudan al Obispo a administrar el Sacramento, el diácono o los ministros

ofrecen al Obispo todos los vasos con el santo crisma, y aquél los presenta a cada uno de los presbíteros

que se acercan a él.

Los confirmandos se acercan al Obispo o a los presbíteros; o, según las circunstancias, el Obispo y

los presbíteros se acercan a los confirmandos, los cuales son ungidos en la forma descrita en el n. 27.

29.

Durante la unción se puede entonar un canto adecuado. Después de la unción el Obispo (y los

presbíteros) se lavan las manos.

Oración de los Fieles

30.

Sigue la Oración de los Fieles con esta u otra fórmula semejante establecida por la autoridad

competente:

Obispo:

Queridos hermanos:

Oremos a Dios Padre todopoderoso,

unidos en la misma Fe,

en la misma esperanza y en la misma caridad,

que proceden del Espíritu Santo.

Diácono o ministro:

Por estos hijos de Dios

que han sido confirmados por el Espíritu Santo:

para que arraigados en la fe y edificados en el amor,

den verdadero testimonio de Cristo, oremos.

R. Te rogamos, Señor

Diácono o ministro:

Por sus padres y sus padrinos

que se ofrecieron como responsables de su fe:

para que no dejen de animarlos

con la palabra y el ejemplo

a seguir los pasos de Cristo, oremos.

R. Te rogamos, Señor.

Diácono o ministro:

Por la santa Iglesia de Dios

congregada por el Espíritu Santo,

para que en comunión con el Papa N.,

nuestro Obispo N.,

y todos los obispos,

se dilate y crezca en la unidad de la fe y del amor

hasta que el Señor vuelva, oremos.

R. Te rogamos, Señor.

Diácono o ministro:

Por todo el mundo,

para que los hombres

que tienen un mismo Creador y Padre,

se reconozcan hermanos,

sin discriminación de raza o de nación,

y busquen con un corazón sincero el Reino de Dios

que es paz y gozo en el Espíritu Santo, oremos.

R. Te rogamos, Señor.

Obispo:

Señor,

que enviaste a tus Apóstoles el Espíritu Santo

y quisiste que por medio de ellos y sus sucesores

ese mismo Espíritu

fuera comunicado a los demás creyentes:

te rogamos que estos nuevos confirmados

puedan difundir en el mundo

los mismos frutos

que produjo la primera predicación evangélica.

Por Jesucristo nuestro Señor.

R. Amén.

Liturgia Eucarística

31.

Concluida la oración universal comienza la liturgia eucarística según el ordenamiento de la Misa,

excepto lo que se indica a continuación:

a) se omite el Símbolo porque ya se ha hecho la profesión de fe;

b) algunos de los confirmados pueden acompañar a los que presentan las ofrendas;

c) en las Plegarias Eucarísticas se toman los elementos propios.

32.

Los confirmandos adultos y, según las circunstancias, los padrinos, padres, cónyuges y catequistas

pueden recibir la comunión bajo las dos especies.

Bendición

33.

En lugar de la bendición acostumbrada al fin de la Misa, se emplea la bendición que sigue o la oración

sobre el pueblo.

Dios Padre todopoderoso,

que los hizo renacer

por medio del agua y del Espíritu Santo

y los adoptó como hijos suyos,

los bendiga y los conserve dignos de su amor paternal.

R. Amén.

Su Hijo Único,

quien prometió que el Espíritu de Verdad

permanecería en la Iglesia,

los bendiga

y los confirme con su poder

en la confesión de la verdadera fe.

R. Amén.

El Espíritu Santo,

que encendió el fuego de su amor

en el corazón de los discípulos los bendiga,

y después de haberlos congregado en la unidad,

los conduzca al gozo del Reino de Dios.

R. Amén.

Y en seguida agrega:

Descienda sobre ustedes

la bendición de Dios todopoderoso,

Padre, Hijo ? y Espíritu Santo.

R. Amén.

Oración sobre el Pueblo

En lugar de la anterior fórmula de bendición se puede emplear la oración sobre el pueblo.

El diácono o el ministro dice el invitatorio:

Inclinémonos para recibir la bendición.

U otra fórmula semejante.

Luego el Obispo con las manos extendidas hacia el pueblo dice:

Confirma, Señor, lo que has obrado en nosotros,

y conserva en los corazones de tus fieles

los dones del Espíritu Santo,

para que ellos no se avergüencen de dar testimonio

de Cristo crucificado y gloriosamente resucitado,

y cumplan sus mandamientos con sincero amor.

Por el mismo Jesucristo nuestro Señor.

R. Amén.

E inmediatamente añade:

Y que descienda sobre ustedes

la bendición de Dios todopoderoso,

Padre, Hijo ? y Espíritu Santo.

R. Amén.

II. Rito para administrar la Confirmación sin Misa

Rito de Entrada

34.

Una vez congregados los confirmandos con los padrinos y padres y toda la asamblea, el Obispo con

(los presbíteros que lo acompañan y) uno o varios diáconos y ministros se acerca al presbiterio, mientras,

según las circunstancias, todos cantan un salmo u otro canto adecuado.

35.

Después de hacer con los ministros la debida reverencia al altar, el Obispo saluda a la asamblea:

La paz esté con ustedes.

Todos:

Y con tu espíritu.

O bien:

Y también contigo.

Luego dice la oración:

Oremos.

Dios todopoderoso y lleno de misericordia,

envíanos tu Espíritu,

para que habite en nosotros

y nos convierta en templo de su gloria.

Por Jesucristo nuestro Señor.

R. Amén.

Otras oraciones a elección como en el Misal.

Celebración de la Palabra de Dios

36.

Luego se realiza la celebración de la Palabra de Dios, en la que se proclama por lo menos una de las

perícopas que se proponen para la Misa de la Confirmación (cf. nn. 44-48, pp. 43-47).

37.

Si se eligen dos o tres lecturas, obsérvese el orden tradicional de las lecturas, es decir Antiguo

Testamento, Apóstol, Evangelio. Después de la primera y de la segunda lectura seguirá un salmo u otro

canto en cuyo lugar podrá haber una pausa de silencio sagrado.

38.

Concluidas las lecturas, el Obispo (y los presbíteros que lo ayudaren, cf. n. 8, p. 19) se sientan en los

lugares preparados para ellos. Los confirmandos son presentados por el párroco o por otro presbítero o

por un diácono o también por un catequista, según la costumbre de cada región, de este modo: cada

confirmando, si fuera posible, es llamado por su nombre, y cada uno se acerca al presbiterio; si se trata de

niños, éstos son llevados por uno de los padrinos o por uno de sus padres, y se colocan delante del

celebrante.

Si los confirmandos fueran numerosos, no son llamados nominalmente; sino que se colocan en un

lugar adecuado delante del Obispo.

Hasta la Oración de los Fieles, inclusive, continúa todo como en el Rito de la Confirmación con Misa

(ver. nn. 22 al 30, pp. 26-38).

Recitación de la Oración del Señor

39.

Luego todos dicen la oración del Señor, que el Obispo puede introducir con estas u otras palabras

semejantes:

Queridos hermanos,

unamos nuestras plegarias

y oremos todos juntos

como el Señor Jesús nos enseñó.

Todos:

Padre nuestro ...

40.

Bendición y Oración sobre el pueblo (ver n. 33, pp. 38-39).

III. Normas que deben observarse

cuando la Confirmación es administrada

por un Ministro Extraordinario

41.

El ministro extraordinario que, por concesión del Derecho general o por indulto especial de la Sede

Apostólica, confiere la Confirmación, observará el mismo rito descrito más arriba.

42.

Si a causa del gran número de confirmandos es acompañado por algunos presbíteros para la

administración del Sacramento, ha de elegirlos observando lo establecido en el n. 8, p. 19. Conviene que

estos presbíteros, si la Confirmación se confiere dentro de la Misa, concelebren con él.

Textos a emplear en la administración de la Confirmación

I. Misa para la administración de la Confirmación

43.

Cuando en la Misa, o inmediatamente antes o después de la Misa se confiere la Confirmación, ésta se

celebra con ornamentos rojos o blancos.

Se puede decir todos los días excepto los domingos de Adviento, Cuaresma y Pascua, las

solemnidades, en la octava de Pascua, Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos, el miércoles de

Ceniza y toda la Semana Santa.

II. Oraciones y Prefacios

Los textos de la Misa Ritual para la administración de la Confirmación se encuentran en el Misal

Romano.

Como Prefacios pueden elegirse:

-Prefacio del Domingo VIII durante el año.

-Prefacio de la Dedicación de Iglesias.

-Prefacio de Adviento.

-Prefacio del Día de Pentecostés.

III. Lecturas bíblicas

Para la Liturgia de la Palabra pueden emplearse los textos que se encuentran en el Leccionario Santoral

y Misas Diversas, o algunas de las siguientes:

44.

Antiguo Testamento

1. Is. 11, 1-4a: Reposará sobre él el Espíritu del Señor.

2. Is. 42, 1-3: He puesto mi Espíritu sobre mi servidor.

 

3. Is. 61, 1-3a. 6a. 8b-9: El Señor me ha consagrado por la unción y me ha enviado a llevar la buena

noticia a los pobres y darles el óleo de la alegría.

4. Ez. 36, 24-28: Pondré un Espíritu nuevo en medio de ustedes.

5. Joel 2, 23a.26-30a: Derramaré mi Espíritu sobre mis servidores y servidoras.

45.

Nuevo Testamento

1. Hech. 1, 3-8: Recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis

testigos.

2. Hech. 2, 1-6. 14. 22b-23. 32-33: Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a

hablar.

3. Hech. 8, 1. 4a. 14-17: Impusieron las manos sobre ellos y recibieron el Espíritu Santo.

4. Hech. 10, 1.33-34a. 37-44: El Espíritu Santo descendió sobre todos los que escuchaban la

Palabra.

5. Hech. 19, 1b-6a: Cuando abrazaron la fe ¿recibieron el Espíritu Santo?

6. Rom. 5, 1-2. 5-8: El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu

Santo, que nos ha sido dado.

7. Rom. 8, 14-17: El Espíritu se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de

Dios.

8. Rom. 8, 26-27: El mismo Espíritu intercede con gemidos inefables.

9. 1 Cor. 12, 4-13: El mismo y único Espíritu distribuye sus dones a cada uno como él quiere.

10. Gál. 5, 16-17. 22-23a. 24-25: Si vivimos animados por el Espíritu dejémonos también conducir

por él.

11. Ef. 1, 3a. 4a. 13-19a: Han sido marcados con un sello por el Espíritu Santo prometido.

12. Ef. 4, 1-6: Un solo cuerpo, un solo Espíritu, un solo Bautismo.

46.

Salmos Responsoriales

1. Sal. 21, 23-24. 26-27. 28 y 31-32.

R. (23): Yo anunciaré tu Nombre a mis hermanos.

O bien: (Jn. 15, 26-27).

Cuando venga el Paráclito, él dará testimonio de mí.

2. Sal. 22, 1-3a. 3b-4. 5-6.

R. (1): El Señor es mi pastor, nada me puede faltar.

3. Sal. 95, 1-2 a. 2b-3. 9-10a. 11-12.

R. (3): Anuncien entre los pueblos las maravillas de Dios.

4. Sal. 103, 1ab. 24. 27-28. 30-31. 33-34.

R. (30): Envía tu Espíritu, Señor, y renovarás la superficie de la tierra.

5. Sal. 116, 1. 2.

R. (Hech. 1, 8): Serán mis testigos hasta los confines de la tierra.

O bien: R. Aleluia.

6. Sal. 144, 2-3. 4-5. 8-9. 10-11. 15-16. 21.

R. (1b): Bendeciré tu nombre eternamente, Señor.

47.

Aleluias y versículos antes del Evangelio

 

1. Jn. 14, 16: El Padre les dará otro Paráclito, dice el Señor, que permanecerá con ustedes para

siempre.

2. Jn. 15, 26b. 27a: El Espíritu de verdad dará testimonio de mí, dice el Señor, y ustedes también

darán testimonio.

3. Jn. 16, 13a; 14, 26b: Cuando venga el Espíritu de verdad, él les hará conocer toda la verdad y les

recordará lo que les he dicho.

4. Apoc. 1, 5a. 6: Jesucristo, tú eres el testigo fiel, el primero que resucitó de entre los muertos,

hiciste de nosotros un reino sacerdotal para Dios, tu Padre.

5. Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles, y enciende en ellos el fuego de tu amor.

6. Ven, Espíritu Santo, y envía, desde el cielo, un rayo de tu luz.

48.

Evangelios

1. Mt. 5, 1-12a: A ellos les pertenece el Reino de los cielos.

2. Mt. 16, 24-27: El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo.

3. Mt. 25, 14-30: Ya que respondiste fielmente en lo poco, entra a participar del gozo de tu Señor.

4. Mc. 1, 9-11: Vio que el Espíritu Santo descendía sobre él.

5. Lc. 4, 16-22a: El Espíritu del Señor está sobre mí.

6. Lc. 8, 4-10a. 11b-15: Los que la reciben en tierra fértil son los que oyen la palabra y gracias a su

perseverancia producen frutos.

7. Lc. 10, 21-24: Te alabo, Padre, porque revelaste estas cosas a los pequeños.

8. Jn. 7, 37b-39: De su seno brotarán manantiales de agua viva.

9. Jn. 14, 15-17: El Espíritu de verdad permanecerá con ustedes.

10. Jn. 14, 23-26: El Espíritu Santo les enseñará todo.

11. Jn. 15, 18-21. 26-27: El Espíritu de verdad que proviene del Padre, él dará testimonio de mí.

 

12. Jn. 16, 5b-7. 12-13a (Gr.: 5-7. 12-13a): El Espíritu de verdad les hará conocer toda la verdad.

Pontificia Commissio Decretis Concilii Vaticani II Interpretandis

Responsum ad propositum dubium:

"Patres Pontificiae Commissionis Decretis Concilii Vaticani interpretandis, proposito in plenario coetu quod

sequitur dubio, respondendum esse censuerunt ut infra:

D. - Utrum, iuxta Constitutionem Apostolicam Divinae Consortium Naturae, die 15 Augusti 1971 publici

iuris factam, minister Confirmationis manum extensam super caput confirmandi imponere debeat gestum

chrismationis peragendo, an sufficiat chrismatio cum pollice facta.

R. - Ad primum: negative; ad secundum: affirmative ad mentem: mens est: chrismatio ita peracta manus

impositionem sufficienter manifestat.

SS.mus Dominus Noster Paulus Pp. VI in Audientia die 9 Iunii 1972 infrascripto impertita supradictam

decisionem ratam habuit, approbavit et public ari iussit".

Pericles Card. Felici Praeses

Ritual de Órdenes y sus Apéndices

Congregación para el Culto Divino

Decreto

Los Ritos de las Ordenaciones por los cuales se instituyen en la Iglesia los ministros de Cristo y

dispensadores de los misterios de Dios, revisados según las normas del Concilio Vaticano II (cf. SC 76),

fueron promulgados el año 1968 en la primera edición típica con el título De la Ordenación del Diácono,

Presbítero y Obispo.

Ahora bien, teniendo en cuenta la experiencia adquirida en el ordenamiento litúrgico, ha parecido

oportuno preparar otra edición típica que, manteniendo la índole de la anterior, presenta las siguientes

particularidades:

1. A esta edición se agregan unas Prenotanda al modo de los restantes libros litúrgicos con el fin de

exponer la doctrina sobre el sacramento y de que aparezca más claramente la estructura de la celebración.

2. Se ha cambiado la disposición del libro: se pone al principio la ordenación episcopal, que confiere la

plenitud del orden sagrado, para que así quede más claro que los presbíteros son colaboradores del Obispo

y que los diáconos se ordenan para su ministerio.

3. En la Plegaria de ordenación, tanto del presbítero como del diácono, conservando las mismas

palabras que afectan a la naturaleza del acto y que por tanto se exigen para la validez del mismo, se han

cambiado algunas expresiones y añadido citas del Nuevo Testamento, con el fin de que la Plegaria misma

presente a los elegidos y a los fieles una noción más rica del presbiterado y diaconado en cuanto derivados

de Cristo Sacerdote.

4. Los que se han de ordenar presbíteros, son interrogados de una manera más explícita, acerca del

ejercicio del ministerio de la reconciliación y de la celebración eucarística.

5. El rito por el que se comprometen a abrazar el sagrado celibato, preparado por la S. Congregación

para el culto divino, según las normas dadas por el Papa Pablo VI en la Carta Apostólica Ad pascendum de

1972, se incluye ahora en la ordenación diaconal.

Por especial mandato del Sumo Pontífice Juan Pablo II, se ha cambiado la disciplina en el sentido de

que también los candidatos que emitieron votos perpetuos en un instituto religioso están obligados en lo

sucesivo a abrazar el celibato con un compromiso íntimamente unido por derecho a la ordenación, con lo

que queda derogado lo prescripto en el c. 1037 del CIC.

6. Además, los miembros de los Institutos de vida consagrada que han de ordenarse diáconos o

presbíteros, en lo sucesivo han de ser interrogados también acerca de la reverencia y obediencia al Obispo

diocesano para que así resplandezca la unidad de todos los clérigos en la respectiva Iglesia.

7. A modo de Apéndice, se añade el Rito para la admisión de los candidatos al diaconado y

presbiterado con unas pocas variantes.

El Sumo Pontífice Juan Pablo II aprobó con su autoridad la nueva edición del Pontifical Romano De la

ordenación del Obispo, de los presbíteros y de los diáconos, y la Congregación para el Culto Divino y la

Disciplina de los Sacramentos la promulga ahora y la declara edición típica.

Las Conferencias de Obispos tomarán a su cargo llevar a la práctica los textos, normas y ritos, y

aplicarlas en las traducciones a las lenguas vernáculas.

Estos mismos ritos y textos redactados en latín, han de ser empleados inmediatamente después de su

aparición. Las traducciones con las adaptaciones aprobados por las Conferencias de Obispos y revisadas

por la Sede Apostólica, entrarán en vigencia el día que cada Conferencia establezca.

Sin que obste nada en contra.

Dada la presente por la Congregación del Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, el 29

de Junio de 1989, en la solemnidad de los santos Apóstoles Pedro y Pablo.

Eduardo Card. Martínez

Prefecto

Ludovico Kada

Arzobispo titular de Thibiceo

Secretario

Decreto

Por la Constitución apostólica "Pontificalis Romani recognitio" dada el 18 de junio de 1968, el Sumo

Pontífice Pablo VI aprobó un nuevo rito para la ordenación de diáconos, presbíteros y obispos, preparado

por el "Consejo para la aplicación de la Sagrada Liturgia" con la ayuda de peritos, y habiendo consultado a

los obispos de las diversas partes del mundo.

Este nuevo rito deberá ser observado en adelante para conferir aquellas órdenes, en lugar del rito

ahora existente en el Pontifical Romano.

Por tanto, mediante el presente Decreto de esta Sagrada Congregación de Ritos, en vigor de las

facultades que le han sido atribuidas por el Sumo Pontífice Pablo VI, se publica y es declarada "Typica" la

parte del Pontifical Romano que contiene dichos nuevos ritos para la ordenación de diáconos, presbíteros

y obispos.

Se establece, además, que hasta el día 6 de abril del próximo año 1969, domingo de la Resurrección

de nuestro Señor Jesucristo, puedan ser usados tanto estos nuevos ritos, cuanto los que actualmente se

encuentran en el Pontifical Romano. Pero desde aquel día solamente podrán ser utilizados los nuevos.

 

Sin que obste nada en contrario.

Roma, 15 de agosto de 1968, en la fiesta de la Asunción de la Santísima Virgen María.

Benno Cardenal Gut

Prefecto de la Sagrada Congregación de Ritos

y Presidente del "Consejo para la aplicación

de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia"

Fernando Antonelli

Arzobispo Titular de Idrica Secretario de la S.C.R.

Constitución Apostólica

"Pontificalis Romani"

Sobre los Nuevos Ritos para la Ordenación

de Diáconos, Presbíteros y Obispos

El Concilio Vaticano II ha dispuesto la revisión del Pontifical romano no solamente de un modo

general1, sino también con indicaciones particulares que establecen la reforma del rito de las ordenaciones

"tanto en lo que se refiere a las ceremonias como a los textos"2.

Entre los ritos de la ordenación hay que tener presentes principalmente aquellos que, por la

administración del sacramento del Orden, en sus varios grados, constituyen la sagrada jerarquía: "El

ministerio eclesiástico de institución divina se ejerce en diversos órdenes por aquellos que desde antiguo se

llaman obispos, presbíteros, diáconos"3.

En la revisión de los ritos de las sagradas ordenaciones, además de los principios generales del

Concilio Vaticano II para la reforma general de la liturgia, hay que tener presente la admirable doctrina

sobre la naturaleza y los efectos del orden, afirmada por el mismo Concilio en la Constitución sobre la

Iglesia. Doctrina que la liturgia debe expresar en la manera que le es propio. En efecto, "tanto los textos

como los ritos deben tener una disposición tal que la realidad sagrada que significan se exprese lo más

claramente posible, y de tal forma que el pueblo cristiano lo entienda, en la medida de lo posible, con

facilidad y pueda participar con una celebración plena, activa y en forma comunitaria"4.

El sagrado Concilio enseña que "con la consagración episcopal se confiere la plenitud del sacramento

del orden, que la tradic ión litúrgica de la Iglesia, y por los santos Padres, designa con el nombre de sumo

sacerdocio, plenitud del sagrado ministerio. La consagración episcopal confiere también, con el oficio de

santificar, los deberes de enseñar y de gobernar, los cuales, por su naturaleza, no pueden cumplirse sino

en comunión jerárquica con la cabeza y con los miembros del colegio. En la tradición, transmitida

especialmente en los ritos litúrgicos, y en el uso de la Iglesia oriental y occidental, consta claramente que

por la imposición de las manos, y con las palabras de la consagración, se confiere la gracia del Espíritu

Santo y se imprime el carácter sagrado, de suerte que los obispos, de una manera eminente y visible,

ocupan el lugar del mismo Cristo Maestro, Pastor y Pontífice y actúan en su persona"5.

Convergencia de la tradición de Oriente y Occidente

A estas palabras hay que añadir muchos otros excelentes puntos de doctrina sobre la sucesión

apostólica de los obispos y sobre sus oficios y deberes, que aunque se confieren en el rito de la

consagración episcopal, parece que deben ser expresados mejor y con más precisión. Con esta finalidad,

ha parecido oportuno tomar de las fuentes antiguas la oración consacratoria que se encuentra en la llamada

"Traditio apostólica" de Hipólito Romano, escrita al principio del siglo III, y que se ha conservado en gran

parte, también en nuestros días, en la liturgia de la ordenación de los coptos y de los siro-occidentales. De

esta menera, en el mismo momento de la ordenación queda demostrada la convergencia de la tradición

oriental y occidental sobre el oficio apostólico de los obispos.

Referente a los presbíteros, entre todo lo que ha sido tratado en el Concilio Vaticano II, recordemos

principalmente esto: "Los presbíteros, aunque no poseen la plenitud del sacerdocio y dependen de los

obispos en el ejercicio de su potestad, están, sin embargo, unidos a ellos por el honor sacerdotal y en

virtud del sacramento del orden. A imagen de Cristo, sumo y eterno sacerdote (cf. Hebr. 5, 1-10; 7, 24; 9,

11-28), son consagrados para predicar el Evangelio, pastorear a los fieles y celebrar el culto divino como

verdaderos sacerdotes del Nuevo Testamento"6. "Los presbíteros -leemos en otra parte-, en virtud de su

ordenación y de la misión recibida de los obispos, son promovidos al servicio de Cristo Maestro,

Sacerdote y Rey, participando en su ministerio, gracias al cual la Iglesia, aquí en la tierra, incesantemente

es edificada como Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo y templo del Espíritu Santo"7.

La imposición de las manos

En la ordenación presbiteral, según el rito del Pontifical romano, la misión y la gracia del presbítero,

como cooperador del orden episcopal, se expresaba muy claramente. Pero ha parecido necesario dar

mayor unidad a todo el rito, distribuido en varias partes, y destacar más vivamente el núcleo central de la

ordenación, esto es, la imposición de las manos y la oración consecratoria.

En cuanto a los diáconos, finalmente, además de cuanto ha sido dicho ya en las palabras de la

Constitución Lumen Gentium: "En el grado inferior de la jerarquía están los diáconos, a los cuales se les

imponen las manos "no para el sacerdocio, sino para el ministerio" (Constitución Ecclesiae Aegyptiacae,

III, 2). En efecto, sostenidos por la gracia sacramental en el ministerio de la liturgia, de la predicación y de

la caridad, sirven al pueblo de Dios, en comunión con el obispo y con su presbiterio"8. En el rito de la

ordenación de los diáconos poco había que cambiar, habida cuenta de la nueva legislación del diaconado

como grado permanente de la jerarquía de la Iglesia latina y de la mayor claridad y sencillez del rito.

Además, entre los documentos del supremo magisterio sobre las sagradas órdenes, merece particular

mención la Constitución apostólica "Sacramentum Ordinis", de nuestro predecesor Pío XII, publicada el

30 de noviembre de 1947, con la cual se declara que "la materia única de las sagradas órdenes del

diaconado, del presbiterado y del episcopado es la imposición de las manos, y la forma única son las

palabras, que determinan la aplicación de esta materia, expresan claramente los efectos sacramentales, es

decir, el poder de orden y la gracia del Espíritu Santo, y que, en este sentido, son recibidas y usadas por la

Iglesia9. Anticipado esto, el mismo documento señala cuál imposición de las manos y cuáles palabras

constituyen la materia y la forma de cada orden.

Ya que en la revisión del rito se ha debido añadir, quitar o cambiar alguna cosa tanto para acomodar

los textos a la fidelidad de los más antiguos documentos, como para que las expresiones resulten más

claras o para expresar mejor el efecto de los sacramentos, nos ha parecido necesario, para evitar toda

controversia o motivo de turbación de conciencia, declarar qué partes del rito reformado deben

considerarse esenciales.

Partes esenciales del rito

Por esto, con nuestra suprema autoridad apostólica, decidimos y disponemos cuanto sigue sobre la

materia y la forma de cada orden.

La materia de la ordenación del diácono es la imposición de las manos del obispo, hecha en silencio a

cada uno de los ordenandos antes de la oración consecratoria. La forma la constituye la misma oración

consecratoria, de la cual son esenciales, y por ello necesarias para la validez, estas palabras:

Emitte in eos, Domine, quaesumus, Spiritum Sanctum,

quo in opus ministerii fideliter exsequendi

munere septiformis tuae gratiae roborentur.

Igualmente la materia de la ordenación de los presbíteros es la imposición de las manos, hecha en

silencio por el obispo a cada uno de los ordenandos, antes de la oración consecratoria. La forma es la

misma oración consecratoria, de la cual son esenciales, y por ello exigidas para la validez, las palabras:

Da, quaesumus, omnipotens Pater,

his famulis tuis Presbyterii dignitatem;

innova in visceribus eorum Spiritum sanctitatis;

acceptum a te, Deus, secundi meriti munus obtineant,

censuramque morum exemplo suae conversationis insinuent.

Finalmente, la materia de la ordenación del obispo es la imposición de las manos sobre la cabeza del

elegido, hecha en silencio por los Obispos consagrantes, o al menos por el Consagrante principal, antes de

la oración consecratoria. La forma son las palabras de la misma oración consecratoria, de la cual son

esenciales, y por ello necesarias para la validez:

Et nunc effunde super hunc Electum eam virtutem,

quae a te est, Spirutum principalem,

quem dedisti dilecto Filio tuo Iesu Christo,

quem ipse donavit santis Apostolis,

qui constituerun Ecclesiam per singula loca, ut sanctuarium tuum,

in gloriam et laudem indeficientem nominis tui.

Por todo ello, el rito para la ordenación de diáconos, presbíteros y obispos compuesto por el "Consejo

para la aplicación de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia", "con la ayuda de personas competentes y

con el consejo de los obispos de diversas partes del mundo"10, lo aprobamos con Nuestra Autoridad

Apostólica, y disponemos que en lo sucesivo sea usado en la administración de estas órdenes en lugar del

que actualmente está en el Pontifical Romano.

Cuanto aquí hemos dispuesto y ordenado queremos que sea válido y eficaz ahora y en el futuro, no

obstante cualquier cosa en contrario que pueda hallarse en las Constituciones y en las Disposiciones

Apostólicas de Nuestros Predecesores, y en otras prescripciones aun dignas de peculiar mención y

derogación.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 18 de junio de 1968, año V de Nuestro Pontificado.

Pablo PP. VI

Observaciones Generales Previas

I. Ordenación Sagrada

1.

Por la Ordenación sagrada, algunos fieles cristianos son instituidos en el nombre de Cristo, y reciben

el don del Espíritu Santo, para apacentar a la Iglesia con la palabra y la gracia de Dios1.

2.

Porque "Cristo, a quien el Padre santificó y envió al mundo (Jn 10,36), hizo a los Obispos partícipes

de su propia consagración y misión por mediación de sus Apóstoles, de los cuales son sucesores. Estos

han confiado legítimamente a diversos sujetos en la Iglesia la función de su ministerio en distintos grados.

Así el ministerio eclesiástico, instituido por Dios, está ejercido en diversos órdenes que ya desde antiguo

recibían los nombres de Obispos, Presbíteros y Diáconos"2.

3.

Los Obispos, "cualificados por la plenitud del sacramento del Orden"3, "por el Espíritu Santo que han

recibido en la Ordenación", "han sido constituídos verdaderos y auténticos maestros de la fe, pontífices y

pastores"4, y como tales presiden la grey del Señor en la persona de Cristo cabeza.

4.

"Los Presbíteros, aunque no tengan la plenitud del sacerdocio y dependan de los Obispos en el

ejercicio de sus poderes, sin embargo, están unidos a éstos en el honor del sacerdocio y, en virtud del

sacramento del Orden, quedan consagrados como verdaderos Sacerdotes de la Nueva Alianza a imagen de

Cristo, sumo y eterno Sacerdote, para anunciar el Evangelio a los fieles, para dirigirlos y para celebrar el

culto divino"5.

5.

Los Diáconos "a los que se les imponen las manos para realizar un servicio y no para ejercer el

sacerdocio. Fortalecidos, en efecto, con la gracia del sacramento, en comunión con el Obispo y sus

presbíteros, están al servicio del pueblo de Dios en el ministerio de la liturgia, de la palabra y de la

caridad"6.

6.

La Ordenación sagrada se confiere por la imposición de las manos del Obispo y la Plegaria con la que

bendice a Dios e invoca el don del Espíritu Santo para el cumplimiento del ministerio7. Por la tradición,

principalmente expresada en los ritos litúrgicos y en la práctica de la Iglesia tanto en Oriente como de

Occidente, está claro que, por la imposición de las manos y la Plegaria de Ordenación, se confiere el don

del Espíritu Santo y se imprime el carácter sagrado, de tal manera que los Obispos, los presbíteros y los

diáconos, cada uno a su modo, quedan configurados con Cristo8.

II. Estructura de la Celebración

7.

La imposición de las manos y la Plegaria de Ordenación son el elemento esencial de todas las

Ordenaciones, en la cual la oración de bendición e invocación determina el significado de la imposición de

las manos. En consecuencia, estos ritos, por ser el centro de la Ordenación, deben ser inculcados por la

catequesis y puestos de relieve a través de la celebración misma.

Mientras se imponen las manos, los fieles oran en silencio, pero participan en la Plegaria de

Ordenación escuchándola y, por la aclamación final, confirmándola y concluyéndola.

8.

Dentro de la Ordenación, tienen capital importancia los ritos preparatorios, a saber: la presentación del

elegido o la elección de los candidatos, la homilía, la promesa de los elegidos y la súplica letánica. Pero son

importantes sobre todo los distintos ritos explicativos de las diversas Ordenes, que señalan las funciones,

conferidas por la imposición de las manos y la invocación del Espíritu Santo.

9.

La Ordenación se ha de celebrar dentro de la Misa en la que los fieles, sobre todo el domingo,

participan activamente "junto a un único altar, donde preside el Obispo rodeado de su presbiterio y

ministros"9.

De este modo se unen el mismo tiempo la principal manifestación de la Iglesia y la administración de

las Ordenes sagradas junto con el Sacrificio eucarístico, fuente y cumbre de toda la vida cristiana10.

10.

El íntimo nexo de la misma Ordenación con la Misa celebrada se manifiesta oportunamente no sólo

por la inserción del rito y por las fórmulas propias en la Plegaria eucarística y en la bendición final, sino

también, observando lo prescrito, por medio de las lecturas que se pueden elegir y empleando la Misa

ritual propia, según el Orden que se confiere.

 

III. Adaptaciones según la variedad de Regiones y Circunstancias

11.

Corresponde a las Conferencias Episcopales acomodar el rito de la Ordenación del Obispo, de los

presbíteros y de los diáconos, a las necesidades de cada una de las regiones para que, tras la aprobación

de la Sede Apostólica, sea utilizado en sus respectivas regiones. En esta materia, corresponde a las

Conferencias Episcopales, habida cuenta de las circunstancias, la idiosincracia y las tradiciones de los

pueblos:

a) Determinar la forma con que la comunidad presta su asentimiento a la elección de los

candidatos según la costumbres de la región (en la Ordenación del Obispo, nn. 38 y 74; en la Ordenación

de presbíteros, nn. 122, 150, 266, 307; en la Ordenación de diáconos, nn. 198, 226, 264, 305).

b) Establecer que se añadan, si parece oportuno, otras preguntas a las previstas en los ritos antes

de la Ordenación (en la Ordenación del Obispo, nn. 40 y 76; en la Ordenación de presbíteros, nn. 124,

152, 270, 311; en la Ordenación de diáconos, nn. 200, 228, 268, 309).

c) Determinar la forma con la que los elegidos para el diaconado y el presbiterado promenten

reverencia y obediencia (nn. 125, 153, 201, 228, 269, 271, 310, 312).

d) Establecer que el propósito de asumir la obligación del celibato se manifieste con alguna forma

externa, además de la respuesta a la pregunta al respecto (en la Ordenación de diáconos, nn. 200, 228,

268, 309).

e) Aprobar algunos cantos para utilizarlos en lugar de los indicados en este libro.

f) Proponer a la Sede Apostólica otras adaptaciones de los ritos para introducirlos con su

consentimiento. Sin embargo, no puede omitirse la imposición de manos. Tampoco puede reducirse la

Plegaria de Ordenación ni sustituir por otros textos alternativos. Debe respetarse la estructura general del

rito y la índole propia de cada uno de sus elementos.

Capítulo I.

Ordenación del Obispo

Observaciones Previas

I. Importancia de la Ordenación

12.

Se es constituido miembro del Cuerpo de los Obispos por la Ordenación episcopal y por la comunión

jerárquica con la Cabeza del Colegio y sus miembros.

El Orden de los Obispos sucede en el magisterio y en el régimen pastoral al colegio de los Apóstoles.

Más aún, en él perdura ininterrumpidamente el cuerpo apostólico11. Los Obispos, "como sucesores de los

Apóstoles, reciben del Señor, a quien se ha dado todo poder en el cielo y en la tierra, la misión de enseñar

a todos los pueblos y de predicar el Evangelio a todo el mundo para que todos los hombres, por la fe, el

bautismo y el cumplimiento de los mandamientos consigan la salvación (cf. Mt. 28,18)"12. El Colegio

episcopal, reunido bajo una sola cabeza, el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, expresa la unidad,

variedad y universalidad de la grey de Cristo13.

13.

A su vez, cada uno de los Obispos, puestos al frente de las Iglesias particulares, ejercen su gobierno

pastoral sobre la porción del Pueblo de Dios que se les ha confiado14. Son el principio y fundamento

visible de la unidad de la Iglesia particular, formada a imagen de la Iglesia universal, en las cuales y desde

las cuales existe la Iglesia católica15.

14.

La predicación del Evangelio sobresale entre las funciones principales de los Obispos, porque ellos son

heraldos de la fe, que conducen nuevos discípulos a Cristo, y doctores auténticos que predican al pueblo a

ellos confiado la fe que ha de creer y aplicar a la vida moral16. Y así como por el ministerio de la palabra

comunican la fuerza de Dios a los creyentes para que se salven (cf. Rom. 1,16), también mediante los

sacramentos santifican a los fieles. Los obispos regulan la administración del bautismo, son los ministros

originarios de la confirmación, los que confieren las sagradas Ordenes y los moderadores de la disciplina

penitencial. Investidos de la plenitud del sacramento del Orden, son "administradores de la gracia del sumo

sacerdocio" sobre todo en la Eucaristía que ellos mismos ofrecen o cuidan que se ofrezca. Pues toda

legítima celebración de la Eucaristía es dirigida por ellos, y en toda comunidad reunida en torno al altar,

bajo el ministerio sagrado del Obispo se manifiesta el símbolo de la caridad y unidad del Cuerpo místico17.

II. Oficios y Ministerios

15.

Todos los fieles tienen obligación de orar por la elección de su Obispo y por el ya elegido. Hágase esto

principalmente en la Oración Universal de la Misa y en las preces de Vísperas.

Puesto que el Obispo es constituido en favor de toda la Iglesia particular, deben ser invitados a la

Ordenación clérigos y otros fieles, de manera que asistan a la celebración en el mayor número posible.

16.

En la Ordenación, según la práctica tradicional desde antiguo, el Obispo ordenante principal debe estar

acompañado al menos de otros dos Obispos. Pero es muy conveniente que todos los Obispos presentes

tomen parte en la elevación del nuevo elegido al ministerio del sumo sacerdote18, imponiéndole las manos,

pronunciando lo que está determinado en la Plegaria de Ordenación y saludándolo.

Así, en la misma Ordenación de cada uno de los Obispos, se significa la índole colegial del Orden.

Como de costumbre, el Metropolitano ordene al Obispo sufragáneo, y el Obispo del lugar al Obispo

auxiliar.

El Obispo ordenante principal pronuncia la Plegaria de Ordenación, en la que se bendice a Dios y se

invoca al Espíritu Santo.

17.

Dos presbíteros de la diócesis para la que se ordena el elegido, le asisten en la Ordenación. Uno de

ellos, en nombre de la Iglesia particular, pide al Obispo ordenante que confiera la Ordenación al elegido.

Estos dos presbíteros y, en cuanto sea posible también los otros presbíteros, sobre todo los de la misma

diócesis, concelebran la Liturgia eucarística en unión con el Obispo ordenado en esta celebración y con

los demás Obispos.

18.

Dos diáconos sostienen el Evangeliario sobre la cabeza del elegido mientras se pronuncia la Plegaria de

Ordenación.

III. La Celebración

19.

Antes de la Ordenación, el elegido debe hacer ejercicios espirituales durante un tiempo oportuno.

20.

Conviene que todas las comunidades de la diócesis para la que es ordenado el Obispo se preparen para

la Ordenación.

21.

El Obispo que, como cabeza se pone al frente de una diócesis, debe ser ordenado en la iglesia

catedral. Los Obispos auxiliares, que se ordenan al servicio de una diócesis, deben ser ordenados también

en la iglesia catedral o en otra iglesia de gran importancia en la diócesis.

22.

Celébrese la Ordenación del Obispo con la asistencia del mayor número posible de fieles, en domingo

o en día festivo, preferentemente en una fiesta de Apóstoles, a no ser que razones pastorales aconsejen

otro día. Pero se excluyen el Triduo pascual, el Miércoles de Ceniza, toda la Semana Santa y la

Conmemoración de todos los fieles difuntos.

 

23.

La Ordenación tiene lugar dentro de la Misa, una vez terminada la Liturgia de la Palabra y antes de la

Liturgia de la Eucaristía.

Puede emplearse la Misa ritual para las Sagradas Órdenes, excepto en las Solemnidades, los Domingos

de Adviento, Cuaresma y Pascua, los días de la octava de Pascua y la fiesta de los Apóstoles. En estos

casos se dice la Misa del día, con sus lecturas. Pero en los otros días, si no se dice la Misa ritual se puede

tomar una de las lecturas de las que se proponen en el Leccionario con este fin.

La Oración Universal se omite porque las letanías ocupan su lugar.

24.

Proclamado el Evangelio, la Iglesia particular, por medio de uno de sus presbíteros, pide al Obispo

ordenante principal que ordene al elegido. Este, en presencia de los Obispos y de todos los fieles,

manifiesta la voluntad de ejercer su ministerio según los deseos de Cristo y de la Iglesia, en comunión con

el Orden de los Obispos, bajo la autoridad del sucesor de San Pedro Apóstol. En las letanías todos

imploran la gracia de Dios en favor del elegido.

25.

Por la imposición de las manos de los Obispos y la Plegaria de Ordenación, se confiere al elegido el

don del Espíritu Santo para su función episcopal. Estas son las palabras que pertenecen a la naturaleza del

sacramento y que por ello se exigen para la validez del acto:

Infunde ahora sobre éste, tu elegido la fuerza que de ti procede: el espíritu de gobierno que diste a tu

amado hijo Jesucristo, y él, a su vez, comunicó a los santos apóstoles, quienes establecieron la Iglesia

como santuario tuyo en cada lugar para gloria y alabanza incesante de tu nombre.

El Obispo ordenante principal proclama la Plegaria de Ordenación en nombre de todos los Obispos

presentes. Las palabras esenciales son pronunciadas por todos los Obispos que, junto con el Obispo

principal, impusieron las manos al elegido. Pero estas palabras se han de decir de tal modo que la voz del

Obispo ordenante principal se oiga con claridad, mientras los demás Obispos ordenantes las pronuncian en

voz baja.

26.

Por la imposición del Evangeliario sobre la cabeza del Ordenando mientras se pronuncia la Plegaria de

Ordenación, y por la entrega del mismo en manos del Ordenado, se declara como función principal del

Obispo la predicación fiel de la Palabra de Dios. Por la unción de la cabeza se significa la peculiar

participación del Obispo en el sacerdocio de Cristo. Por la entrega del anillo, se manifiesta la fidelidad del

Obispo hacia la Iglesia, esposa de Dios; por la imposición de la mitra, el deseo de alcanzar la santidad; y

por la entrega del báculo pastoral, su función de regir la Iglesia que se le ha confiado.

Con el saludo que el Ordenado recibe del Obispo ordenante principal y de todos los Obispos se pone

como un sello a su acogida en el Colegio episcopal.

27.

Es muy conveniente que el Obispo ordenado dentro de la propia diócesis presida la concelebración en

la Liturgia eucarística. Pero si la Ordenación se ha hecho en otra diócesis, preside la concelebración el

Obispo ordenante principal. En este caso, el Obispo recién ordenado ocupa el primer lugar entre los otros

concelebrantes.

IV. Lo que hay que preparar

28.

Además de lo necesario para la celebración de la Misa deben prepararse:

- Ritual de Ordenación;

- ejemplares de la Plegaria de Ordenación para los Obispos ordenantes;

- gremial;

- santo crisma;

- lo necesario para limpiarse las manos;

- el anillo, el báculo pastoral, la mitra para el elegido y, en su caso, el palio.

Las insignias, excepto el palio, no necesitan bendición previa cuando se entregan en el mismo rito de

la Ordenación.

29.

Además de la cátedra del Obispo ordenante principal se han de preparar sedes para los Obispos

ordenantes, para el elegido y para los presbíteros concelebrantes, de esta forma:

a) En la Liturgia de la Palabra, el Obispo ordenante principal se sienta en la cátedra, los otros

Obispos ordenantes, junto a la cátedra, a ambos lados, y el elegido, en el lugar más adecuado del

presbiterio, entre los presbíteros que le asisten.

b) La Ordenación hágase normalmente junto a la cátedra, pero si es necesario para la participación

de los fieles, prepárense las sedes para el Obispo ordenante principal y para los demás Obispos ordenantes

delante del altar o en otro lugar más apto. Las sedes para el elegido y para los presbíteros que asisten

prepárense de modo que los fieles puedan participar de la celebración, incluso visualmente.

30.

El Obispo ordenante principal y los Obispos y presbíteros concelebrantes visten los ornamentos

sagrados que a cada uno se les exigen para la celebración de la Misa.

Conviene que el Obispo ordenante principal lleve la dalmática bajo la casulla.

El elegido viste todos los ornamentos sacerdotales y además la cruz pectoral y la dalmática.

Pero los Obispos ordenantes, si no concelebran, han de llevar alba, cruz pectoral, estola y, si se cree

oportuno, capa pluvial y mitra. Los presbíteros que asisten al elegido, si no concelebran, vestirán capa

pluvial sobre el alba.

Los ornamentos han de ser del color de la misa que se celebra o, en caso contrario, de color blanco.

También pueden emplearse otros ornamentos festivos o más nobles.

Ordenación de un Obispo

Ritos iniciales y Liturgia de la Palabra

31.

Estando todo dispuesto para la celebración, se ordena la procesión por la iglesia hacia el altar como de

costumbre. El diácono lleve el Evangeliario para la Misa y la Ordenación, y si hubiere otros diáconos,

precedan a los presbíteros concelebrantes. Después, el elegido en medio de sus presbíteros asistentes, a

los que seguirán los Obispos ordenantes y, finalmente, el Obispo ordenante principal y -un poco más

atrás- dos diáconos que lo asistan. Al llegar al altar y, hecha la debida reverencia, todos vayan a sus

lugares asignados. Se cuidará, sin embargo, que se manifieste la distinción entre los obispos y los

presbíteros, aún en la disposición de los lugares.

Mientras tanto, se canta la Antífona de entrada con su salmo, u otro canto adecuado.

32.

Los Ritos iniciales y la Liturgia de la Palabra se hacen del modo acostumbrado hasta la proclamación

del Evangelio inclusive.

33.

Si el Obispo se ordena en su iglesia catedral, después del saludo al pueblo, uno de los diáconos o de

los presbíteros concelebrantes, exhiba y lea desde el ambón el mandato apostólico, ante el Colegio de

consultores y con la presencia del Canciller de la Curia quien redactará un acta. Todos escuchan sentados

y, finalizada la lectura, aclamarán diciendo:

Demos gracias a Dios.

También puede cantarse la siguiente Antífona:

"Te doy gracias, Señor, por tu amor.

No abandones la obra de tus manos.

Aleluia, aleluia".

 

En las diócesis recién erigidas, comuníquese el mandato apostólico al clero y al pueblo presente en la

catedral, y el acta sea redactada por el presbítero más antiguo de los presentes.

34.

Después de la proclamación del Evangelio, el diácono deposita reverentemente de nuevo sobre el altar

el Evangeliario, donde permanece hasta que sea puesto sobre la cabeza del Ordenado.

Ordenación

35.

Luego comienza la Ordenación del Obispo. Estando todos de pie, puede cantarse el "Veni, Creator

Spiritus" u otro himno similar, de acuerdo con la costumbre del lugar.

36.

Después, el Obispo ordenante principal y los demás Obispos ordenantes, si así fuera, se dirigen a las

sedes preparadas para la Ordenación.

Presentación del Elegido

37.

El elegido es conducido por los presbíteros asistentes delante del Obispo ordenante principal, a quien

hacen reverencia.

 

38.

Uno de los presbíteros asistentes se dirige al Obispo ordenante principal con estas palabras:

Reverendísimo Padre, la Iglesia de N.

pide que ordenes Obispo al presbítero N.

Pero si se ordenara un Obispo no residencial se dice:

Reverendísimo Padre, la Santa Madre Iglesia Católica,

pide que ordenes Obispo al presbítero N.

El Obispo ordenante principal le pregunta:

¿Tienen el mandato apostólico?

El presbítero responde:

Sí, lo tenemos.

El Obispo ordenante principal dice:

Que se lea.

Todos toman asiento y se lee al mandato. Terminada la lectura todos asienten a la elección del Obispo

diciendo:

Demos gracias a Dios.

También puede cantarse la siguiente Antífona:

"Te doy gracias, Señor, por tu amor.

No abandones la obra de tus manos.

Aleluia, aleluia".

Homilía

39.

Después todos se sientan. El Obispo ordenante principal, hace la homilía en la cual, tomando como

punto de partida el texto de las lecturas proclamadas en la Liturgia de la Palabra, exhorta al clero, al pueblo

y al elegido sobre el ministerio episcopal.

Sobre tal ministerio también puede hablar con palabras semejantes a las indicadas en el Apéndice, p.

193, adaptando el texto si se ordenara un Obispo no residencial.

Promesas del Elegido

40.

Terminada la homilía, solamente el elegido se pone de pie delante del Obispo ordenante principal, quien

lo interroga con las siguientes palabras:

La antigua norma de los Santos Padres

manda que quien va a ser ordenado Obispo

sea interrogado delante del pueblo

acerca de su propósito de custodiar la fe

y de cumplir con su oficio.

Por eso, querido hermano:

¿Quieres cumplir hasta tu muerte,

con la ayuda del Espíritu Santo,

el oficio pastoral que los Obispos

hemos recibido de los Apóstoles

y que se te comunica por la imposición de nuestras manos?

El elegido responde:

Sí, quiero.

El Obispo ordenante principal:

¿Quieres anunciar con fidelidad y constancia

el Evangelio de Jesucristo?

El elegido responde:

Sí, quiero.

El Obispo ordenante principal:

¿Quieres conservar puro e íntegro el depósito de la fe,

tal como fue recibido de los Apóstoles

y que la Iglesia conservó siempre y en todas partes?

El elegido responde:

Sí, quiero.

El Obispo ordenante principal:

¿Quieres edificar el cuerpo de Cristo que es su Iglesia,

y perseverar en su unidad junto con todos los Obispos

bajo la autoridad del sucesor del Apóstol San Pedro?

El elegido responde:

Sí, quiero.

El Obispo ordenante principal:

¿Quieres obedecer fielmente

al sucesor del Apóstol San Pedro?

El elegido responde:

Sí, quiero.

El Obispo ordenante principal:

¿Quieres, como padre bondadoso,

junto con tus colaboradores, los presbíteros y diáconos,

alimentar al pueblo santo de Dios

y guiarlo por el camino de la salvación?

El elegido responde:

Sí, quiero.

El Obispo ordenante principal:

¿Quieres mostrarte afable y bondadoso,

en el nombre del Señor,

con los pobres, con los que no tienen casa

y con todos los necesitados?

El elegido responde:

Sí, quiero.

El Obispo ordenante principal:

¿Quieres, como buen pastor, buscar las ovejas perdidas

y conducirlas al redil del Señor?

El elegido responde:

Sí, quiero.

El Obispo ordenante principal:

¿Quieres orar siempre a Dios todopoderoso

y cumplir con toda fidelidad

la función del sumo sacerdocio?

El elegido responde:

Quiero, con la gracia de Dios.

El Obispo ordenante principal dice:

Que Dios perfeccione la obra que ha comenzado en ti.

Súplica Litánica

41.

Luego los Obispos dejan la mitra y todos se ponen de pie. El Obispo ordenante principal, de pie, con

las manos juntas y mirando hacia el pueblo, pronuncia la siguiente invitación:

Queridos hermanos:

Oremos a fin de que la bondad de Dios todopoderoso

conceda a este elegido la abundancia de su gracia,

para el bien de su Iglesia.

42.

Entonces, el elegido se postra y, todos se arrodillan, salvo en los días domingos y en el tiempo

pascual. Según el caso, el diácono dice:

Nos arrodillamos.

Se comienzan a cantar las letanías. Según las categorías que figuran como subtítulos y su respectivo

lugar cronológico, pueden añadirse algunos nombres de santos (por ej. del patrono del lugar, del titular de

la iglesia, del fundador o del patrono del que va a ser ordenado). Para facilitar el oficio del cantor, se

añaden en su respectivo lugar los nombres de los santos latinoamericanos más importantes, los que

pueden cantarse opcionalmente.

También pueden añadirse algunas súplicas por diversas necesidades más apropiadas a cada

circunstancia.

Kyrie, eleison Kyrie, eleison

Christe, eleison Christe, eleison

Kyrie, eleison Kyrie, eleison

O bien:

Señor, ten piedad Señor, ten piedad

Cristo, ten piedad Cristo, ten piedad

Señor, ten piedad Señor, ten piedad

[Invocación de los Santos]

Santa María, Madre de Dios ruega por nosotros

[Ángeles]

San Miguel, ruega por nosotros

Santos Ángeles de Dios ruegen por nosotros

[Patriarcas y Profetas]

San Juan Bautista ruega por nosotros

San José ruega por nosotros

[Apóstoles y discípulos]

San Pedro ruega por nosotros

San Pablo ruega por nosotros

San Andrés ruega por nosotros

Santiago, el mayor ruega por nosotros

San Juan ruega por nosotros

Santo Tomás ruega por nosotros

Santiago, el menor ruega por nosotros

San Felipe ruega por nosotros

San Bartolomé ruega por nosotros

San Mateo ruega por nosotros

San Simón ruega por nosotros

San Tadeo ruega por nosotros

San Matías ruega por nosotros

Santa María Magdalena ruega por nosotros

[Mártires varones]

San Esteban ruega por nosotros

San Ignacio de Antioquía ruega por nosotros

San Lorenzo ruega por nosotros

(San Roque González) ruega por nosotros

(San Juan del Castillo) ruega por nosotros

(San Alonso Rodríguez) ruega por nosotros

(San Héctor Valdivielso) ruega por nosotros

[Mártires mujeres]

Santas Perpetua y Felicidad ruegen por nosotros

Santa Inés ruega por nosotros

[Obispos y Doctores]

San Gregorio ruega por nosotros

San Agustín ruega por nosotros

San Atanasio ruega por nosotros

San Basilio ruega por nosotros

San Martín de Tours ruega por nosotros

(Santo Toribio Mogrovejo) ruega por nosotros

[Sacerdotes y religiosos]

San Benito ruega por nosotros

Santos Francisco y Domingo ruegen por nosotros

San Francisco Javier ruega por nosotros

(San Francisco Solano) ruega por nosotros

(San Martín de Porres) ruega por nosotros

San Juan María Vianney ruega por nosotros

[Religiosas]

Santa Catalina de Siena ruega por nosotros

Santa Teresa de Jesús ruega por nosotros

Santa Teresa del Niño Jesús ruega por nosotros

(Santa Rosa de Lima) ruega por nosotros

(Santa Teresa de los Andes) ruega por nosotros

[Laicos]

(Beata Laura Vicuña) ruega por nosotros

Todos los santos y santas de Dios ruegen por nosotros

[Invocaciones a Cristo]

Por tu bondad líbranos, Señor

De todo mal líbranos, Señor

De todo pecado líbranos, Señor

De la muerte eterna líbranos, Señor

Por el misterio de tu encarnación líbranos, Señor

Por tu muerte y resurrección líbranos, Señor

Por la venida del Espíritu Santo íbranos, Señor

[Súplica por Diversas Necesidades]

Nosotros, que somos pecadores te rogamos, óyenos

Para que gobiernes y conserves a tu Santa Iglesia te rogamos, óyenos

Para que conserves en tu santo servicio al Papa te rogamos, óyenos

y a todos los miembros del clero te rogamos, óyenos

Para que bendigas a este elegido tuyo te rogamos, óyenos

Para que lo bendigas y santifiques te rogamos, óyenos

Para que lo bendigas, santifiques y consagres te rogamos, óyenos

Para que concedas la paz y la concordia a todos los pueblos te rogamos, óyenos

Para que tengas misericordia de todos los que sufren te rogamos, óyenos

Para que nos fortalezcas y conserves en tu santo servicio te rogamos, óyenos

Jesús, Hijo del Dios vivo te rogamos, óyenos

Cristo, óyenos

Cristo, óyenos

Cristo, escúchanos

Cristo, escúchanos

43.

Terminadas las letanías, el Obispo ordenante principal, de pie y con las manos extendidas, dice:

Padre bueno:

escucha nuestras súplicas

y derramando la plenitud de la gracia sacerdotal

sobre este servidor tuyo,

infúndele la fuerza de tu bendición.

Por Jesucristo nuestro Señor.

Todos:

Amén.

Si es el caso, el diácono dice:

Nos ponemos de pie.

Y todos se levantan.

Imposición de Manos y Plegaria de Ordenación

44.

El elegido se pone de pie, se acerca al Obispo ordenante principal quien está de pie con mitra delante

de la sede y se arrodilla delante de él.

45.

El Obispo ordenante principal impone en silencio las manos sobre la cabeza del elegido. Luego todos

los Obispos, sucesivamente, imponen las manos al elegido sin decir nada.

Después de imponer de manos, los Obispos permanecen cerca del Obispo ordenante principal, hasta

terminar la Plegaria de Ordenación, permitiendo que los fieles puedan ver la celebración.

46.

Luego el Obispo ordenante principal toma el Evangeliario que le presenta uno de los diáconos y lo

impone abierto sobre la cabeza del elegido. Dos diáconos de pie, uno a la derecha y otro a la izquierda del

elegido, sostienen el Evangeliario sobre su cabeza hasta que termine la Plegaria de Ordenación.

47.

El elegido se arrodilla delante del Obispo ordenante principal quien, sin mitra, y teniendo junto a sí a

los demás Obispos ordenantes, también sin mitra, dice con las manos extendidas la Plegaria de

Ordenación:

Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo,

Padre misericordioso y Dios de todo consuelo,

tú habitas en el cielo

y contemplas con amor a los hombres

inclinándote hacia ellos con mirada bondadosa;

tú conoces todas las creaturas antes de que existan

y has constituido a la Iglesia

bajo la inspiración de tu gracia.

Tú elegiste, desde el principio, a un pueblo santo,

descendiente de Abraham,

y le diste reyes y sacerdotes

para mantener el culto en tu santuario,

porque, desde siempre,

quisiste ser glorificado por tus elegidos.

La siguiente parte de la oración es dicha por todos los Obispos ordenantes con las manos juntas y en

voz baja, para que la voz del Obispo ordenante principal se escuche claramente:

Infunde ahora

sobre este tu elegido

La fuerza que de ti procede:

El espíritu de gobierno

Que diste a tu amado hijo Jesucristo,

Y él, a su vez, comunicó a los santos apóstoles,

Quienes establecieron la Iglesia

Como santuario tuyo

En cada lugar

Para gloria y alabanza incesante de tu nombre.

Prosigue solo el Obispo ordenante principal:

Dios y Padre nuestro:

tú conoces los corazones,

concede a este servidor tuyo,

a quien elegiste para el episcopado,

que apaciente tu pueblo santo;

que ejerza ante ti, de modo ejemplar, el sumo sacerdocio,

sirviéndote día y noche,

y que atraiga tu bendición sobre nosotros

ofreciéndote los dones de la santa Iglesia.

Que por la fuerza del Espíritu Santo

perdone los pecados según tu voluntad;

distribuya los ministerios de la Iglesia

conforme a tus designios

y desate todo vínculo,

en virtud del poder que diste a los Apóstoles.

Que por la pureza y mansedumbre de su corazón

se ofrezca a ti como sacrificio agradable,

por tu Hijo Jesucristo,

por quien recibes la gloria, el poder y el honor,

con el Espíritu Santo, en tu santa Iglesia,

ahora y por los siglos de los siglos.

Todos responden:

Amén.

48.

Cuando termina la oración de la consagración, los diáconos retiran el Evangeliario que mantenían

sobre la cabeza del Ordenado, y uno de ellos lo tiene hasta que le sea entregado al Ordenado. Todos se

sientan. El Obispo ordenante principal y los demás Obispos ordenantes se ponen la mitra.

Unción de la Cabeza y entrega del Evangeliario y Demás Insignias

49.

El Obispo ordenante principal se pone el gremial, toma el recipiente con el santo crisma que uno de los

diáconos le presenta y unge la cabeza del Ordenado quien está arrodillado frente al mismo, diciendo:

Dios, que te hizo partícipe

del Sumo Sacerdocio de Cristo,

derrame sobre ti el bálsamo de la mística unción,

y haga fecundo tu ministerio

con la abundancia de la bendición espiritual.

Luego el Obispo ordenante principal se limpia las manos.

50.

El Obispo ordenante principal toma el Evangeliario que le presenta uno de los diáconos, y lo entrega al

Ordenado diciendo: Recibe el Evangelio y proclama siempre la Palabra de Dios con paciencia y deseo de

enseñar.

Después, el diácono toma el Evangeliario y lo coloca en su lugar.

51.

El Obispo ordenante Principal coloca el anillo en el dedo anular de la mano derecha del Ordenado,

diciendo: Recibe este anillo, signo de fidelidad, y adornado con una fe inquebrantable, permanece fiel a la

Iglesia, Esposa santa de Dios.

52.

Si el Ordenado goza de palio, el Obispo ordenante principal lo recibe del diácono y lo pone sobre los

hombros del Ordenado, diciendo:

Recibe el palio traído del sepulcro de san Pedro,

que te entregamos en nombre del Romano Pontífice,

el Papa N.,

como signo de autoridad metropolitana,

para que lo uses dentro de los límites de tu Provincia eclesiástica;

que sea para ti símbolo de unidad

y señal de comunión con la Sede Apostólica,

vínculo de caridad y estímulo de fortaleza.

53.

 

Seguidamente, el Obispo ordenante principal pone al Ordenado la mitra, diciendo: Recibe la mitra, y

brille en ti el resplandor de la santidad, para que, cuando aparezca el Príncipe de los pastores, merezcas la

corona de gloria que no se marchita.

54.

Finalmente le entrega al Ordenado el báculo pastoral, diciendo:

Recibe el báculo, signo de tu ministerio pastoral.

Cuida a todo el rebaño que el Espíritu Santo

te confía como Obispo

para gobernar a la Iglesia de Dios.

55.

Todos se ponen de pie. Si la Ordenación es celebrada en la iglesia propia del Ordenado, el Obispo

ordenante principal lo invita para que se siente en la cátedra, y el Obispo ordenante principal se sienta a la

derecha del Ordenado.

Pero, si la Ordenación se realiza fuera de su iglesia propia, el Obispo ordenante principal invita al

Ordenado a sentarse en el primer lugar entre los Obispos concelebrantes.

56.

Allí, el Ordenado, dejando el báculo pastoral, recibe el saludo del Obispo ordenante principal y de los

demás Obispos.

57.

Después de la entrega del báculo y hasta el fin del rito se puede cantar el Salmo 95 con la Antífona

"Vayan por el mundo, aleluia; enseñen a todos los pueblos" u otro canto similar.

58.

La Misa continúa del modo acostumbrado. El Símbolo se dice según corresponda. La Oración

Universal se omite.

Liturgia Eucarística

59.

En la Plegaria Eucarística se hace mención del Obispo ordenado según las fórmulas siguientes:

a) En la Plegaria Eucarística I, se dice "Acepta Señor en tu bondad" propio:

Acepta, Señor, en tu bondad,

esta ofrenda de tus servidores,

y de toda tu familia santa;

te la ofrecemos también por tu hijo N.

(por mí, indigno servidor tuyo),

que ha sido (he sido) llamado al orden de los Obispos;

conserva en él (en mí) tus dones

para que fructifique lo que ha recibido (he recibido) de tu bondad;

[Por Cristo, nuestro Señor. Amén].

b) En las intercesiones de la Plegaria Eucarística II, después de la palabra "a cuantos participamos del

Cuerpo y Sangre de Cristo", se dice:

Acuérdate, Señor,

de tu Iglesia extendida por toda la tierra;

y con el Papa N.,

con nuestro Obispo N.,

(y tu servidor N.)

a quien has constituido hoy pastor de la Iglesia (de N.),

a todos los pastores que cuidan de tu pueblo,

llévala a su perfección por la caridad.

c) En las intercesiones de la Plegaria Eucarística III, después de las palabras "traiga la paz y la

salvación al mundo entero", se dice:

Confirma en la fe y en la caridad a tu Iglesia,

peregrina en la tierra:

a tu servidor, el Papa N.,

a nuestro Obispo N. (y a tu servidor N.)

a quien ha sido ordenado hoy pastor de la Iglesia (de N.),

al orden episcopal, a los presbíteros y diáconos,

y a todo el pueblo redimido por ti.

d) En las intercesiones de la Plegaria Eucarística IV, después de las palabras "para alabanza de tu

gloria", se dice:

Y ahora, Señor, acuérdate

de todos aquellos por quienes te ofrecemos este sacrificio:

de tu servidor el Papa N., de nuestro Obispo N., (y de este servidor tuyo N.),

a quien te has dignado elegir hoy para el servicio de tu pueblo,

del orden episcopal y de los presbíteros y diáconos,

de los oferentes y de los aquí reunidos,

de todo tu pueblo santo

y de aquellos que te buscan con sincero corazón.

60.

Los familiares y amigos cercanos del Ordenado pueden recibir la comunión bajo las dos especies.

Rito de Conclusión

61.

Terminada la oración después de la comunión, se canta el Te Deum o bien otro himno similar, de

acuerdo con la costumbre del lugar.

Mientras tanto, el Ordenado con mitra y báculo pastoral, es conducido por dos de los Obispos

ordenantes por la iglesia, mientras bendice a todos.

62.

Terminado el himno, el Ordenado, desde el altar o -si la Ordenación se celebra en su propia Iglesiadesde

la cátedra puede dirigirse al pueblo con breves palabras.

63.

Luego, el Obispo que presidió la Liturgia eucarística imparte la bendición. En lugar de la bendición

habitual puede darse la bendición solemne que sigue. El diácono puede hacer la siguiente invitación:

Nos inclinamos para la bendición.

o con otras palabras similares.

a) Si imparte la bendición el Ordenado, hace antes la triple súplica, con las manos extendidas:

Señor Dios:

tú cuidas de tu pueblo

y lo gobiernas con amor.

Concede el Espíritu de sabiduría a sus pastores

para que la santidad del rebaño

sea gozo eterno de los pastores.

Todos responden:

Amén.

El Ordenado continúa:

Señor: tú estableces la duración de nuestra vida

y por tu poder admirable

gobiernas los acontecimientos de la historia.

Mira con bondad nuestro humilde ministerio

y concede a nuestros días la abundancia de tu paz.

Todos responden:

Amén.

El Ordenado continúa:

Señor, concede los dones de tu gracia

a quien elevaste al orden episcopal

para que te agrade en su ministerio.

Dirige el corazón del pueblo y del pastor

para que al pastor no le falte la obediencia del rebaño,

ni a la grey le falten nunca los cuidados del pastor.

Todos responden:

Amén.

Y el Ordenado pronuncia la bendic ión:

Y la bendición de Dios todopoderoso

Padre, Hijo, y Espíritu Santo

descienda sobre ustedes y permanezca para siempre.

Todos responden:

Amén.

b) Si el Obispo ordenante principal imparte la bendición, con las manos extendidas sobre el Ordenado y el

pueblo, dice:

El Señor te bendiga y te proteja.

Ya que te constituyó pontífice de su pueblo,

te haga feliz en esta vida

y te permita compartir la felicidad eterna.

Todos responden:

Amén.

El Obispo ordenante principal:

Que el Señor te conceda por muchos años

gobernar felizmente, con su providencia y con tu esfuerzo,

al clero y al pueblo que ha querido reunir en torno tuyo.

Todos responden:

Amén.

El Obispo ordenante principal:

Que tu pueblo obedeciendo los preceptos divinos,

superando toda adversidad,

recibiendo toda clase de bienes

y respetando fielmente tu ministerio,

goce de la tranquilidad de la paz en este mundo

y merezca junto a ti

gozar de la compañía eterna de los santos.

Todos responden:

Amén.

Y el Obispo ordenante principal pronuncia la bendic ión:

Y la bendición de Dios todopoderoso

Padre, Hijo, y Espíritu Santo

descienda sobre ustedes y permanezca para siempre.

Todos responden:

Amén.

64.

Dada la bendición, y despedido el pueblo por el diácono, se hace la procesión a la sacristía del modo

acostumbrado.

Ordenación de varios Obispos

65.

Cuanto se dice en los nn. 15-27 de las Observaciones generales previas, vale también para la

Ordenación de varios obispos a la vez.

En este caso se indica como especial lo siguiente:

a) A cada uno de los elegidos le han de asistir dos presbíteros.

b) Es muy conveniente que todos los Obispos ordenantes y los presbíteros que asisten a los

elegidos concelebren la Misa con el Obispo ordenante principal y con los elegidos. Si la Ordenación se

hace en la iglesia propia de alguno de los elegidos, concelebren también algunos de su presbiterio.

c) Si la Ordenación tiene lugar dentro de la diócesis propia de alguno de los elegidos, el Obispo

ordenante principal puede invitar al Obispo recién ordenado para que presida la concelebración eucarística.

De lo contrario, el Obispo ordenante principal preside la concelebración, pero los Obispos recién

ordenados ocupan los primeros lugares entre los demás concelebrantes.

d) Además de lo necesario para la celebración de la Misa deben prepararse:

- Ritual de Ordenación;

- separatas de la Plegaria de Ordenación para los Obispos ordenantes;

- Evangeliario que se ha de imponer a cada uno de los elegidos;

- gremial;

- santo crisma;

- lo necesario para limpiarse las manos;

- el anillo, el báculo pastoral y la mitra para cada uno de los elegidos y, en su caso, el

palio.

Las insignias, excepto el palio, no necesitan bendición previa, cuando se entregan en el mismo rito

de Ordenación.

e) las sedes han de prepararse del modo ya indicado en el n. 29.

66.

El Obispo ordenante principal, como también los Obispos y los presbíteros concelebrantes, visten los

ornamentos sagrados que se exigen a cada uno para la celebración de la Misa.

Conviene que el Obispo ordenante principal lleve la dalmática bajo la casulla.

Los elegidos visten todos los ornamentos sacerdotales y, además, la cruz pectoral y la dalmática.

Pero los Obispos ordenantes, si no concelebran, han de llevar alba, cruz pectoral, estola y, si se cree

oportuno, capa pluvial y mitra. Los presbíteros que asisten a los elegidos, si no concelebran, vestirán capa

pluvial sobre el alba.

Los ornamentos han de ser del color de la Misa que se celebre o caso contrario de color blanco.

También pueden emplearse otros ornamentos festivos o más nobles.

 

Ritos iniciales y Liturgia de la Palabra

67.

Estando todo dispuesto para la celebración, se ordena la procesión por la iglesia hacia el altar como de

costumbre. El diácono lleve el Evangeliario para la Misa y la Ordenación, y si hubiere otros diáconos,

precedan a los presbíteros concelebrantes. Después, los elegidos en medio de sus presbíteros asistentes, a

los que seguirán los Obispos ordenantes y, finalmente, el Obispo ordenante principal y -un poco más

atrás- dos diáconos que lo asistan. Al llegar al altar y, hecha la debida reverencia, todos vayan a sus

lugares asignados. Se cuidará, sin embargo, que se manifieste la distinción entre los obispos y los

presbíteros, aún en la disposición de los lugares.

Mientras tanto, se canta la Antífona de entrada con su salmo, u otro canto adecuado.

68.

Los Ritos iniciales y la Liturgia de la Palabra se hacen del modo acostumbrado hasta la proclamación

del Evangelio inclusive.

69.

Si uno de los Obispos se ordena en su iglesia catedral, después del saludo al pueblo, uno de los

diáconos o de los presbíteros concelebrantes, exhiba y lea desde el ambón el mandato apostólico, ante el

Colegio de consultores y con la presencia del Canciller de la Curia quien redactará un acta. Todos

escuchan sentados y, finalizada la lectura, aclamarán diciendo: Demos gracias a Dios.

También puede cantarse la siguiente Antífona:

"Te doy gracias, Señor, por tu amor.

No abandones la obra de tus manos.

Aleluia, aleluia".

En las diócesis recién erigidas, comuníquese el mandato apostólico al clero y al pueblo presente en la

catedral, y el acta sea redactada por el presbítero más antiguo de los presentes.

70.

Después de la proclamación del Evangelio, el diácono deposita reverentemente de nuevo sobre el altar

el Evangeliario, donde permanece hasta que sea puesto sobre la cabeza de cada Ordenado.

Ordenación

71.

Luego comienza la Ordenación de los Obispos. Estando todos de pie, puede cantarse el "Veni, Creator

Spiritus" u otro himno similar, de acuerdo con la costumbre del lugar.

72.

Después, el Obispo ordenante principal y los demás Obispos ordenantes, si así fuera, se dirigen a las

sedes preparadas para la Ordenación.

Presentación de los Elegidos

73.

Los elegidos son conducidos por los presbíteros asistentes delante del Obispo ordenante principal, a

quien hacen reverencia.

74.

Uno de los presbíteros asistentes se dirige al Obispo ordenante principal con estas palabras:

Reverendísimo Padre, la Iglesia de N. pide que ordenes Obispo al presbítero N.

Pero si se ordenara un Obispo no residencial se dice:

Reverendísimo Padre, la Santa Madre Iglesia Católica, pide que ordenes Obispo al presbítero N.

Así se hace para cada uno de los elegidos. Al final, el Obispo ordenante principal pregunta:

¿Tienen el mandato apostólico?

Uno de los presbíteros responde:

Si, lo tenemos.

El Obispo ordenante principal dice:

Que se lea.

Todos toman asiento y se lee al mandato. Terminada la cual todos asienten a la elección del Obispo

diciendo:

Demos gracias a Dios.

También puede cantarse la siguiente Antífona:

"Te doy gracias, Señor, por tu amor.

No abandones la obra de tus manos.

Aleluia, aleluia".

Homilía

75.

Después todos se sientan. El Obispo ordenante principal hace la homilía en la cual, tomando como

punto de partida el texto de las lecturas proclamadas en la Liturgia de la Palabra, exhorta al clero, al pueblo

y a los elegidos sobre el ministerio episcopal.

Sobre tal ministerio también puede hablar con palabras similares a las señaladas en Apéndice, p. 194,

adaptando el texto si se ordenara un Obispo no residencial.

Promesas de los Elegidos

76.

Terminada la homilía, solamente los elegidos se ponen de pie delante del Obispo ordenante principal,

quien los interroga con las siguientes palabras:

La antigua norma de los Santos Padres

manda que quien va a ser ordenado Obispo

sea interrogado delante del pueblo

acerca de su propósito de custodiar la fe

y de cumplir con su oficio.

Por eso, queridos hermanos:

¿Quieren cumplir hasta la muerte,

con la ayuda del Espíritu Santo,

el oficio pastoral que los Obispos

hemos recibido de los Apóstoles

y que se les comunica por la imposición de nuestras manos?

Los elegidos responde todos juntos:

Sí, quiero.

El Obispo ordenante principal:

¿Quieren anunciar con fidelidad y constancia

el Evangelio de Jesucristo?

El elegido responde:

Sí, quiero.

El Obispo ordenante principal:

¿Quieren conservar puro e íntegro el depósito de la fe,

tal como fue recibido de los Apóstoles

y que la Iglesia conservó siempre y en todas partes?

Cada elegido responde:

Sí, quiero.

El Obispo ordenante principal:

¿Quieren edificar el cuerpo de Cristo que es su Iglesia,

y perseverar en su unidad junto con todos los Obispos

bajo la autoridad del sucesor del Apóstol San Pedro?

Cada elegido responde:

Sí, quiero.

El Obispo ordenante principal:

¿Quieren obedecer fielmente

al sucesor del Apóstol San Pedro?

Cada elegido responde:

Sí, quiero.

El Obispo ordenante principal:

¿Quieren, como padres bondadosos,

junto con sus colaboradores, los presbíteros y diáconos,

alimentar al pueblo santo de Dios

y guiarlo por el camino de la salvación?

Cada elegido responde:

Sí, quiero.

El Obispo ordenante principal:

¿Quieren mostrarse afables y bondadosos,

en el nombre del Señor,

con los pobres, con los que no tienen casa

y con todos los necesitados?

 

Cada elegido responde:

Sí, quiero.

El Obispo ordenante principal:

¿Quieren, como buen pastor, buscar las ovejas perdidas

y conducirlas al redil del Señor?

Cada elegido responde:

Sí, quiero.

El Obispo ordenante principal:

¿Quieren orar siempre a Dios todopoderoso

y cumplir con toda fidelidad

la función del sumo sacerdocio?

Cada elegido responde:

Quiero, con la gracia de Dios.

El Obispo ordenante principal dice:

Que Dios perfeccione la obra que ha comenzado en ustedes.

Súplica Litánica

77.

Luego los Obispos dejan la mitra y todos se ponen de pie. El Obispo ordenante principal de pie, con

las manos juntas y mirando hacia el pueblo, pronuncia la siguiente invitación:

Queridos hermanos:

Oremos a fin de que la bondad de Dios todopoderoso

conceda a estos elegidos la abundancia de su gracia,

para el bien de su Iglesia.

78.

Los elegidos se postran y, salvo en los días domingos y en el tiempo pascual, todos se arrodillan.

Según el caso, el diácono dice: Nos arrodillamos.

Entonces, se comienzan a cantar las letanías.

Según las categorías que figuran como subtítulos y su respectivo lugar cronológico, pueden añadirse

algunos nombres de santos (por ej. del patrono del lugar, del titular de la iglesia, del fundador o del patrono

de los que van a ser ordenados). Para facilitar el oficio del cantor, se añaden en su respectivo lugar los

nombres de los santos latinoamericanos más importantes, los que pueden cantarse opcionalmente.

También pueden añadirse algunas súplicas por diversas necesidades más apropiadas a cada

circunstancia. Los cantores comienzan las letanías según el texto del n.42 con las súplicas por los

elegidos en plural.

79.

Terminadas las letanías, el Obispo ordenante principal, de pie y con las manos extendidas, dice:

Padre bueno:

escucha nuestras súplicas

y derramando la plenitud de la gracia sacerdotal

sobre estos servidores tuyos,

infúndeles la fuerza de tu bendición.

Por Jesucristo nuestro Señor.

Todos:

Amén.

Si es el caso, el diácono dice:

Nos ponemos de pie.

Y todos se levantan.

Imposición de Manos y Plegaria de Ordenación

80.

Los elegidos se ponen de pie, se acercan al Obispo ordenante principal quien está de pie con mitra

delante de la sede, y se arrodillan delante de él.

81.

El Obispo ordenante principal impone en silencio las manos sobre la cabeza de los elegidos. Luego

todos los Obispos, sucesivamente, imponen las manos a los elegidos sin decir nada.

Después de imponer de manos, los Obispos permanecen cerca del Obispo ordenante principal, hasta

terminar la Plegaria de Ordenación, permitiendo que los fieles puedan ver la celebración.

82.

Luego el Obispo ordenante principal toma el Evangeliario que le presenta uno de los diáconos y lo

impone abierto sobre la cabeza de los elegidos. Dos diáconos de pie, uno a la derecha y otro a la izquierda

de cada elegido, sostienen el Evangeliario sobre su cabeza hasta que termine la Plegaria de Ordenación.

83.

Los elegidos se arrodillan delante del Obispo ordenante principal quien, sin mitra, y teniendo junto a sí

a los demás Obispos ordenantes, también sin mitra, dice con las manos extendidas la Plegaria de

Ordenación:

Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo,

Padre misericordioso y Dios de todo consuelo,

tú habitas en el cielo

y contemplas con amor a los hombres

inclinándote hacia ellos con mirada bondadosa;

tú conoces todas las creaturas antes de que existan

y has constituido a la Iglesia

bajo la inspiración de tu gracia.

Tú elegiste, desde el principio, a un pueblo santo,

descendiente de Abraham,

y le diste reyes y sacerdotes

para mantener el culto en tu santuario,

porque, desde siempre,

quisiste ser glorificado por tus elegidos.

La siguiente parte de la oración es dicha por todos los Obispos ordenantes con las manos juntas y en

voz baja, para que la voz del Obispo ordenante principal se escuche claramente:

Infunde ahora

sobre éstos, tus elegidos

la fuerza que de ti procede:

el espíritu de gobierno

que diste a tu amado hijo Jesucristo,

y él, a su vez,

comunicó a los santos apóstoles,

quienes establecieron la Iglesia

como santuario tuyo,

en cada lugar,

para gloria y alabanza incesante

de tu nombre.

Prosigue solo el Obispo ordenante principal:

Dios y Padre nuestro:

tú conoces los corazones,

concede a estos servidores tuyos,

a quienes elegiste para el episcopado,

que apacienten tu pueblo santo;

que ejerzan ante ti, de modo ejemplar,

el sumo sacerdocio,

sirviéndote día y noche,

y que atraigan tu bendición sobre nosotros

ofreciéndote los dones de la santa Iglesia.

Que por la fuerza del Espíritu Santo

perdonen los pecados según tu voluntad;

distribuyan los ministerios de la Iglesia

conforme a tus designios

y desaten todo vínculo,

en virtud del poder que diste a los Apóstoles.

Que por la pureza y mansedumbre de sus corazones

se ofrezcan a ti como sacrificio agradable,

por tu Hijo Jesucristo,

por quien recibes la gloria, el poder y el honor,

con el Espíritu Santo, en tu santa Iglesia,

ahora y por los siglos de los siglos.

Todos responden:

Amén.

84.

Cuando termina la oración de la consagración, los diáconos retiran el Evangeliario que mantenían

sobre la cabeza de cada Ordenado, y uno de ellos lo tiene hasta que le sea entregado a cada Ordenado.

Todos se sientan. El Obispo ordenante principal y los demás Obispos ordenantes se ponen la mitra.

Unción de la Cabeza y entrega del Evangeliario y demás Insignias

85.

El Obispo ordenante principal se pone el gremial, toma el recipiente con el santo crisma que uno de los

diáconos le presenta y unge la cabeza de cada Ordenado quien está arrodillado frente al mismo, diciendo:

Dios, que te hizo partícipe

del Sumo Sacerdocio de Cristo,

derrame sobre ti el bálsamo de la mística unción,

y haga fecundo tu ministerio

con la abundancia de la bendición espiritual.

Luego el Obispo ordenante principal se limpia las manos.

86.

El Obispo ordenante principal toma el Evangeliario que le presenta uno de los diáconos, y lo entrega a

cada Ordenado diciendo:

Recibe el Evangelio

y proclama siempre la Palabra de Dios

con paciencia y deseo de enseñar.

Después, el diácono toma el Evangeliario y lo coloca en su lugar.

87.

El Obispo ordenante Principal coloca el anillo en el dedo anular de la mano derecha de cada Ordenado,

diciendo:

Recibe este anillo, signo de fidelidad,

y adornado con una fe inquebrantable,

permanece fiel a la Iglesia, Esposa santa de Dios.

88.

Si alguno de los Ordenados goza de palio, el Obispo ordenante principal lo recibe del diácono y lo

pone sobre los hombros del Ordenado, diciendo:

Recibe el Palio traído del sepulcro de san Pedro,

que te entregamos en nombre del Romano Pontífice, el Papa N.,

como signo de autoridad metropolitana,

para que lo uses dentro de los límites de tu Provincia eclesiástica;

que sea para ti símbolo de unidad

y señal de comunión con la Sede Apostólica,

vínculo de caridad y estímulo de fortaleza.

89.

Seguidamente, el Obispo ordenante principal pone la mitra a cada Ordenado, diciendo:

Recibe la mitra,

brille en ti el resplandor de la santidad,

para que, cuando aparezca el Príncipe de los pastores,

merezcas recibir la corona de gloria que no se marchita.

90.

Finalmente le entrega a cada Ordenado el báculo pastoral, diciendo:

Recibe el báculo, signo de tu ministerio pastoral.

Cuida a toda la grey, en la que el Espíritu Santo

te coloca como Obispo

para gobernar a la Iglesia de Dios.

91.

Todos se ponen de pie. Si la Ordenación es celebrada en la iglesia propia de alguno de los Ordenados,

el Obispo ordenante principal lo invita para que se siente en la cátedra, y el Obispo ordenante principal se

sienta a la derecha del Ordenado. Los demás Obispos ordenados fuera de su propia iglesia son invitados

por el Obispo ordenante principal a ocupar los primeros lugares entre los Obispos concelebrantes.

Si la Ordenación no se hace en la cátedra, el Obispo ordenante principal conduce al Ordenado en su

propia iglesia a la cátedra y a los demás a los lugares preparados para ellos.

92.

Allí, los Ordenados, dejando el báculo pastoral, reciben el saludo del Obispo ordenante principal y de

los demás Obispos.

93.

Después de la entrega del báculo y hasta el fin del rito se puede cantar el Salmo 95 con la Antífona

"Vayan por el mundo, aleluia; enseñen a todos los pueblos" u otro canto similar.

 

94.

La Misa continúa del modo acostumbrado. El Símbolo se dice según corresponda. La Oración

Universal se omite.

Liturgia Eucarística

95.

En la Plegaria Eucarística se hace mención de los Obispos ordenados según las fórmulas siguientes:

a) En la Plegaria Eucarística I, se dice "Acepta Señor en tu bondad" propio:

Acepta, Señor, en tu bondad,

esta ofrenda de tus servidores,

y de toda tu familia santa;

te la ofrecemos también por tus hijos N.

(por mí, indigno siervo tuyo),

que han sido (he sido) llamado(s) al orden de los Obispos;

conserva en ellos (en mí) tus dones

para que fructifique lo que hemos recibido (he recibido) de tu bondad;

[Por Cristo, nuestro Señor. Amén].

b) En las intercesiones de la Plegaria Eucarística II, después de la palabra "a cuantos participamos del

Cuerpo y Sangre de Cristo", se dice:

Acuérdate, Señor,

de tu Iglesia extendida por toda la tierra;

y con el Papa N., con nuestro Obispo N., (y tus servidores N.)

a quienes has constituido hoy pastores de la Iglesia (de N.),

y con todos los que cuidan de tu pueblo,

llévala a su perfección por la caridad.

c) En las intercesiones de la Plegaria Eucarística III, después de las palabras "traiga la paz y la

salvación al mundo entero", se dice:

Confirma en la fe y en la caridad

a tu Iglesia, peregrina en la tierra:

a tu servidor, el Papa N.,

a nuestro Obispo N. (y a tus servidores N.),

que han sido ordenado hoy pastores de la Iglesia (de N.),

al orden episcopal, a los presbíteros y diáconos,

y a todo el pueblo redimido por ti.

d) En las intercesiones de la Plegaria Eucarística IV, después de las palabras "para alabanza de tu

gloria", se dice: Y ahora, Señor, acuérdate de todos aquellos por quienes te ofrecemos este sacrificio: de

tu servidor el Papa N., de nuestro Obispo N., (y de estos servidores tuyos N.), que te has dignado elegir

hoy para el servicio de tu pueblo, del orden episcopal y de los presbíteros y diáconos, de los oferentes y

de los aquí reunidos, de todo tu pueblo santo y de aquellos que te buscan con sincero corazón.

96.

Los familiares y amigos cercanos de los Ordenados pueden recibir la comunión bajo las dos especies.

Rito de Conclusión

97.

Terminada la oración después de la comunión, se canta el Te Deum o bien otro himno similar, de

acuerdo con la costumbre del lugar. Mientras tanto, los Ordenados con mitra y báculo pastoral, son

conducidos por los Obispos ordenantes por la iglesia, mientras bendicen a todos.

98.

Terminado el himno, los Ordenados se paran delante del altar con mitra y báculo. Antes de la

bendición, uno de ellos, principalmente si alguno ha sido ordenado en su propia iglesia, desde la cátedra

puede dirigirse al pueblo con breves palabras.

99.

Luego, el Obispo que presidió la Liturgia eucarística imparte la bendición. En lugar de la bendición

habitual puede darse la bendición solemne que sigue. El diácono puede hacer la siguiente invitación:

Nos inclinamos para la bendición.

o con otras palabras similares.

a) Si el celebrante principal es uno de los Ordenados, hace antes la triple súplica, con las manos

extendidas:

Señor Dios: tú cuidas de tu pueblo

y lo gobiernas con amor.

Concede el Espíritu de sabiduría a sus pastores

para que la santidad del rebaño

sea gozo eterno de los pastores.

Todos responden:

Amén.

El Ordenado continúa:

Señor: tú estableces la duración de nuestra vida

y por tu poder admirable

gobiernas los acontecimientos de la historia.

Mira con bondad nuestro humilde ministerio

y concede a nuestros días la abundancia de tu paz.

Todos responden:

Amén.

El Ordenado continúa:

Señor, concede los dones de tu gracia

a quienes elevaste al orden episcopal

para que te agraden en su ministerio.

Dirige el corazón del pueblo y del pastor

para que al pastor no le falte la obediencia del rebaño,

ni a la grey le falten nunca los cuidados del pastor.

Todos responden:

Amén.

Y el Ordenado pronuncia la bendic ión:

Y la bendición de Dios todopoderoso

Padre, Hijo, y Espíritu Santo

descienda sobre ustedes y permanezca para siempre.

Todos responden:

Amén.

b) Si el Obispo ordenante principal imparte la bendición, con las manos extendidas sobre los

Ordenados y el pueblo, dice:

El Señor los bendiga y los proteja.

Ya que los constituyó pontífices de su pueblo,

los haga feliz en esta vida

y les permita compartir la felicidad eterna.

Todos responden:

Amén.

El Obispo ordenante principal:

Que el Señor les conceda por muchos años

gobernar felizmente,

con su providencia y con el esfuerzo de ustedes,

al clero y al pueblo que ha querido reunir en torno suyo.

Todos responden:

Amén.

El Obispo ordenante principal:

Que el pueblo, obedeciendo los preceptos divinos,

superando toda adversidad,

recibiendo toda clase de bienes

y respetando fielmente su ministerio episcopal,

goce de la tranquilidad de la paz en este mundo

y merezca junto con ustedes

gozar de la compañía eterna de los santos.

Todos responden:

Amén.

Y el Obispo ordenante principal pronuncia la bendic ión:

Y la bendición de Dios todopoderoso

Padre, Hijo, y Espíritu Santo

descienda sobre ustedes y permanezca para siempre.

Todos responden:

Amén.

100.

Dada la bendición, y despedido el pueblo por el diácono, se hace la procesión a la sacristía del modo

acostumbrado.

Capítulo II. Ordenación de Presbíteros

Observaciones Previas

I. Importancia de la Ordenación

101.

Por la Ordenación sagrada se confiere a los presbíteros aquel sacramento que "mediante al unción del

Espíritu Santo marca a los sacerdotes con un carácter especial. Así están identificados con Cristo

Sacerdote, de tal manera que puedan actuar como representantes de Cristo Cabeza"19.

En consecuencia, los presbíteros tienen parte en el sacerdocio y en la misión del Obispo. Como

sinceros cooperadores del Orden episcopal, llamados a servir al pueblo de Dios, forman, junto con su

Obispo, un único presbiterio dedicado a diversas funciones20.

102.

Participando en el grado propio de su ministerio, del oficio del único Mediador, Cristo (1 Tim 2,5),

anuncian a todos la palabra divina. Pero su oficio sagrado lo ejercen, sobre todo, en la asamblea

eucarística. Desempeñan con sumo interés el ministerio de la reconciliación y del alivio en favor de los

fieles penitentes o enfermos, y presentan a Dios Padre las necesidades y súplicas de los fieles (cf. Heb

5,1-4). Ejerciendo en la medida de su autoridad, el oficio de Cristo, Pastor y Cabeza, reúnen la familia de

Dios como una fraternidad, animada con espíritu de unidad, y la conducen a Dios Padre por Cristo en el

Espíritu. En medio de la grey la adoran en Espíritu y en verdad (cf. Jn 4,24). Se afanan, finalmente, en la

palabra y en la enseñanza (cf. 1 Tim 5,17), creyendo aquello que leen cuando meditan la ley del Señor,

enseñando aquello que creen, imitando lo que enseñan21.

II. Oficios y Ministerios

103.

Es propio de todos los fieles de la diócesis acompañar con sus oraciones a los candidatos al

presbiterado. Háganlo principalmente en la Oración Universal de la Misa y en las preces de Vísperas.

104.

Puesto que el presbítero es constituido en favor de toda la Iglesia particular, deben ser invitados a la

Ordenación de presbíteros los clérigos y otros fieles, de manera que asistan a la celebración en el mayor

número posible. Principalmente han de ser invitados todos los presbíteros de la diócesis a la Ordenación.

105.

El Obispo es el ministro de la sagrada Ordenación22. Conviene que sea el Obispo de la diócesis quien

confiera la Ordenación de presbíteros a los diáconos. Pero los presbíteros presentes en la Ordenación,

imponen las manos a los candidatos juntamente con el Obispo "a causa del espíritu común y semejante del

clero"23.

106.

Uno de los colaboradores del Obispo que han sido delegados para la formación de los candidatos, en

la Ordenación pide en nombre de la Iglesia la colación del Orden y responde a la pregunta sobre la

dignidad de los candidatos. Algunos de los presbíteros ayudan a los Ordenados a revestirse de los

ornamentos presbiterales. Los presbíteros presentes, en cuanto sea posible saludan a los hermanos recién

ordenados como señal de acogida en el presbiterio y concelebran la Liturgia eucarística juntamente con el

Obispo y los Ordenados.

III. La Celebración

107.

Conviene que la Iglesia particular, a cuyo servicio se ordenan los presbíteros, se prepare para la

Ordenación.

Los candidatos mismos deben prepararse con la oración en retiro practicando ejercicios espirituales al

menos durante cinco días.

108.

Realicése la Ordenación en la iglesia catedral o en las iglesias de aquellas comunidades de las que son

oriundos algunos de los candidatos, o en otra iglesia de gran importancia.

Si se van a ordenar presbíteros de alguna comunidad religiosa, puede hacerse la Ordenación en la

iglesia de la comunidad en la que van a ejercer su ministerio.

109.

Celébrese la Ordenación con la asistencia del mayor número posible de fieles en domingo o día

festivo, a no ser que razones pastorales aconsejen otro día. Pero se excluyen el Triduo Pascual, el

Miércoles de Ceniza, toda la Semana Santa y la Conmemoración de todos los fieles difuntos.

110.

La Ordenación tiene lugar dentro de la Misa, una vez terminada la Liturgia de la Palabra y antes de la

Liturgia de la Eucaristía.

Puede emplearse la Misa ritual para las sagradas Ordenes excepto en las Solemnidades, los Domingos

de Adviento, Cuaresma, Pascua y los días de la octava de Pascua. En estos casos se dice la Misa del día

con sus lecturas.

Pero en otros días, si no se dice la Misa ritual se puede tomar una de las lecturas de las que se

proponen en el Leccionario con este fin.

La Oración Universal se omite, porque las letanías ocupan su lugar.

111.

Proclamando el Evangelio, la Iglesia particular pide al Obispo que ordene a los candidatos. El

presbítero encargado informa al Obispo que le pregunta, ante el pueblo, de que no existen dudas acerca de

los candidatos. Los candidatos, en presencia del Obispo y de todos los fieles, manifiestan la voluntad de

cumplir su ministerio, según los deseos de Cristo y de la Iglesia bajo la autoridad del Obispo. En las

letanías todos imploran la gracia de Dios en favor de los candidatos.

112.

Por la imposición de las manos del Obispo y la Plegaria de Ordenación, se les confiere a los

candidatos el don del Espíritu Santo para su función presbiteral. Estas son las palabras que pertenecen a la

naturaleza del sacramento y que por tanto se exigen para la validez del acto:

Te pedimos, Padre todopoderoso, que confieras a estos siervos tuyos la dignidad del presbiterado.

Renueva en sus corazones el espíritu de santidad, reciban de ti el segundo grado del ministerio sacerdotal

y sean, por su conducta, ejemplo de vida.

Juntamente con el Obispo, los presbíteros imponen las manos a los candidatos para significar su

recepción en el presbiterio.

113.

Inmediatamente después de la Plegaria de Ordenación se revisten los ordenados con la estola

presbiteral y con la casulla para que se manifieste visiblemente el ministerio que desde ahora van a ejercer

en la liturgia.

Este ministerio se explica más ampliamente por otros signos. Por la unción de las manos, se significa

la peculiar participación de los presbíteros en el sacerdocio de Cristo. Por la entrega del pan y del vino en

sus manos, se indica el deber de presidir la celebración Eucarística y de seguir a Cristo crucificado.

El Obispo con su saludo pone en cierto modo el sello a la acogida de sus nuevos colaboradores en su

ministerio. Los presbíteros saludan a los ordenados para el común ministerio en su Orden.

114.

Los Ordenados ejercen por primera vez su ministerio en la Liturgia eucarística concelebrándola con el

Obispo y con los demás miembros del presbiterio. Los presbíteros recién ordenados ocupan el primer

lugar.

IV. Lo que hay que preparar

115.

Además de lo necesario para la celebración de la Misa, deben prepararse:

- Ritual de Ordenación;

- casullas para cada uno de los ordenandos;

- gremial;

- santo crisma;

- lo necesario para limpiarse las manos el Obispo y los Ordenados.

116.

La Ordenación hágase normalmente junto a la cátedra, pero si fuere necesario para la participación de

los fieles, prepárese la sede para el Obispo delante del altar o en otro lugar más conveniente.

Las sedes para los ordenados deben prepararse de modo que los fieles puedan participar de la

celebración, incluso visualmente.

117.

El Obispo y los presbíteros concelebrantes visten los ornamentos sagrados que se les exigen a cada

uno para la celebración de la Misa.

Los Ordenandos se revisten con amito, alba, cíngulo y estola diaconal. Los presbíteros que imponen

las manos a los elegidos para el presbiterado si no concelebran, estén revestidos de estola sobre el alba o

sobre el traje talar con roquete.

Los ornamentos han de ser del color de la Misa que se celebra, o caso contrario de color blanco.

También pueden emplearse otros ornamentos festivos o más nobles.

Ordenación de varios Presbíteros

 

Ritos iniciales y Liturgia de la Palabra

118.

Estando todo dispuesto para la celebración, se ordena la procesión por la iglesia hacia el altar como de

costumbre. El diácono lleve el Evangeliario y, si hubiere otros diáconos, precedan a los ordenandos, a los

presbíteros concelebrantes y finalmente vaya el Obispo y -un poco más atrás- dos diáconos que lo asistan.

Al llegar al altar y, hecha la debida reverencia, todos vayan a sus lugares asignados.

Mientras tanto, se canta la Antífona de entrada con su salmo, u otro canto adecuado.

119.

Los Ritos iniciales y la Liturgia de la Palabra se hacen del modo acostumbrado hasta la proclamación

del Evangelio inclusive.

Ordenación

120.

Luego comienza la Ordenación presbiteral.

El Obispo ocupa la sede preparada para la Ordenación, y se coloca la mitra. Después se presentan los

candidatos.

Elección de los candidatos

121.

Los Ordenandos son llamados por el diácono del siguiente modo: Acérquense los que van a ser

ordenados presbíteros.

Y llama a cada uno por su nombre, y cada uno de ellos responde: Aquí estoy.

Y se acerca al Obispo, a quien hace una reverencia.

122.

A medida que son llamados se colocan ante el Obispo. El presbítero designado por el Obispo dice:

Reverendísimo Padre, la santa Madre Iglesia pide que ordenes presbíteros a estos hermanos nuestros.

El Obispo le pregunta:

¿Sabes si son dignos?

El presbítero responde:

Teniendo en cuenta la consulta hecha al pueblo cristiano,

y con el voto favorable de las personas

a quienes compete darlo,

doy fe de que son dignos.

El Obispo dice:

Con la ayuda de Dios

y de nuestro Salvador Jesucristo,

elegimos a estos hermanos nuestros

para el Orden presbiteral.

Todos responden:

Demos gracias a Dios.

También puede cantarse la siguiente Antífona:

"Te doy gracias, Señor, por tu amor.

No abandones la obra de tus manos.

Aleluia, aleluia".

Homilía

123.

Después todos se sientan. El Obispo hace la homilía en la cual, tomando como punto de partida el

texto de las lecturas proclamadas en la Liturgia de la Palabra, exhorta al pueblo y a los elegidos sobre el

ministerio presbiteral.

Sobre tal ministerio también puede hablar con palabras semejantes a las indicadas en el Apendice, p.

196, u otras palabras.

Promesa de los elegidos

124.

Concluida la homilía, sólo los elegidos se ponen de pie, y se colocan frente al Obispo, quien interroga

a todos juntos con estas palabras:

Queridos hijos:

Antes de entrar en el Orden del presbiterado,

manifiesten delante de la comunidad

su propósito de recibir este ministerio.

¿Quieren desempeñar siempre el ministerio sacerdotal

en el grado de presbíteros

como buenos colaboradores del Orden episcopal,

apacentando el rebaño del Señor,

guiados por el Espíritu Santo?

Todos los elegidos responden simultáneamente:

Sí, quiero.

El Obispo:

¿Quieren desempeñar digna y sabiamente

el ministerio de la palabra

en la predicación del Evangelio

y en la enseñanza de la fe católica?

Los elegidos:

Sí, quiero.

El Obispo:

¿Quieren celebrar con fidelidad y piadosamente

los misterios del Señor,

principalmente el sacrificio de la Eucaristía

y el sacramento de la reconciliación,

para alabanza de Dios

y santificación del pueblo cristiano,

según la tradición de la Iglesia?

Los elegidos:

Sí, quiero.

El Obispo:

¿Quieren invocar la misericordia divina con nosotros,

en favor del pueblo que les sea encomendado,

perseverando en el mandato de orar sin desfallecer?

Los elegidos:

Sí, quiero.

El Obispo:

¿Quieren unirse cada día más a Cristo, sumo Sacerdote,

que por nosotros se ofreció al Padre como victima santa,

y con El consagrarse para la salvación de los hombres?

Los elegidos:

Sí, quiero, con la ayuda de Dios.

125.

Luego, cada uno de los elegidos se acerca al Obispo y, arrodillado delante de él, pone sus manos entre

las del Obispo, quien pregunta a cada uno:

a) Si es el Ordinario:

¿Prometes respeto y obediencia a mí y a mis sucesores?

El elegido responde:

Sí, prometo.

b) Si el Obispo no es su Ordinario, dice:

¿Prometes respeto y obediencia a tu Obispo?

El elegido responde:

Sí, prometo.

c) Si el elegido es un religioso, el Obispo dice:

¿Prometes respeto y obediencia al Obispo diocesano y a tu legítimo Superior?

El elegido responde:

Sí, prometo.

El Obispo siempre concluye:

Que Dios complete y perfeccione la obra

que El mismo ha comenzado en ti.

Súplica Litánica

126.

Todos se ponen de pie. El Obispo, sin mitra y con las manos juntas, mirando hacia el pueblo,

pronuncia la siguiente invitación:

Queridos hermanos:

Pidamos a Dios todopoderoso

que derrame abundantemente su gracia

sobre estos hijos suyos

a quienes eligió para el ministerio de los presbíteros.

127.

Los elegidos se postran. Todos se arrodillan, salvo en los días domingos y en el tiempo pascual.

Según el caso, el diácono dice:

Nos arrodillamos.

Se comienzan a cantar las letanías.

Según las categorías que figuran como subtítulos y su respectivo lugar cronológico, pueden añadirse

algunos nombres de santos (por ej. del patrono del lugar, del titular de la iglesia, del fundador o del patrono

de los que van a ser ordenados). Para facilitar el oficio del cantor, se añaden en su respectivo lugar los

nombres de los santos latinoamericanos más importantes, los que pueden cantarse opcionalmente.

También pueden añadirse algunas súplicas por diversas necesidades más apropiadas a cada

circunstancia.

Kyrie, eleison Kyrie, eleison

Christe, eleison Christe, eleison

Kyrie, eleison Kyrie, eleison

O bien:

Señor, ten piedad Señor, ten piedad

Cristo, ten piedad Cristo, ten piedad

Señor, ten piedad Señor, ten piedad

[Invocación de los Santos]

Santa María, Madre de Dios ruega por nosotros

[Ángeles]

San Miguel, ruega por nosotros

Santos Angeles de Dios ruegen por nosotros

[Patriarcas y Profetas]

San Juan Bautista ruega por nosotros

San José ruega por nosotros

[Apóstoles y discípulos]

Santos Pedro y Pablo ruegen por nosotros

San Andrés ruega por nosotros

San Juan ruega por nosotros

Santa María Magdalena ruega por nosotros

[Mártires varones]

San Esteban ruega por nosotros

San Ignacio de Antioquía ruega por nosotros

San Lorenzo ruega por nosotros

(San Roque González) ruega por nosotros

(San Juan del Castillo) ruega por nosotros

(San Alonso Rodríguez) ruega por nosotros

(San Héctor Valdivielso) ruega por nosotros

[Mártires mujeres]

Santas Perpetua y Felicidad ruegen por nosotros

Santa Inés ruega por nosotros

[Obispos y Doctores]

San Gregorio ruega por nosotros

San Agustín ruega por nosotros

San Atanasio ruega por nosotros

San Basilio ruega por nosotros

San Martín de Tours ruega por nosotros

(Santo Toribio de Mogrovejo) ruega por nosotros

[Sacerdotes y religiosos]

San Benito ruega por nosotros

Santos Francisco y Domingo ruegen por nosotros

San Francisco Javier ruega por nosotros

(San Francisco Solano) ruega por nosotros

(San Martín de Porres) ruega por nosotros

San Juan María Vianney ruega por nosotros

[Religiosas]

Santa Catalina de Siena ruega por nosotros

Santa Teresa de Jesús ruega por nosotros

Santa Teresa del Niño Jesús ruega por nosotros

(Santa Rosa de Lima) ruega por nosotros

(Santa Teresa de los Andes) ruega por nosotros

[Laicos]

(Beata Laura Vicuña) ruega por nosotros

Todos los santos y santas de Dios ruegen por nosotros

[Invocaciones a Cristo]

Por tu bondad líbranos, Señor

De todo mal líbranos, Señor

De todo pecado líbranos, Señor

De la muerte eterna líbranos, Señor

Por el misterio de tu encarnación líbranos, Señor

Por tu muerte y resurrección líbranos, Señor

Por la venida del Espíritu Santo líbranos, Señor

[Súplica por diversas necesidades]

Nosotros, que somos pecadores te rogamos,

óyenos

Para que gobiernes y conserves a tu Santa Iglesia te rogamos,

óyenos

Para que conserves en tu santo servicio al Papa y a todos los miembros del clero te rogamos,

óyenos

Para que bendigas a estos elegidos tuyos te rogamos,

óyenos

Para que los bendigas y santifiques te rogamos,

óyenos

Para que los bendigas, santifiques y consagres te rogamos,

óyenos

Para que concedas la paz y la concordia a todos los pueblos te rogamos,

óyenos

Para que tengas misericordia de todos los que sufren te rogamos,

óyenos

Para que nos fortalezcas y conserves en tu santo servicio te rogamos,

óyenos

Jesús, Hijo del Dios vivo te rogamos,

óyenos

Cristo, óyenos Cristo, óyenos

Cristo, escúchanos Cristo, escúchanos

128.

Terminadas las letanías, el Obispo, de pie y con las manos extendidas, dice:

Escúchanos, Señor, Dios nuestro:

Derrama sobre estos hijos tuyos

la bendición del Espíritu Santo

y la fuerza de la gracia sacerdotal.

para que la abundancia de tus dones

acompañe siempre

a los que ahora te presentamos para ser consagrados.

Por Jesucristo nuestro Señor.

Todos:

Amén.

Si es el caso, el diácono dice:

Nos ponemos de pie.

Y todos se levantan.

Imposición de las Manos y Plegaria de Ordenación

129.

Los elegidos se ponen de pie. Cada uno se acerca al Obispo quien está de pie con mitra delante de la

sede, y se arrodilla delante de él.

130.

El Obispo impone las manos sobre la cabeza de cada elegido sin decir nada.

Después de imponer de manos, todos los presbíteros presentes, con estola, imponen las manos a cada

elegido en silencio.

Después de imponer de manos, los presbíteros permanecen cerca del Obispo hasta terminar la

Plegaria de Ordenación, permitiendo que los fieles puedan ver la celebración.

131.

Los elegidos se arrodillan ante el Obispo, quien sin mitra y con las manos extendidas, dice la Plegaria

de Ordenación:

Señor, Padre Santo, Dios todopoderoso y eterno,

autor de la dignidad humana

y dispensador de toda gracia,

manifiesta tu presencia en medio nuestro.

Tú concedes al mundo su consistencia y progreso,

y para formar un pueblo sacerdotal

por la fuerza del Espíritu Santo,

estableciste ministros de Jesucristo, tu Hijo,

en diversos órdenes.

Ya en la primera Alianza

fueron instituidos diferentes oficios

como signos proféticos,

cuando constituiste a Moisés y Aarón

para gobernar y santificar a tu pueblo

dándoles colaboradores que los secundaran en su tarea.

De ese modo, durante la peregrinación por el desierto

comunicaste el espíritu de Moisés a setenta varones prudentes

con cuya ayuda pudo gobernar a tu pueblo con mayor facilidad.

Así, también, otorgaste a los descendientes de Aarón

la plenitud sacerdotal de su padre,

para que un número suficiente de sacerdotes según la Ley antigua

celebrara el culto divino,

imagen del sacrificio de Cristo.

Al llegar la plenitud de los tiempos

enviaste al mundo, Padre Santo, a tu Hijo Jesucristo,

Apóstol y Sumo Sacerdote de la fe que profesamos.

El, movido por el Espíritu Santo,

se ofreció a sí mismo como víctima sin mancha

e hizo partícipes de su misión a los Apóstoles

santificándolos en la verdad,

y dándoles cooperadores

para que anunciaran y realizaran en todo el mundo

la obra de la salvación.

Ahora te pedimos, Señor,

que nos concedas a nosotros, frágiles servidores tuyos,

estos colaboradores que necesitamos

para ejercer el sacerdocio apostólico.

Te pedimos, Padre todopoderoso,

Que confieras a estos siervos tuyos

La dignidad del presbiterado.

Renueva en sus corazones

El espíritu de santidad,

Reciban de ti el segundo grado

Del ministerio sacerdotal

Y sean, con su conducta, ejemplo de vida.

Que sean fieles colaboradores de nuestro orden episcopal,

de modo que por su predicación

y con la gracia del Espíritu Santo,

la palabra del Evangelio fructifique en el corazón de los hombres

y llegue hasta los confines de la tierra.

Que junto con nosotros

sean fieles dispensadores de tus misterios,

a fin de que tu pueblo se renueve por el agua bautismal,

se alimente con el pan de tu altar,

los pecadores se reconcilien contigo

y sean reconfortados los enfermos.

Que ellos, en comunión con nosotros,

imploren tu misericordia por el pueblo que se les confía

y en favor del mundo entero.

Así, todas las naciones, congregadas en Cristo,

se convertirán en un sólo pueblo

que alcanzará su plenitud en tu Reino

por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,

que vive y reina contigo

en la unidad del Espíritu Santo y es Dios

por los siglos de los siglos.

Todos responden:

Amén.

Unción de las Manos y entrega del Pan y Vino

132.

Terminada la Plegaria de Ordenación, todos se sientan. El Obispo se pone la mitra. Los Ordenados se

ponen de pie. Los presbíteros presentes vuelven a su lugar. Algunos presbíteros acomodan la estola de

cada Ordenado según el modo presbiteral y le colocan la casulla.

133.

El Obispo recibe el gremial y unge con el santo Crisma las palmas de las manos de cada Ordenado,

que estará arrodillado delante de él, diciendo:

Jesucristo, el Señor,

a quien el Padre ungió con la fuerza del Espíritu Santo,

te proteja para santificar al pueblo cristiano

y para ofrecer a Dios el sacrificio.

Luego el Obispo y los Ordenados se limpian las manos.

134.

Mientras los Ordenados visten la estola y la casulla y el Obispo les unge las manos, se canta la

Antífona "Cristo, el Señor, Sacerdote eterno según el orden de Melquisedec, ofreció pan y vino (T.P.

Aleluya)", con el Salmo 109 (110), u otro canto apropiado de idénticas características que responda a la

antífona, sobre todo cuando el Salmo 109 (110) se hubiere utilizado como salmo responsorial en la

Liturgia de la Palabra.

135.

Mientras tanto, los fieles presentan el pan sobre la patena y el cáliz con vino y agua para la celebración

de la Misa. El diácono los recibe y presenta al Obispo, quien los entrega a cada Ordenado que lo recibirá

de rodillas, diciéndole a cada uno:

Recibe la ofrenda del pueblo santo

para presentarla a Dios.

Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras,

y conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor.

136.

Finalmente, el Obispo da a cada uno de los Ordenados el saludo, diciendo:

La paz esté contigo.

El Ordenado responde:

Y con tu espíritu.

De igual modo hacen todos o al menos algunos de los presbíteros presentes.

137.

Mientras tanto puede cantarse el Responsorio "Ya no los llamo siervos, sino amigos" o la Antífona

"Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando, dice el Señor (T.P. Aleluya)" con el Salmo 99

(100), u otro canto apropiado de idénticas características que se conforme con el responsorio o con la

antífona, sobre todo cuando el Salmo 99 (100) se hubiere utilizado como salmo responsorial en la Liturgia

de la Palabra.

138.

La Misa continúa del modo acostumbrado. El Símbolo se dice según corresponda. La Oración

Universal se omite.

Liturgia Eucarística

139.

La Liturgia eucarística se concelebra del modo acostumbrado, omitiendo la preparación del cáliz.

140.

En la Plegaria Eucarística, el Obispo o uno de los presbíteros concelebrantes hace mención de los

presbíteros recién ordenados según las siguientes fórmulas:

a) En la Plegaria Eucarística I, se dice el "Acepta, Señor, en tu bondad" propio:

Acepta, Señor, en tu bondad,

esta ofrenda de tus servidores,

y de toda tu familia santa;

te la ofrecemos también por tus hijos

que han sido llamados al orden de los presbíteros;

conserva en ellos tus dones

para que fructifique lo que han recibido de tu bondad;

[Por Cristo, nuestro Señor. Amén]

b) En la Plegaria Eucarística II, después de las palabras "congregue en la unidad a cuantos

participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo", se dice:

Acuérdate, Señor

de tu Iglesia extendida por toda la tierra,

y con el Papa N., con nuestro Obispo N.

llévala a su perfección por la caridad.

Acuérdate también de estos hijos tuyos

que has constituido hoy presbíteros de la Iglesia,

y de todos los pastores que cuidan de tu pueblo.

c) En la Plegaria Eucarística III, después de las palabras "traiga la paz y la salvación al mundo entero",

se dice:

Confirma en la fe y en la caridad

a tu Iglesia, peregrina en la tierra,

a tu servidor, el Papa N.,

a nuestro Obispo N.,

al orden episcopal,

a estos hijos tuyos que han sido ordenados hoy

sacerdotes de la Iglesia,

a los presbíteros y diáconos,

y a todo el pueblo redimido por ti.

d) En la Plegaria Eucarística IV, después de las palabras "para alabanza de su gloria", se dice:

Y ahora, Señor,

acuérdate de todos aquellos por quienes te ofrecemos este sacrificio:

de tu servidor el Papa N.,

de nuestro Obispo N.,

del orden episcopal,

de estos hijos tuyos que te has dignado elegir hoy

para el ministerio presbiteral en favor de tu pueblo,

de los presbíteros y diáconos,

de los oferentes y de todos los aquí reunidos.

141.

Los familiares y amigos cercanos de los Ordenados pueden recibir la comunión bajo las dos especies.

142.

Terminada la distribución de la Comunión, puede cantarse un canto de acción de gracias. Al canto

sigue la oración para después de la Comunión.

Rito de Conclusión

143.

En lugar de la bendición habitual puede darse la bendición solemne que sigue. El diácono puede hacer

la siguiente invitación:

Nos inclinamos para la bendición.

o con otras palabras similares.

Seguidamente, el Obispo, con las manos extendidas sobre los Ordenados y el pueblo, pronuncia la

bendición:

Dios Padre, que dirige y gobierna la Iglesia,

mantenga sus propósitos

y fortalezca sus corazones

para que cumplan fielmente el ministerio presbiteral.

Todos:

Amén.

El Obispo:

El Señor los haga servidores y testigos en el mundo

de la verdad y del amor divino,

y ministros fieles de la reconciliación.

Todos:

Amén.

El Obispo:

Que Dios los haga pastores verdaderos

que distribuyan la Palabra de la vida y el Pan vivo,

para que los fieles crezcan en la unidad

del cuerpo de Cristo.

Todos:

Amén.

El Obispo:

Y la bendición de Dios todopoderoso

Padre, Hijo, y Espíritu Santo

descienda sobre ustedes y permanezca para siempre.

Todos responden:

Amén.

144.

Dada la bendición, y despedido el pueblo por el diácono, se hace la procesión a la sacristía del modo

acostumbrado.

Ordenación de un solo Presbítero

145.

Lo anteriormente expuesto en las Observaciones previas, nn. 107-117, vale también para la

Ordenación de un solo presbítero.

Ritos iniciales y Liturgia de la Palabra

146.

Estando todo dispuesto para la celebración, se ordena la procesión por la iglesia hacia el altar como de

costumbre. El diácono lleve el Evangeliario y, si hubiere otros diáconos, precedan al ordenando, a los

presbíteros concelebrantes y finalmente vaya el Obispo y -un poco más atrás- dos diáconos que lo asistan.

Al llegar al altar y, hecha la debida reverencia, todos vayan a sus lugares asignados.

Mientras tanto, se canta la Antífona de entrada con su salmo, u otro canto adecuado.

147.

Los Ritos iniciales y la Liturgia de la Palabra se hacen del modo acostumbrado hasta la proclamación

del Evangelio inclusive.

Ordenación

148.

Luego comienza la Ordenación presbiteral.

El Obispo ocupa la sede preparada para la Ordenación, y se coloca la mitra. Después se presentan el

candidato.

Elección del candidato

149.

El Ordenando es llamado por el diácono del siguiente modo: Acérquese el que va a ser ordenado

presbítero.

Y lo llama por su nombre. El Ordenando responde: Aquí estoy.

Y se acerca al Obispo, a quien hace una reverencia.

150.

El Ordenando se coloca ante el Obispo. El presbítero designado por el Obispo dice:

Reverendísimo Padre,

la santa Madre Iglesia pide que ordenes presbítero

a este hermano nuestro.

El Obispo le pregunta:

¿Sabes si es digno?

El presbítero responde:

Teniendo en cuenta la consulta hecha al pueblo cristiano,

y con el voto favorable de las personas

a quienes compete darlo,

doy fe de que es digno.

El Obispo dice:

Con la ayuda de Dios

y de nuestro Salvador Jesucristo,

elegimos a este hermano nuestro

para el Orden presbiteral.

Todos responden:

Demos gracias a Dios.

También puede cantarse la siguiente Antífona:

"Te doy gracias, Señor, por tu amor.

No abandones la obra de tus manos.

Aleluia, aleluia".

Homilía

151.

 

Después todos se sientan. El Obispo hace la homilía en la cual, tomando como punto de partida el

texto de las lecturas proclamadas en la Liturgia de la Palabra, exhorta al pueblo y al elegido sobre el

ministerio presbiteral.

Sobre tal ministerio también puede hablar con palabras semejantes a las indicadas en el Apendice, p.

197, u otras palabras.

Promesa de los elegidos

152.

Concluida la homilía, sólo el elegido se pone de pie, y se coloca frente al Obispo quien lo interroga con

estas palabras:

Querido hijo:

Antes de entrar en el Orden del presbiterado,

manifiesta delante de la comunidad

tu propósito de recibir este ministerio.

¿Quieres desempeñar siempre el ministerio sacerdotal

en el grado de presbítero como buen colaborador del Orden episcopal,

apacentando el rebaño del Señor,

guiado por el Espíritu Santo?

El elegido responde:

Sí, quiero.

El Obispo:

¿Quieres desempeñar digna y sabiamente

el ministerio de la palabra

en la predicación del Evangelio

y en la enseñanza de la fe católica?

El elegido:

Sí, quiero.

El Obispo:

¿Quieres celebrar con fidelidad y piadosamente

los misterios del Señor,

principalmente el sacrificio de la Eucaristía

y el sacramento de la reconciliación,

para alabanza de Dios

y santificación del pueblo cristiano,

según la tradición de la Iglesia?

El elegido:

Sí, quiero.

El Obispo:

¿Quieres invocar la miseric ordia divina con nosotros,

en favor del pueblo que te sea encomendado,

perseverando en el mandato de orar sin desfallecer?

El elegido:

Sí, quiero.

El Obispo:

¿Quieres unirte cada día más a Cristo, sumo Sacerdote,

que por nosotros se ofreció al Padre como victima santa,

y con El consagrarte para la salvación de los hombres?

El elegido:

Sí, quiero, con la ayuda de Dios.

153.

Luego, el elegido se acerca al Obispo y, arrodillado delante de él, pone sus manos entre las del Obispo,

quien le pregunta:

 

a) Si es el Ordinario:

¿Prometes respeto y obediencia a mí y a mis sucesores?

El elegido responde:

Sí, prometo.

b) Si el Obispo no es su Ordinario, dice:

¿Prometes respeto y obediencia a tu Obispo?

El elegido responde:

Sí, prometo.

c) Si el elegido es un religioso, el Obispo dice:

¿Prometes respeto y obediencia

al Obispo diocesano y a tu legítimo Superior?

El elegido responde:

Sí, prometo.

El Obispo siempre concluye:

Que Dios complete y perfeccione la obra

que El mismo ha comenzado en ti.

Súplica Litánica

154.

Todos se ponen de pie. El Obispo, sin mitra y con las manos juntas, mirando hacia el pueblo,

pronuncia la siguiente invitación:

Queridos hermanos:

Pidamos a Dios todopoderoso

que derrame abundantemente su gracia

sobre este hijo suyo

a quien eligió para el ministerio de los presbíteros.

155.

El elegido se postra. Todos se arrodillan, salvo en los días domingos y en el tiempo pascual. Según el

caso, el diácono dice: Nos arrodillamos.

Entonces se comienzan a cantar las letanías.

Según las categorías que figuran como subtítulos y su respectivo lugar cronológico, pueden añadirse

algunos nombres de santos (por ej. del patrono del lugar, del titular de la iglesia, del fundador o del patrono

del que va a ser ordenado). Para facilitar el oficio del cantor, se añaden en su respectivo lugar los nombres

de los santos latinoamericanos más importantes, los que pueden cantarse opcionalmente.

También pueden añadirse algunas súplicas por diversas necesidades más apropiadas a cada

circunstancia.

Los cantores comienzan las letanías según el texto del n.127 con las súplicas por el elegido en

singular.

156.

Terminadas las letanías, el Obispo, de pie y con las manos extendidas, dice:

Escúchanos, Señor, Dios nuestro:

Derrama sobre este hijo tuyo

la bendición del Espíritu Santo

y la fuerza de la gracia sacerdotal

para que la abundancia de tus dones

acompañe siempre

a quien ahora te presentamos para ser consagrados.

Por Jesucristo nuestro Señor.

Todos:

Amén.

Si es el caso, el diácono dice:

Nos ponemos de pie.

Y todos se levantan.

Imposición de las Manos y Plegaria de Ordenación

157.

El elegido se pone de pie, se acerca al Obispo quien está de pie con mitra delante de la sede, y se

arrodilla delante de él.

158.

El Obispo impone las manos sobre la cabeza del elegido sin decir nada.

Después de imponer de manos, todos los presbíteros presentes, con estola, imponen las manos al

elegido en silencio.

Después de imponer de manos, los presbíteros permanecen cerca del Obispo hasta terminar la

Plegaria de Ordenación, permitiendo que los fieles puedan ver la celebración.

159.

El elegido se arrodilla ante el Obispo, quien sin mitra y con las manos extendidas, dice la Plegaria de

Ordenación:

Señor, Padre Santo, Dios todopoderoso y eterno,

autor de la dignidad humana

y dispensador de toda gracia,

manifiesta tu presencia en medio nuestro.

Tú concedes al mundo su consistencia y progreso,

y para formar un pueblo sacerdotal

por la fuerza del Espíritu Santo,

estableciste ministros de Jesucristo, tu Hijo,

en diversos órdenes.

Ya en la primera Alianza

fueron instituidos diferentes oficios

como signos proféticos,

cuando constituiste a Moisés y Aarón

para gobernar y santificar a tu pueblo

dándoles colaboradores que los secundaran en su tarea.

De ese modo, durante la peregrinación por el desierto

comunicaste el espíritu de Moisés a setenta varones prudentes

con cuya ayuda pudo gobernar a tu pueblo con mayor facilidad.

Así, también, otorgaste a los descendientes de Aarón

la plenitud sacerdotal de su padre,

para que un número suficiente de sacerdotes según la Ley antigua

celebrara el culto divino,

imagen del sacrificio de Cristo.

Al llegar la plenitud de los tiempos

enviaste al mundo, Padre Santo, a tu Hijo Jesucristo,

Apóstol y Sumo Sacerdote de la fe que profesamos.

El, movido por el Espíritu Santo,

se ofreció a sí mismo como víctima sin mancha

e hizo partícipes de su misión a los Apóstoles

santificándolos en la verdad,

y dándoles cooperadores

para que anunciaran y realizaran en todo el mundo

la obra de la salvación.

Ahora te pedimos, Señor,

que nos concedas a nosotros, frágiles servidores tuyos,

estos colaboradores que necesitamos

para ejercer el sacerdocio apostólico.

Te pedimos, Padre todopoderoso,

que confieras a este siervo tuyo

la dignidad del presbiterado.

Renueva en su corazón

el espíritu de santidad,

reciba de ti el segundo grado

del ministerio sacerdotal

y sea, por su conducta, ejemplo de vida.

Que sea fiel colaborador de nuestro orden episcopal,

de modo que por medio de su predicación

y con la gracia del Espíritu Santo,

la palabra del Evangelio fructifique en el corazón de los hombres

y llegue hasta los confines de la tierra.

Que junto con nosotros

sea fiel dispensador de tus misterios,

a fin de que tu pueblo se renueve por el agua bautismal,

se alimente con el pan de tu altar,

los pecadores se reconcilien contigo

y sean reconfortados los enfermos.

Que, en comunión con nosotros,

implore tu misericordia por el pueblo que se le confía

y en favor del mundo entero.

Así, todas las naciones, congregadas en Cristo,

se convertirán en un sólo pueblo

que alcanzará su plenitud en tu Reino

por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,

que vive y reina contigo

en la unidad del Espíritu Santo y es Dios

por los siglos de los siglos.

Todos responden:

Amén.

Unción de las Manos y Entrega del Pan y Vino

160.

Terminada la Plegaria de Ordenación, todos se sientan. El Obispo se pone la mitra. El Ordenado se

pone de pie. Los presbíteros presentes vuelven a su lugar. Algunos presbíteros acomodan la estola del

Ordenado según el modo presbiteral y le colocan la casulla.

161.

El Obispo recibe el gremial y unge con el santo Crisma las palmas de las manos del Ordenado, que

estará arrodillado delante de él, diciendo: Jesucristo, el Señor, a quien el Padre ungió con la fuerza del

Espíritu Santo, te proteja para santificar al pueblo cristiano y para ofrecer a Dios el sacrificio.

Luego el Obispo y el Ordenado se limpian las manos.

162.

Mientras el Ordenado viste la estola y la casulla y el Obispo le unge las manos, se canta la Antífona

"Cristo, el Señor, Sacerdote eterno según el orden de Melquisedec, ofreció pan y vino (T.P. Aleluya)", con

el Salmo 109 (110), u otro canto apropiado de idénticas características que responda a la antífona, sobre

todo cuando el Salmo 109 (110) se hubiere utilizado como salmo responsorial en la Liturgia de la Palabra.

163.

Mientras tanto, los fieles presentan el pan sobre la patena y el caliz con vino y agua para la celebración

de la Misa. El diácono los recibe y presenta al Obispo, quien los entrega al Ordenado que lo recibirá de

rodillas, diciéndole a cada uno: Recibe la ofrenda del pueblo santo para presentarla a Dios.

Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la cruz del

Señor.

164.

Finalmente, el Obispo da al Ordenado el saludo, diciendo:

La paz esté contigo.

El Ordenado responde:

Y con tu espíritu.

De igual modo hacen todos o al menos algunos de los presbíteros presentes.

165.

Mientras tanto puede cantarse el Responsorio "Ya no los llamo siervos, sino amigos" o la Antífona

"Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando, dice el Señor (T.P. Aleluya)" con el Salmo 99

(100), u otro canto apropiado de idénticas características que se conforme con el responsorio o con la

antífona, sobre todo cuando el Salmo 99 (100) se hubiere utilizado como salmo responsorial en la Liturgia

de la Palabra.

166.

La Misa continúa del modo acostumbrado. El Símbolo se dice según corresponda. La Oración

Universal se omite.

Liturgia Eucarística

167.

La Liturgia eucarística se concelebra del modo acostumbrado, omitiendo la preparación del cáliz.

168.

En la Plegaria Eucarística, el Obispo o uno de los presbíteros concelebrantes hace mención de los

presbíteros recién ordenados según las fórmulas siguientes:

a) En la Plegaria Eucarística I, se dice el "Acepta, Señor, en tu bondad" propio:

Acepta, Señor, en tu bondad,

esta ofrenda de tus servidores,

y de toda tu familia santa;

te la ofrecemos también por tu hijo

que ha sido llamado al orden de los presbíteros;

conserva en él tus dones

para que fructifique lo que ha recibido de tu bondad;

[Por Cristo, nuestro Señor. Amén]

b) En la Plegaria Eucarística II, después de las palabras "congregue en la unidad a cuantos

participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo", se dice:

Acuérdate, Señor de tu Iglesia extendida por toda la tierra,

y con el Papa N., con nuestro Obispo N.

llévala a su perfección por la caridad.

Acuérdate también de este hijo tuyo

que has constituido hoy presbítero de la Iglesia,

y de todos los pastores que cuidan de tu pueblo.

c) En la Plegaria Eucarística III, después de las palabras "traiga la paz y la salvación al mundo entero",

se dice:

Confirma en la fe y en la caridad

a tu Iglesia, peregrina en la tierra,

a tu servidor, el Papa N.,

a nuestro Obispo N.,

al orden episcopal,

a este hijo tuyo que ha sido ordenado hoy

sacerdote de la Iglesia,

a los presbíteros y diáconos,

y a todo el pueblo redimido por ti.

d) En la Plegaria Eucarística IV, después de las palabras "para alabanza de su gloria", se dice:

Y ahora, Señor,

acuérdate de todos aquellos por quienes te ofrecemos este sacrificio:

de tu servidor el Papa N.,

de nuestro Obispo N.,

del orden episcopal,

de este hijo tuyo que te has dignado elegir hoy

para el ministerio presbiteral en favor de tu pueblo,

de los presbíteros y diáconos,

de los oferentes y de todos los aquí reunidos.

169.

Los familiares y amigos cercanos del Ordenado pueden recibir la comunión bajo las dos especies.

170.

Terminada la distribución de la Comunión, puede cantarse un canto de acción de gracias. Al canto

sigue la oración para después de la Comunión.

Rito de Conclusión

171.

En lugar de la bendición habitual puede darse la bendición solemne que sigue. El diácono puede hacer

la siguiente invitación:

Nos inclinamos para la bendición.

o con otras palabras similares.

Seguidamente, el Obispo, con las manos extendidas sobre el Ordenado y el pueblo, pronuncia la

bendición:

Dios Padre, que dirige y gobierna la Iglesia,

mantenga tus propósitos

y fortalezca tu corazón

para que cumpla fielmente el ministerio presbiteral.

Todos:

Amén.

El Obispo:

El Señor te haga servidor y testigo en el mundo

de la verdad y del amor divino,

y ministro fiel de la reconciliación.

Todos:

Amén.

El Obispo:

Que Dios te haga pastor verdadero

que distribuya la Palabra de la vida y el Pan vivo,

para que los fieles crezcan en la unidad del cuerpo de Cristo.

Todos:

Amén.

El Obispo:

Y la bendición de Dios todopoderoso

Padre, Hijo, y Espíritu Santo

descienda sobre ustedes y permanezca para siempre.

Todos responden:

Amén.

172.

Dada la bendición, y despedido el pueblo por el diácono, se hace la procesión a la sacristía del modo

acostumbrado.

Capítulo III. Ordenación de Diáconos

Observaciones Previas

I. Importancia de la Ordenación

173.

Los diáconos se ordenan mediante la imposición de las manos heredada de los Apóstoles, para

desempeñar eficazmente su ministerio por la gracia sacramental. Por eso, ya desde la primitiva época de

los Apóstoles, la Iglesia Católica ha tenido en gran honor el sagrado Orden del diaconado24.

174.

Es oficio propio del diácono, según le fuere asignado por la autoridad competente, administrar

solemnemente el Bautismo, reservar y distribuir la Eucaristía, asistir al Matrimonio y bendecirlo en nombre

de la Iglesia, llevar el Viático a los moribundos, leer la sagrada Escritura a los fieles, instruir y exhortar al

pueblo, presidir el culto y la oración de los fieles, administrar los sacramentales, presidir el rito de los

funerales y de la sepultura. Dedicados a los oficios de la caridad y de la administración, recuerden los

diáconos el aviso del bienaventurado Policarpo: "Misericordiosos, diligentes, actuando según la verdad del

Señor, que se hizo servidor de todos"25.

175.

Los que van a ser ordenados de diáconos deben ser antes admitidos por el Obispo como candidatos,

exceptuando los que están adscritos por los votos a un instituto clerical26.

176.

Mediante la Ordenación de diácono se obtiene la incorporación al estado clerical y la incardinación a

una diócesis o prelatura personal.

177.

Por la libre aceptación del celibato ante la Iglesia, los candidatos al diaconado se consagran a Cristo de

un modo nuevo. Están obligados a manifestarlo públicamente aun aquellos que hayan emitido el voto de

castidad perpetua en un instituto religioso.

178.

En la Ordenación se encomienda a los diáconos la función de la alabanza divina en la que la Iglesia

pide a Cristo, por él al Padre, la salvación de todo el mundo, y así han de recibir la Liturgia de las Horas

por todo el mundo, más aún, por todos los hombres.

II. Oficios y Ministerios

179.

Es propio de todos los fieles de la diócesis acompañar con sus oraciones a los candidatos al

diaconado. Háganlo principalmente en la Oración Universal de la Misa y en las preces de Vísperas.

Como los diáconos "se ordenan al servicio del Obispo"27, deben ser invitados a su Ordenación los

clérigos y otros fieles, de manera que asistan a la celebración en el mayor número posible. Principalmente

han de ser invitados todos los diáconos a la Ordenación.

180.

El Obispo es el ministro de la sagrada Ordenación. Uno de los colaboradores del Obispo, delegados

para la formación de los candidatos, en la Ordenación pide en nombre de la Iglesia la colación del Orden y

responde a la pregunta sobre la dignidad de los candidatos.

Los diáconos ayudan en la celebración vistiendo a los Ordenados los ornamentos diaconales. Si no

hay diáconos, otros ministros pueden realizar este cometido. Los diáconos, o al menos algunos de ellos,

saludan a los hermanos recién ordenados como señal de acogida en el diaconado.

III. La Celebración

181.

Conviene que la Iglesia particular, a cuyo servicio se ordena cada uno de los diáconos, se prepare a la

Ordenación.

Los candidatos mismos deben prepararse con la oración en silencio practicando ejercicios espirituales

al menos durante cinco días.

182.

Realicése la Ordenación en la iglesia catedral o en las Iglesias de cuyas comunidades son oriundos uno

o más de los candidatos, o en otra iglesia de gran importancia. Si se van a ordenar diáconos de alguna

comunidad religiosa, puede hacerse la Ordenación en la iglesia de la comunidad en la que van a ejercer su

ministerio.

183.

Como el diaconado es uno solo, conviene que tampoco en la Ordenación se haga distinción alguna por

razón del estado de los candidatos. Sin embargo puede admitirse una celebración especial para los

candidatos casados o para los no casados, si parece oportuno.

184.

Celébrese la Ordenación con la asistencia del mayor número posible de fieles en domingo o día

festivo, a no ser que razones pastorales aconsejen otro día. Pero se excluyen el Triduo pascual, el

Miércoles de Ceniza, toda la Semana Santa y la Conmemoración de todos los fieles difuntos.

185.

La Ordenación tiene lugar dentro de la Misa, una vez terminada la Liturgia de la Palabra y antes de la

Liturgia eucarística. Puede emplearse la Misa ritual "En la que se confieren las sagradas Ordenes" excepto

en las Solemnidades, los Domingos de Adviento, Cuaresma, Pascua, y los días de la octava de Pascua. En

estos casos se dice la Misa del día con sus lecturas.

Pero en otros días, si no se dice la Misa ritual se puede tomar una de las lecturas de las que se

proponen en el Leccionario con este fin.

La Oración Universal se omite, porque las letanías ocupan su lugar.

186.

Proclamado el Evangelio, la Iglesia particular pide al Obispo que ordene a los candidatos.

El presbítero encargado informa al Obispo que le pregunta, ante el pueblo, de que no existen dudas

acerca de los candidatos. Los candidatos, en presencia del Obispo y de todos los fieles, manifiestan la

voluntad de cumplir su ministerio, según los deseos de Cristo y de la Iglesia bajo la autoridad del Obispo.

En las letanías todos imploran la gracia de Dios en favor de los candidatos.

187.

Por la imposición de las manos del Obispo y la Plegaria de Ordenación, se les confiere a los

candidatos el don del Espíritu para su función diaconal. Estas son las palabras que pertenecen a la

naturaleza del sacramento y que por tanto se exigen para la validez del acto: Envía sobre ellos, Señor, el

Espíritu Santo, para que, fortalecidos con tu gracia de los siete dones, desempeñen con fidelidad el

ministerio.

188.

Inmediatamente después de la Plegaria de Ordenación se revisten los Ordenados con la estola diaconal

y con la dalmática para que se manifieste visiblemente el ministerio que desde ahora van a ejercer en la

liturgia.

Por la entrega del Evangeliario se indica la función diaconal de proclamar el Evangelio en las

celebraciones litúrgicas y también de predicar la fe de palabra y de obra.

El Obispo con su saludo pone en cierto modo el sello a la acogida de los diáconos en su ministerio.

Los diáconos saludan a los Ordenados para el común ministerio en su Orden.

189.

Los Ordenados ejercen por primera vez su ministerios en la Liturgia eucarística asistiendo al Obispo,

preparando el altar, distribuyendo la Comunión a los fieles y principalmente sirviendo el cáliz y

proclamando las moniciones.

IV. Lo que hay que preparar

190.

Además de lo necesario para la celebración de la Misa, deben prepararse:

- Ritual de Ordenación;

- estolas y dalmáticas para cada uno de los ordenandos.

191.

La Ordenación hágase normalmente junto a la cátedra, pero si fuera necesario para la participación de

los fieles, prepárase la sede para el Obispo delante del altar o en otro lugar más oportuno.

Las sedes para los ordenados deben prepararse de modo que los fieles puedan participar de la

celebración, incluso visualmente.

192.

El Obispo y los presbíteros concelebrantes visten los ornamentos sagrados que se les exigen a cada

uno para la celebración de la Misa.

Los ordenandos se revisten con amito, alba y cíngulo.

Los ornamentos han de ser del color de la Misa que se celebra, o caso contrario de color blanco.

También pueden emplearse otros ornamentos festivos o más nobles.

Ordenación de varios Diáconos

Ritos iniciales y Liturgia de la Palabra

193.

Estando todo dispuesto para la celebración, se ordena la procesión por la iglesia hacia el altar como de

costumbre. Los Ordenandos preceden al diácono que lleva el Evangeliario que se usará en la Misa y en la

Ordenación. Seguirán otros diáconos, si los hubiere, los presbíteros concelebrantes y finalmente vaya el

Obispo y -un poco más atrás- dos diáconos que lo asistan. Al llegar al altar y, hecha la debida reverencia,

todos vayan a sus lugares asignados.

Mientras tanto, se canta la Antífona de entrada con su salmo, u otro canto adecuado.

194.

Los Ritos iniciales y la Liturgia de la Palabra se hacen del modo acostumbrado hasta la proclamación

del Evangelio inclusive.

195.

Después de la proclamación del Evangelio, el diácono deposita reverentemente de nuevo sobre el altar

el Evangeliario, donde permanece hasta que sea entregado a los Ordenados.

Ordenación

196.

Luego comienza la Ordenación diaconal.

El Obispo ocupa la sede preparada para la Ordenación, y se coloca la mitra. Después se presentan los

candidatos.

Elección de los candidatos

 

197.

Los Ordenandos son llamados por el diácono del siguiente modo:

Acérquense los que van a ser ordenados diáconos.

Y llama a cada uno por su nombre, y cada uno de ellos responde:

Aquí estoy.

Y se acerca al Obispo, a quien hace una reverencia.

198.

A medida que son llamados se colocan ante el Obispo. El presbítero designado por el Obispo dice:

Reverendísimo Padre,

la santa Madre Iglesia pide que ordenes diáconos

a estos hermanos nuestros.

El Obispo le pregunta:

¿Sabes si son dignos?

El presbítero responde:

Teniendo en cuenta la consulta hecha al pueblo cristiano,

y con el voto favorable de las personas

a quienes compete darlo,

doy fe de que son dignos.

El Obispo dice:

Con la ayuda de Dios

y de nuestro Salvador Jesucristo,

elegimos a estos hermanos nuestros

para el Orden diaconal.

Todos responden:

Demos gracias a Dios.

También puede cantarse la siguiente Antífona:

"Te doy gracias, Señor, por tu amor.

No abandones la obra de tus manos.

Aleluia, aleluia".

Homilía

199.

Después el Obispo, mientras todos se sientan, hace la homilía en la cual, tomando como punto de

partida el texto de las lecturas proclamadas en la Liturgia de la Palabra, exhorta al pueblo y a los elegidos

sobre el ministerio diaconal, teniendo en cuenta la condición celibataria o matrimonial de los ordenandos.

Sobre tal ministerio también puede hablar con palabras semejantes a las indicadas en el Apendice, p.

198, u otras palabras.

Promesa de los elegidos

200.

Concluida la homilía, sólo los elegidos se ponen de pie y se colocan frente al Obispo, quien los

interroga a todos juntos con estas palabras:

Queridos hijos:

Antes de acercarse a recibir el Orden del diaconado

manifiesten delante de la comunidad

su propósito de recibir este ministerio:

¿Quieren consagrarse al servicio de la Iglesia

por la imposición de mis manos

y la gracia del Espíritu Santo?

Todos los elegidos responden simultáneamente:

Sí, quiero.

El Obispo:

¿Quieren desempeñar con humildad y amor

el ministerio diaconal,

colaborando con los Obispos y presbíteros

y sirviendo al pueblo cristiano?

Los elegidos:

Sí, quiero.

El Obispo:

¿Quieren vivir el misterio de la fe con alma limpia,

como enseña el Apóstol,

y proclamar esta fe con la palabra y las obras,

según el Evangelio y la tradición de la Iglesia?

Los elegidos:

Sí, quiero.

La siguiente pregunta ha de hacerse incluso a los religiosos profesos. Pero se omite si se ordenan

solamente elegidos casados.

El Obispo:

Ustedes, que están preparados para asumir el celibato:

¿Quieren observar durante toda su vida

el celibato por el Reino de los cielos

como signo de su consagración a Cristo,

y para servicio de Dios y de los hombres?

Los elegidos no casados:

Sí, quiero.

El Obispo:

¿Quieren conservar e incrementar

el espíritu de oración, propio de su modo de vida,

y celebrar fielmente y con ese espíritu

la Liturgia de las Horas según la condición de ustedes

junto con el pueblo de Dios,

por la Iglesia, más aún, por todo el mundo?

Los elegidos:

Sí, quiero.

El Obispo:

¿Quieren imitar siempre el ejemplo de Cristo,

cuyo Cuerpo y Sangre administrarán con sus manos?

Los elegidos:

Sí, quiero, con la ayuda de Dios.

201.

Luego, cada uno de los elegidos se acerca al Obispo y, arrodillado delante de él, pone sus manos entre

las del Obispo, quien pregunta a cada uno:

a) Si es el Ordinario:

¿Prometes respeto y obediencia a mí y a mis sucesores?

El elegido responde:

Sí, prometo.

b) Si el Obispo no es su Ordinario, dice:

¿Prometes respeto y obediencia a tu Obispo?

El elegido responde:

Sí, prometo.

c) Si el elegido es un religioso, el Obispo dice:

¿Prometes respeto y obediencia al Obispo diocesano y a tu legítimo Superior?

El elegido responde:

Sí, prometo.

El Obispo siempre concluye:

Que Dios complete y perfeccione la obra

que El mismo ha comenzado en ti.

Súplica Litánica

202.

Todos se ponen de pie. El Obispo, sin mitra y con las manos juntas, mirando hacia el pueblo,

pronuncia la siguiente invitación:

Queridos hermanos:

Pidamos a Dios todopoderoso

que derrame abundantemente su bendición

sobre estos hijos suyos a quienes eligió

para el sagrado Orden del diaconado.

203.

Los elegidos se postran. Todos se arrodillan, salvo en los días domingos y en el tiempo pascual.

Según el caso, el diácono dice:

Nos arrodillamos.

Se comienzan a cantar las letanías.

Según las categorías que figuran como subtítulos y su respectivo lugar cronológico, pueden añadirse

algunos nombres de santos (por ej. del patrono del lugar, del titular de la iglesia, del fundador o del patrono

de los que van a ser ordenados). Para facilitar el oficio del cantor, se añaden en su respectivo lugar los

nombres de los santos latinoamericanos más importantes, los que pueden cantarse opcionalmente.

También pueden añadirse algunas súplicas por diversas necesidades más apropiadas a cada

circunstancia.

Kyrie, eleison Kyrie, eleison

Christe, eleison Christe, eleison

Kyrie, eleison Kyrie, eleison

O bien:

Señor, ten piedad Señor, ten piedad

Cristo, ten piedad Cristo, ten piedad

Señor, ten piedad Señor, ten piedad

[Invocación de los santos]

Santa María, Madre de Dios ruega por nosotros

[Ángeles]

San Miguel, ruega por nosotros

Santos Angeles de Dios ruegen por nosotros

[Patriarcas y Profetas]

San Juan Bautista ruega por nosotros

San José ruega por nosotros

[Apóstoles y discípulos]

Santos Pedro y Pablo ruegen por nosotros

San Andrés ruega por nosotros

San Juan ruega por nosotros

Santa María Magdalena ruega por nosotros

[Mártires varones]

San Esteban ruega por nosotros

San Ignacio de Antioquía ruega por nosotros

San Lorenzo ruega por nosotros

San Vicente ruega por nosotros

(San Roque González) ruega por nosotros

(San Juan del Castillo) ruega por nosotros

(San Alonso Rodríguez) ruega por nosotros

(San Héctor Valdivielso) ruega por nosotros

[Mártires mujeres]

Santas Perpetua y Felicidad ruegen por nosotros

Santa Inés ruega por nosotros

[Obispos y Doctores]

San Gregorio ruega por nosotros

San Agustín ruega por nosotros

San Atanasio ruega por nosotros

San Basilio ruega por nosotros

San Efrén ruega por nosotros

San Martín de Tours ruega por nosotros

(Santo Toribio Mogrovejo) ruega por nosotros

[Sacerdotes y religiosos]

San Benito ruega por nosotros

Santos Francisco y Domingo ruegen por nosotros

San Francisco Javier ruega por nosotros

(San Francisco Solano) ruega por nosotros

(San Martín de Porres) ruega por nosotros

San Juan María Vianney ruega por nosotros

[Religiosas]

Santa Catalina de Siena ruega por nosotros

Santa Teresa de Jesus ruega por nosotros

Santa Teresa del Niño Jesús ruega por nosotros

(Santa Rosa de Lima) ruega por nosotros

(Santa Teresa de los Andes) ruega por nosotros

[Laicos]

(Beata Laura Vicuña) ruega por nosotros

Todos los santos y santas de Dios ruegen por nosotros

[Invocaciones a cristo]

Por tu bondad líbranos, Señor

De todo mal líbranos, Señor

De todo pecado líbranos, Señor

De la muerte eterna líbranos, Señor

Por el misterio de tu Encarnación líbranos, Señor

Por tu muerte y resurrección líbranos, Señor

Por la venida del Espíritu Santo líbranos, Señor

[Súplica por diversas necesidades]

Nosotros, que somos pecadores te rogamos,

óyenos

Para que gobiernes y conserves a tu Santa Iglesia te rogamos,

óyenos

Para que conserves en tu santo servicio al Papa y a todos los miembros del clero te rogamos,

óyenos

Para que bendigas a estos elegidos tuyos te rogamos,

óyenos

Para que los bendigas y santifiques te rogamos,

óyenos

Para que los bendigas, santifiques y consagres te rogamos,

óyenos

Para que concedas la paz y la concordia a todos los pueblos te rogamos,

óyenos

Para que tengas misericordia de todos los que sufren te rogamos,

óyenos

Para que nos fortalezcas y conserves en tu santo servicio te rogamos,

óyenos

Jesús, Hijo del Dios vivo te rogamos,

óyenos

Cristo, óyenos Cristo, óyenos

Cristo, escúchanos Cristo, escúchanos

204.

Terminadas las letanías, el Obispo, de pie y con las manos extendidas, dice:

Señor Dios, escucha nuestras súplicas

y confirma con tu gracia este ministerio que realizamos,

santifica con tu bendición

a quienes hemos juzgado apto para el servicio diaconal.

Por Jesucristo nuestro Señor.

Todos:

Amén.

Si es el caso, el diácono dice:

Nos ponemos de pie.

Y todos se levantan.

Imposición de las Manos y Plegaria de Ordenación

205.

Los elegidos se ponen de pie. Cada uno se acerca al Obispo quien está de pie con mitra delante de la

sede, y se arrodilla delante de él.

206.

El Obispo impone las manos sobre la cabeza de cada elegido sin decir nada.

207.

Los elegidos se arrodillan ante el Obispo, quien sin mitra y con las manos extendidas, dice la Plegaria

de Ordenación:

Dios Todopoderoso, que concedes toda gracia,

distribuyes las responsabilidades

y ordenas los ministerios,

manifiesta tu presencia en medio de nosotros.

Tú que eres inmutable en ti mismo,

todo lo renuevas y todo lo ordenas;

con tu providencia eterna todo lo dispones;

por tu palabra, tu sabiduría y tu fuerza,

que es Jesucristo, tu Hijo y Señor nuestro,

concedes en cada momento lo que conviene.

Tú haces crecer a la Iglesia, cuerpo de Cristo,

y, enriquecida con diversos dones,

hermosamente construida con diferentes miembros,

y unificada por el Espíritu Santo en su admirable estructura,

la edificas como templo de tu gloria.

Así estableciste, Señor, que hubiera tres órdenes

de ministros para tu servicio,

del mismo modo que antiguamente

habías elegido a los hijos de Leví

para que sirvieran en el tabernáculo de la primera Alianza.

De la misma manera, en los comienzos de la Iglesia,

los apóstoles de tu Hijo,

movidos por el Espíritu Santo,

eligieron siete hombres de buena fama

para que los ayudaran en el servicio cotidiano.

Mediante la oración e imposición de manos,

los dedicaron a la atención de los pobres,

para poder entregarse ellos, con mayor empeño,

a la oración y la predicación de la palabra.

Te suplicamos, Señor, que mires con bondad,

a éstos tus servidores

a quienes consagramos para el oficio del diaconado

al servicio del altar.

Envía sobre ellos, Señor,

el espíritu santo,

para que, fortalecidos con tu gracia

de los siete dones,

desempeñen con fidelidad el ministerio.

Que abunden en ellos las virtudes evangélicas:

el amor sincero, la solicitud por los enfermos y los pobres,

una autoridad discreta, una pureza intachable,

una vida según el Espíritu.

Que reflejando tus mandamientos en sus costumbres

el pueblo cristiano encuentre inspiración en el ejemplo de sus vidas,

y obrando con buena conciencia

perseveren con firmeza y constancia en Cristo

de manera que, imitando en la tierra a tu Hijo,

que no vino a ser servido sino a servir,

merezcan reinar con él en el cielo.

Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo,

que vive y reina contigo

en la unidad del Espíritu Santo y es Dios

por los siglos de los siglos.

Todos responden:

Amén.

Entrega del Evangeliario

208.

Terminada la Plegaria de Ordenación, todos se sientan. El Obispo se pone la mitra. Los Ordenados se

ponen de pie. Algunos diáconos u otros ministros imponen la estola a cada Ordenado según el modo

diaconal y le colocan la dalmática.

209.

Mientras tanto, puede cantarse la Antífona "Dichosos los que habitan en tu casa, Señor (T.P.

Aleluya)" con el Salmo 83 (84), u otro canto apropiado de idénticas características que responda a la

antífona, sobre todo cuando el Salmo 83 (84) se hubiere utilizado como salmo responsorial en la Liturgia

de la Palabra.

210.

Una vez revestidos con sus ornamentos diaconales, los Ordenados se acercan al Obispo. Arrodillados

delante de él, cada uno recibe en sus manos el Evangeliario. El Obispo dice:

Recibe el Evangelio de Cristo

del cual eres mensajero.

Cree lo que lees,

enseña lo que crees,

y practica lo que enseñas.

211.

 

Finalmente, el Obispo da a cada uno de los Ordenados el saludo, diciendo:

La paz esté contigo.

El Ordenado responde:

Y con tu espíritu.

De igual modo hacen todos o al menos algunos de los diáconos presentes.

212.

Mientras tanto, puede cantarse la Antífona "Al que me sirva, mi Padre que está en el cielo, lo premiará

(T.P. Aleluya)" con el Salmo 145, u otro canto apropiado de idénticas características y que responda a la

antífona.

213.

La Misa continúa del modo acostumbrado. El Símbolo se dice según corresponda. La Oración

Universal se omite.

Liturgia Eucarística

214.

En la Plegaria Eucarística se hace mención de los diáconos recién ordenados, según las siguientes

fórmulas:

a) En la Plegaria Eurarística I, el Obispo dice el "Acepta, Señor en tu bondad" propio:

Acepta, Señor, en tu bondad,

esta ofrenda de tus servidores,

y de toda tu familia santa;

te la ofrecemos también por tus hijos

que han sido llamados al orden de los diáconos;

conserva en ellos tus dones

para que fructifique lo que han recibido de tu bondad;

[Por Cristo, nuestro Señor. Amén].

b) En la Plegaria Eucarística II, después de las palabras "congregue en la unidad a cuantos

participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo", se dice:

Acuérdate, Señor de tu Iglesia extendida por toda la tierra

y con el Papa N., con nuestro Obispo N.

llévala a su perfección por la caridad.

Acuérdate también de estos hijos tuyos

que has constituido hoy diáconos de la Iglesia,

y de todos los pastores que cuidan de tu pueblo.

c) En las intercesiones de la Plegaria Eucarística III, después de las palabras "traiga la paz y la

salvación al mundo entero", se dice:

Confirma en la fe y en la caridad

a tu Iglesia, peregrina en la tierra:

a tu servidor el Papa N.,

a nuestro Obispo N.,

al orden episcopal, a los presbíteros

y a estos hijos tuyos que han sido ordenados hoy

ministros de la Iglesia,

a los demás diáconos y a todo el pueblo redimido por ti.

d) En las intercesiones de la Plegaria Eucarística IV, después de las palabras "para alabanza de tu

gloria", se dice:

Y ahora, Señor, acuérdate

de todos aquellos por quienes te ofrecemos

este sacrificio:

de tu servidor el Papa N.,

de nuestro Obispo N.,

del orden episcopal y de los presbíteros,

de estos hijos tuyos que te has dignado elegir hoy

para el ministerio diaconal en favor de tu pueblo,

de los demás diáconos,

de los oferentes y de los aquí reunidos.

215.

 

Los diáconos recién ordenados comulgan bajo las dos especies. Uno de ellos ayuda al Obispo en el

ministerio del cáliz.

Los familiares y amigos cercanos de los Ordenados pueden recibir la comunión bajo las dos especies.

216.

Alguno de los diáconos recién ordenados ayuda al Obispo a distribuir la Comunión a los fieles,

principalmente como ministros del cáliz.

217.

Terminada la distribución de la Comunión, puede cantarse un canto de acción de gracias. Al canto

sigue la oración para después de la Comunión.

Rito de Conclusión

218.

En lugar de la bendición habitual puede darse la bendición solemne que sigue. El diácono puede hacer

la siguiente invitación:

Nos inclinamos para la bendición.

o con otras palabras similares.

Seguidamente, el Obispo, con las manos extendidas sobre los Ordenados y el pueblo, pronuncia la

bendición:

Dios Padre, que los ha llamado

para el servicio de los hombres en su Iglesia,

les conceda una gran solicitud hacia todos,

especialmente hacia los pobres y afligidos.

 

Todos:

Amén.

El Obispo:

El Señor que les ha confiado

la misión de predicar el Evangelio de Cristo,

les ayude a vivir según su Palabra

para que sean sus testigos entusiastas y sinceros.

Todos:

Amén.

El Obispo:

El Señor que los hizo dispensadores de sus sacramentos

les conceda ser imitadores de su Hijo Jesucristo

para ser en el mundo ministros de unidad y de paz.

Todos:

Amén.

El Obispo:

Y la bendición de Dios todopoderoso

Padre, Hijo, y Espíritu Santo

descienda sobre ustedes y permanezca para siempre.

Todos responden:

Amén.

219.

Dada la bendición, y despedido el pueblo por el diácono, se hace la procesión a la sacristía del modo

acostumbrado.

Ordenación de un solo diácono

220.

Lo anteriormente expuesto en las Observaciones previas, nn. 181-192, vale también para el rito de la

Ordenación de un solo diácono.

Ritos iniciales y Liturgia de la Palabra

221.

Estando todo dispuesto para la celebración, se ordena la procesión por la iglesia hacia el altar como de

costumbre. El Ordenando precede al diácono que lleva el Evangeliario que se usará en la Misa y en la

Ordenación. Seguirán otros diáconos, si los hubiere, los presbíteros concelebrantes y finalmente vaya el

Obispo y -un poco más atrás- dos diáconos que lo asistan. Al llegar al altar y, hecha la debida reverencia,

todos vayan a sus lugares asignados.

Mientras tanto, se canta la Antífona de entrada con su salmo, u otro canto adecuado.

222.

Los Ritos iniciales y la Liturgia de la Palabra se hacen del modo acostumbrado hasta la proclamación

del Evangelio inclusive.

223.

Después de la proclamación del Evangelio, el diácono deposita reverentemente de nuevo sobre el altar

el Evangeliario, donde permanece hasta que sea entregado al Ordenado.

 

Ordenación

224.

Luego comienza la Ordenación diaconal.

El Obispo ocupa la sede preparada para la Ordenación, y se coloca la mitra. Después se presentan los

candidatos.

Elección de los candidatos

225.

El Ordenando es llamado por el diácono del siguiente modo:

Acérquese el que va a ser ordenado diácono.

Y lo llama por su nombre. El Ordenando responde:

Aquí estoy.

Y se acerca al Obispo, a quien hace una reverencia.

226.

El Ordenando se coloca ante el Obispo. El presbítero designado por el Obispo dice:

Reverendísimo Padre,

la santa Madre Iglesia pide que ordenes diácono

a este hermano nuestro.

El Obispo le pregunta:

¿Sabes si es digno?

El presbítero responde:

Teniendo en cuenta la consulta hecha al pueblo cristiano,

y con el voto favorable de las personas

a quienes compete darlo,

doy fe de que es digno.

El Obispo dice:

Con la ayuda de Dios

y de nuestro Salvador Jesucristo,

elegimos a este hermano nuestro

para el Orden diaconal.

Todos responden:

Demos gracias a Dios.

También puede cantarse la siguiente Antífona:

"Te doy gracias, Señor, por tu amor.

No abandones la obra de tus manos.

Aleluia, aleluia".

Homilía

227.

Después el Obispo, mientras todos se sientan, hace la homilía en la cual, tomando como punto de

partida el texto de las lecturas proclamadas en la Liturgia de la Palabra, exhorta al pueblo y al elegido sobre

el ministerio diaconal, teniendo en cuenta la condición celibataria o matrimonial del ordenando.

Sobre tal ministerio también puede hablar con palabras semejantes a las indicadas en el Apendice, p.

201, u otras palabras.

Promesa de los elegidos

228.

Concluida la homilía, sólo el elegido se pone de pie, y se coloca frente al Obispo, quien lo interroga

con estas palabras:

Querido hijo:

Antes de acercarte a recibir el Orden del diaconado

manifiesta delante de la comunidad

tu propósito de recibir este ministerio:

¿Quieres consagrarte al servicio de la Iglesia

por la imposición de mis manos

y la gracia del Espíritu Santo?

El elegido responden:

Sí, quiero.

El Obispo:

¿Quieres desempeñar con humildad y amor

el ministerio diaconal,

colaborando con los Obispos y presbíteros

y sirviendo al pueblo cristiano?

El elegido:

Sí, quiero.

El Obispo:

¿Quieres vivir el misterio de la fe con alma limpia,

como enseña el Apóstol,

y proclamar esta fe con la palabra y las obras,

según el Evangelio y la tradición de la Iglesia?

El elegido:

Sí, quiero.

La siguiente pregunta ha de hacerse incluso a los religiosos profesos. Pero se omite si se ordena un

elegido casado.

El Obispo:

¿Quieres observar durante toda tu vida

el celibato por el Reino de los cielos

como signo de tu consagración a Cristo,

y para servicio de Dios y de los hombres?

El elegido no casado:

Sí, quiero.

El Obispo:

¿Quieres conservar e incrementar

el espíritu de oración, propio de tu modo de vida,

y celebrar fielmente y con ese espíritu

la Liturgia de las Horas según tu condición

junto con el pueblo de Dios,

por la Iglesia, más aún, por todo el mundo?

El elegido:

Sí, quiero.

El Obispo:

¿Quieres imitar siempre el ejemplo de Cristo,

cuyo Cuerpo y Sangre administrarás con tus manos?

El elegido:

Sí, quiero, con la ayuda de Dios.

229.

Luego, el elegido se acerca al Obispo y, arrodillado delante de él, pone sus manos entre las del Obispo,

quien le pregunta:

a) Si es el Ordinario:

¿Prometes respeto y obediencia a mí y a mis sucesores?

El elegido responde:

Sí, prometo.

b) Si el Obispo no es su Ordinario, dice:

¿Prometes respeto y obediencia a tu Obispo?

El elegido responde:

Sí, prometo.

c) Si el elegido es un religioso, el Obispo dice:

¿Prometes respeto y obediencia al Obispo diocesano y a tu legítimo Superior?

El elegido responde:

Sí, prometo.

El Obispo siempre concluye:

Que Dios complete y perfeccione la obra

que El mismo ha comenzado en ti.

Súplica Litánica

230.

Todos se ponen de pie. El Obispo, sin mitra y con las manos juntas, mirando hacia el pueblo,

pronuncia la siguiente invitación:

Queridos hermanos:

Pidamos a Dios todopoderoso

que derrame abundantemente su bendición

sobre este hijo suyo a quien eligió

para el sagrado Orden del diaconado.

231.

El elegido se postra. Todos se arrodillan, salvo en los días domingos y en el tiempo pascual. Según el

caso, el diácono dice: Nos arrodillamos.

Se cantan las letanías.

Según las categorías que figuran como subtítulos y su respectivo lugar cronológico, pueden añadirse

algunos nombres de santos (por ej. del patrono del lugar, del titular de la iglesia, del fundador o del patrono

del que va a ser ordenado). Para facilitar el oficio del cantor, se añaden en su respectivo lugar los nombres

de los santos latinoamericanos más importantes, los que pueden cantarse opcionalmente.

También pueden añadirse algunas súplicas por diversas necesidades más apropiadas a cada

circunstancia. Los cantores comienzan las letanías según el texto del n.203 con las súplicas por el elegido

en singular.

232.

Terminadas las letanías, el Obispo, de pie y con las manos extendidas, dice:

Señor Dios, escucha nuestras súplicas

y confirma con tu gracia este ministerio que realizamos,

santifica con tu bendición a quien hemos juzgado apto para el servicio diaconal.

Por Jesucristo nuestro Señor.

Todos:

Amén.

Si es el caso, el diácono dice:

Nos ponemos de pie.

Y todos se levantan.

Imposición de las Manos y Plegaria de Ordenación

233.

El elegido se pone de pie, se acerca al Obispo quien está de pie con mitra delante de la sede, y se

arrodilla delante de él.

234.

El Obispo impone las manos sobre la cabeza del elegido sin decir nada.

235.

El elegido se arrodilla ante el Obispo, quien sin mitra y con las manos extendidas, dice la Plegaria de

Ordenación:

Dios Todopoderoso, que concedes toda gracia,

distribuyes las responsabilidades

y ordenas los ministerios,

manifiesta tu presencia en medio de nosotros.

Tú que eres inmutable en ti mismo,

todo lo renuevas y todo lo ordenas;

con tu providencia eterna todo lo dispones;

por tu palabra, tu sabiduría y tu fuerza,

que es Jesucristo, tu Hijo y Señor nuestro,

concedes en cada momento lo que conviene.

Tú haces crecer a la Iglesia, cuerpo de Cristo,

y, enriquecida con diversos dones,

hermosamente construida con diferentes miembros,

y unificada por el Espíritu Santo

en su admirable estructura,

la edificas como templo de tu gloria.

Así estableciste, Señor, que hubiera tres órdenes

de ministros para tu servicio,

del mismo modo que antiguamente

habías elegido a los hijos de Leví

para que sirvieran en el tabernáculo

de la primera Alianza.

De la misma manera,

en los comienzos de la Iglesia,

los apóstoles de tu Hijo,

movidos por el Espíritu Santo,

eligieron siete hombres de buena fama

para que los ayudaran en el servicio cotidiano.

Mediante la oración e imposición de manos,

los dedicaron a la atención de los pobres,

para poder entregarse ellos, con mayor empeño,

a la oración y la predicación de la palabra.

Te suplicamos, Señor, que mires con bondad,

a éste tu servidor

a quien consagramos para el oficio del diaconado

al servicio del altar.

Envía sobre él, Señor,

el espíritu santo,

para que, fortalecido con tu gracia

de los siete dones,

desempeñe con fidelidad el ministerio.

Que abunden en él las virtudes evangélicas:

el amor sincero, la solicitud por los enfermos

y los pobres,

una autoridad discreta, una pureza intachable,

una vida según el Espíritu.

Que reflejando tus mandamientos

en sus costumbres

el pueblo cristiano encuentre inspiración

en el ejemplo de su vida,

y obrando con buena conciencia

persevere con firmeza y constancia en Cristo

de manera que, imitando en la tierra a tu Hijo,

que no vino a ser servido sino a servir,

merezca reinar con él en el cielo.

Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo,

que vive y reina contigo

en la unidad del Espíritu Santo y es Dios

por los siglos de los siglos.

Todos responden:

Amén.

Entrega del Evangeliario

236.

Terminada la Plegaria de Ordenación, todos se sientan. El Obispo se pone la mitra. El Ordenado se

pone de pie. Algunos diáconos u otros ministros imponen la estola al Ordenado según el modo diaconal y

le colocan la dalmática.

237.

Mientras tanto, puede cantarse la Antífona "Dichosos los que habitan en tu casa, Señor (T.P.

Aleluya)" con el Salmo 83 (84), u otro canto apropiado de idénticas características que responda a la

antífona, sobre todo cuando el Salmo 83 (84) se hubiere utilizado como salmo responsorial en la Liturgia

de la Palabra.

238.

Una vez revestido con sus ornamentos diaconales, el Ordenado se acerca al Obispo. Arrodillado

delante de él, recibe en sus manos el Evangeliario. El Obispo dice:

Recibe el Evangelio de Cristo

del cual eres mensajero.

Cree lo que lees,

enseña lo que crees,

y practica lo que enseñas.

239.

Finalmente, el Obispo da al Ordenado el saludo, diciendo:

La paz esté contigo.

El Ordenado responde:

Y con tu espíritu.

De igual modo hacen todos o al menos algunos de los diáconos presentes.

240.

Mientras tanto, puede cantarse la Antífona "Al que me sirva, mi Padre que está en el cielo, lo premiará

(T.P. Aleluya)" con el Salmo 145, u otro canto apropiado de idénticas características y que responda a la

antífona.

241.

La Misa continúa del modo acostumbrado. El Símbolo se dice según corresponda. La Oración

Universal se omite.

Liturgia Eucarística

242.

En la Plegaria Eucarística se hace mención del diácono recién ordenado, según las siguientes

fórmulas:

a) En la Plegaria Eucarística I, el Obispo dice el "Acepta, Señor en tu bondad" propio:

Acepta, Señor, en tu bondad,

esta ofrenda de tus servidores,

y de toda tu familia santa;

te la ofrecemos también por tu hijo

que ha sido llamado al orden de los diáconos;

conserva en él tus dones

para que fructifique lo que ha recibido de tu bondad;

[Por Cristo, nuestro Señor. Amén].

b) En la Plegaria Eucarística II, después de las palabras "congregue en la unidad a cuantos

participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo", se dice:

Acuérdate, Señor de tu Iglesia extendida por toda la tierra

y con el Papa N., con nuestro Obispo N.

llévala a su perfección por la caridad.

Acuérdate también de este hijo tuyo

que has constituido hoy diácono de la Iglesia,

y de todos los pastores que cuidan de tu pueblo.

c) En las intercesiones de la Plegaria Eucarística III, después de las palabras "traiga la paz y la

salvación al mundo entero", se dice:

Confirma en la fe y en la caridad

a tu Iglesia, peregrina en la tierra:

a tu servidor el Papa N.,

a nuestro Obispo N.,

al orden episcopal, a los presbíteros

y a este hijo tuyo que ha sido ordenado hoy

ministro de la Iglesia,

a los demás diáconos y a todo el pueblo redimido por ti.

d) En las intercesiones de la Plegaria Eucarística IV, después de las palabras "para alabanza de tu

gloria", se dice:

Y ahora, Señor, acuérdate

de todos aquellos por quienes te ofrecemos

este sacrificio:

de tu servidor el Papa N.,

de nuestro Obispo N.,

del orden episcopal y de los presbíteros,

de este hijo tuyo que te has dignado elegir hoy

para el ministerio diaconal en favor de tu pueblo,

de los demás diáconos,

de los oferentes y de los aquí reunidos.

243.

El diácono recién ordenado comulga bajo las dos especies, y ayuda al Obispo en el ministerio del cáliz.

Los familiares y amigos cercanos del Ordenado pueden recibir la comunión bajo las dos especies.

244.

El diácono recién ordenado ayuda al Obispo a distribuir la Comunión a los fieles.

245.

Terminada la distribución de la Comunión, puede cantarse un canto de acción de gracias. Al canto

sigue la oración para después de la Comunión.

Rito de Conclusión

246.

En lugar de la bendición habitual puede darse la bendición solemne que sigue. El diácono puede hacer

la siguiente invitación:

Nos inclinamos para la bendición.

o con otras palabras similares.

 

Seguidamente, el Obispo, con las manos extendidas sobre el Ordenado y el pueblo, pronuncia la

bendición:

Dios Padre, que te ha llamado

para el servicio de los hombres en su Iglesia,

te conceda una gran solicitud hacia todos,

especialmente hacia los pobres y afligidos.

Todos:

Amén.

El Obispo:

El Señor que te ha confiado

la misión de predicar el Evangelio de Cristo,

te ayude a vivir según su Palabra

para que seas su testigo entusiasta y sincero.

Todos:

Amén.

El Obispo:

El Señor que te hizo dispensador de sus sacramentos

te conceda ser imitador de su Hijo Jesucristo

para ser en el mundo ministro de unidad y de paz.

Todos:

Amén.

El Obispo:

Y la bendición de Dios todopoderoso

Padre, Hijo, y Espíritu Santo

descienda sobre ustedes y permanezca para siempre.

Todos responden:

Amén.

247.

Dada la bendición, y despedido el pueblo por el diácono, se hace la procesión a la sacristía del modo

acostumbrado.

Capítulo IV. Ordenación de Diáconos y Presbíteros en una misma

celebración

Observaciones Previas

I. Ordenación de Diáconos y Presbíteros

248.

Conviene que la Iglesia particular a cuyo servicio se ordenan los diáconos y los presbíteros se prepare

a la Ordenación.

Los candidatos mismos deben prepararse con la oración en retiro practicando ejercicios espirituales al

menos durante cinco días.

249.

 

Realicése la Ordenación en la iglesia catedral o en las iglesias de cuyas comunidades son oriundos uno

o más de los candidatos, o en otra iglesia de mayor importancia.

Si los ordenandos son miembros de alguna comunidad religiosa, puede hacerse la Ordenación en la

iglesia de la comunidad en la que van a ejercer su ministerio.

250.

Celébrese la Ordenación con la asistencia del mayor número posible de fieles en domingo o días

festivos, a no ser que razones pastorales aconsejen otro día. Pero se excluyen el Triduo pascual, el

Miércoles de Ceniza, toda la Semana Santa y la Conmemoración de todos los fieles difuntos.

251.

La Ordenación tiene lugar dentro de la Misa, una vez terminada la Liturgia de la Palabra y antes de la

Liturgia eucarística.

Puede emplearse la Misa ritual "En la que se confieren las sagradas Ordenes" excepto en las

Solemnidades, los Domingos de Adviento, Cuaresma, Pascua, y los días de la octava de Pascua.

En estos casos se dice la Misa del día con sus lecturas.

Pero en otros días, si no se dice la Misa ritual se puede tomar una de las lecturas de las que se

proponen en el Leccionario con este fin.

La Oración Universal se omite, porque las letanías ocupan su lugar.

252.

Proclamado el Evangelio, la Iglesia particular pide la Obispo que ordene a los candidatos.

El presbítero encargado informa al Obispo, que le pregunta ante el pueblo, de que no existen dudas

acerca de los candidatos. Los candidatos, diáconos y presbíteros cada cual en su momento, en presencia

del Obispo y de todos los fieles, manifiestan la voluntad de cumplir su ministerio, según los deseos de

Cristo y de la Iglesia bajo la autoridad del Obispo. En las letanías todos imploran la gracia de Dios en favor

de los candidatos.

253.

Por la imposición de las manos del Obispo y la Plegaria de Ordenación, se les confiere a los

candidatos al diaconado el don del Espíritu Santo para su función diaconal. Estas son las palabras que

pertenecen a la naturaleza del sacramento y que por tanto se exigen para la validez del acto:

Envía sobre ellos, Señor,

el espíritu santo,

para que, fortalecidos con tu gracia

de los siete dones,

desempeñen con fidelidad el ministerio.

Inmediatamente después de la Plegaria de Ordenación se revisten los Ordenados con la estola diaconal

y con la dalmática para que se manifieste visiblemente el ministerio que desde ahora van a ejercer en la

liturgia.

Por la entrega del Evangeliario se indica la función diaconal de proclamar el Evangelio en las

celebraciones litúrgicas y también de predicar la fe de la Iglesia de palabra y de obra.

254.

Después de que todos han orado de nuevo, sigue la Ordenación de los presbíteros.

Por la imposición de que todos han orado de nuevo, sigue la Ordenación de los presbíteros.

Por la imposición de las manos del Obispo y la Plegaria de Ordenación, se confiere a los candidatos el

don del Espíritu Santo para su función presbiteral. Estas son las palabras que pertenecen a la naturaleza del

sacramento y que por tanto se exigen para la validez del acto:

Te rogamos, Padre todopoderoso,

que confieras a estos siervos tuyos

la dignidad del presbiterado.

Renueva en sus corazones

el espíritu de santidad;

reciban de ti el segundo grado

del ministerio sacerdotal

y sean, por su conducta, ejemplo de vida.

Inmediatamente después de la Plegaria de Ordenación, se revisten los Ordenados con la estola

presbiteral y con la casulla para que se manifieste visiblemente el ministerio que desde ahora van a ejercer

en la liturgia.

Este ministerio se explica más ampliamente por medio de otros signos. Por la unción de las manos, se

significa la peculiar participación de los presbíteros en el sacerdocio de Cristo. Por la entrega del pan y del

vino en sus manos, se indica el deber de presidir la celebración Eucarística y de seguir a Cristo

crucificado.

255.

El Obispo con su saludo pone en cierto modo el sello a la acogida de los presbíteros y de los diáconos

como nuevos colaboradores suyos en su ministerio. En cuanto sea posible, todos o al menos algunos

presbíteros saludan a los Ordenados de presbíteros y, a su vez, los diáconos a los recién ordenados de

diáconos en señal de acogida en su Orden.

256.

Los ordenados presbíteros ejercen por primera vez su ministerio en la Liturgia eucarística

concelebrándola con el Obispo y con los demás miembros del presbiterio. Los presbíteros recién

ordenados ocupan el primer lugar.

Y los diáconos asisten al Obispo. Uno de ellos prepara el altar, distribuye la Comunión a los fieles,

sirve el cáliz y proclama las moniciones.

II. Lo que hay que preparar

257.

Además de lo necesario para la celebración de la Misa, deben prepararse:

- Ritual de Ordenación;

- casullas para cada uno de los ordenandos de presbíteros;

- estolas y dalmáticas para cada uno de los ordenandos diáconos;

- gremial;

- santo crisma;

- lo necesario para limpiarse las manos el Obispo y los ordenados de presbíteros.

258.

La Ordenación hágase normalmente junto a la cátedra, pero si fuere necesario para la participación de

los fieles, prepárese la sede para el Obispo delante del altar o en otro lugar más oportuno.

Las sedes para los ordenandos deben prepararse de modo que los fieles puedan participar de la

celebración, incluso visulamente.

259.

El Obispo y los presbíteros concelebrantes visten los ornamentos sagrados que se les exigen a cada

uno para la celebración de la Misa.

Los que van a ser ordenados presbíteros se revisten con amito, alba, cíngulo y estola diaconal. Los

que serán ordenados diáconos usan amito, alba y cíngulo.

Los presbíteros no concelebrantes, que imponen las manos a los elegidos para el Presbiterado, estén

revestidos de estola sobre el alba o sobre el traje talar con sobrepelliz.

Los ornamentos han de ser del color de la Misa que se celebra, o caso contrario de color blanco.

También pueden emplearse otros ornamentos festivos más nobles.

Ordenación simultánea de Diáconos y Presbíteros

Ritos iniciales y Liturgia de la Palabra

260.

Estando todo dispuesto para la celebración, se ordena la procesión por la iglesia hacia el altar como de

costumbre. Los que se ordenarán diáconos preceden al diácono que lleva el Evangeliario, y a los otros

diáconos, si los hubiere. Los que se ordenarán presbíteros siguen a los otros diáconos, y preceden a los

presbíteros concelebrantes. El Obispo ingresa en último término solo y -un poco más atrás- dos diáconos

que lo asistan. Al llegar al altar y, hecha la debida reverencia, todos vayan a sus lugares asignados.

Mientras tanto, se canta la Antífona de entrada con su salmo, u otro canto adecuado.

261.

Los Ritos iniciales y la Liturgia de la Palabra se hacen del modo acostumbrado hasta la proclamación

del Evangelio inclusive.

Ordenación

262.

Luego comienza la Ordenación diaconal.

El Obispo ocupa la sede preparada para la Ordenación, y se coloca la mitra. Después se presentan los

candidatos.

Elección de los candidatos al Diaconado

263.

Los candidatos al diaconado son llamados por el diácono del siguiente modo: Acérquense los que van

a ser ordenados diáconos.

Y llama a cada uno por su nombre, y cada uno de ellos responde: Aquí estoy.

Y se acerca al Obispo, a quien hace una reverencia.

264.

A medida que son llamados se colocan ante el Obispo. El presbítero designado por el Obispo dice:

Reverendísimo Padre, la santa Madre Iglesia pide que ordenes diáconos a estos hermanos nuestros.

El Obispo le pregunta:

¿Sabes si son dignos?

El presbítero responde:

Teniendo en cuenta la consulta hecha al pueblo cristiano,

y con el voto favorable de las personas

a quienes compete darlo,

doy fe de que son dignos.

El Obispo dice:

Con la ayuda de Dios

y de nuestro Salvador Jesucristo,

elegimos a estos hermanos nuestros

para el Orden diaconal.

Todos responden:

Demos gracias a Dios.

También puede cantarse la siguiente Antífona:

"Te doy gracias, Señor, por tu amor.

No abandones la obra de tus manos.

Aleluia, aleluia".

Elección de los candidatos al Presbiterado

265.

Los candidatos al presbiterado son llamados por el diácono del siguiente modo: Acérquense los que

van a ser ordenados presbíteros.

Y llama a cada uno por su nombre, y cada uno de ellos responde: Aquí estoy.

Y se acerca al Obispo, a quien hace una reverencia.

266.

A medida que son llamados se colocan ante el Obispo. El presbítero designado por el Obispo dice:

Reverendísimo Padre,

la santa Madre Iglesia pide que ordenes presbíteros

a estos hermanos nuestros.

El Obispo le pregunta:

¿Sabes si son dignos?

El presbítero responde:

Teniendo en cuenta la consulta hecha al pueblo cristiano,

y con el voto favorable de las personas

a quienes compete darlo,

doy fe de que son dignos.

El Obispo dice:

Con la ayuda de Dios

y de nuestro Salvador Jesucristo,

elegimos a estos hermanos nuestros

para el Orden presbiteral.

Todos responden:

Demos gracias a Dios.

También puede cantarse la siguiente Antífona:

"Te doy gracias, Señor, por tu amor.

No abandones la obra de tus manos.

Aleluia, aleluia".

Homilía

267.

Después el Obispo, mientras todos se sientan, hace la homilía en la cual, tomando como punto de

partida el texto de las lecturas proclamadas en la Liturgia de la Palabra, exhorta al pueblo y a los elegidos

sobre el ministerio diaconal y presbiteral, teniendo en cuenta la condición celibataria o matrimonial de los

que se ordenan diáconos.

Sobre tal ministerio también puede hablar con palabras semejantes a las indicadas en el Apendice, p.

203, u otras palabras.

Promesa de los elegidos Diáconos

268.

Concluida la homilía, solo los elegidos diáconos se ponen de pie, y se colocan frente al Obispo, quien

interroga a todos juntos con estas palabras:

Queridos hijos:

Antes de acercarse a recibir el Orden del diaconado

manifiesten delante de la comunidad

su propósito de recibir este ministerio:

¿Quieren consagrarse al servicio de la Iglesia

por la imposición de mis manos

y la gracia del Espíritu Santo?

Todos los elegidos responden simultáneamente:

Sí, quiero.

El Obispo:

¿Quieren a desempeñar con humildad y amor

el ministerio diaconal,

colaborando con los Obispos y presbíteros

y sirviendo al pueblo cristiano?

Los elegidos:

Sí, quiero.

El Obispo:

¿Quieren vivir el misterio de la fe con alma limpia,

como enseña el Apóstol,

y proclamar esta fe con la palabra y las obras,

según el Evangelio y la tradición de la Iglesia?

Los elegidos:

Sí, quiero.

La siguiente pregunta ha de hacerse incluso a los religiosos profesos. Pero se omite si se ordenan

solamente elegidos casados.

El Obispo:

Ustedes, que están preparados para asumir el celibato:

¿Quieren observar durante toda su vida

el celibato por el Reino de los cielos

como signo de su consagración a Cristo,

y para servicio de Dios y de los hombres?

Los elegidos no casados:

Sí, quiero.

El Obispo:

¿Quieren conservar e incrementar

el espíritu de oración, propio de su modo de vida,

y celebrar fielmente y con ese espíritu

la Liturgia de las Horas según la condición de ustedes

junto con el pueblo de Dios,

por la Iglesia, más aún, por todo el mundo?

Los elegidos:

Sí, quiero.

El Obispo:

¿Quieren imitar siempre el ejemplo de Cristo,

cuyo Cuerpo y Sangre administrarán con sus manos?

Los elegidos:

Sí, quiero, con la ayuda de Dios.

269.

Luego, cada uno de los elegidos diáconos se acerca al Obispo y, arrodillado delante de él, pone sus

manos entre las del Obispo, quien pregunta a cada uno:

a) Si es el Ordinario:

¿Prometes respeto y obediencia a mí y a mis sucesores?

El elegido responde:

Sí, prometo.

b) Si el Obispo no es su Ordinario, dice:

¿Prometes respeto y obediencia a tu Obispo?

El elegido responde:

Sí, prometo.

c) Si el elegido es un religioso, el Obispo dice:

¿Prometes respeto y obediencia al Obispo diocesano y a tu legítimo Superior?

El elegido responde:

Sí, prometo.

El Obispo siempre concluye:

Que Dios complete y perfeccione la obra

que El mismo ha comenzado en ti.

Los elegidos diáconos retornan a sus lugares y se sientan.

Promesa de los elegidos Presbíteros

270.

Terminada la promesa de los elegidos diáconos, los elegidos presbíteros se ponen de pie, y se colocan

frente al Obispo, quien interroga a todos juntos con estas palabras:

Queridos hijos:

Antes de entrar en el Orden del presbiterado,

manifiesten delante de la comunidad

su propósito de recibir este ministerio.

¿Quieren desempeñar siempre el ministerio sacerdotal

en el grado de presbíteros

como buenos colaboradores del Orden episcopal,

apacentando el rebaño del Señor,

guiados por el Espíritu Santo?

Todos los elegidos responden simultáneamente:

Sí, quiero.

 

El Obispo:

¿Quieren desempeñar digna y sabiamente

el ministerio de la palabra

en la predicación del Evangelio

y en la enseñanza de la fe católica?

Los elegidos:

Sí, quiero.

El Obispo:

¿Quieren celebrar con fidelidad y piadosamente

los misterios del Señor,

principalmente el sacrificio de la Eucaristía

y el sacramento de la reconciliación,

para alabanza de Dios

y santificación del pueblo cristiano,

según la tradición de la Iglesia?

Los elegidos:

Sí, quiero.

El Obispo:

¿Quieren invocar la misericordia divina con nosotros,

en favor del pueblo que les sea encomendado,

perseverando en el mandato de orar sin desfallecer?

Los elegidos:

Sí, quiero.

El Obispo:

¿Quieren unirse cada día más a Cristo, sumo Sacerdote,

que por nosotros se ofreció al Padre como victima santa,

y con El consagrarse para la salvación de los hombres?

Los elegidos:

Sí, quiero, con la ayuda de Dios.

271.

Luego, cada uno de los elegidos presbíteros se acerca al Obispo y, arrodillado delante de él, pone sus

manos entre las del Obispo, quien pregunta a cada uno:

a) Si es el Ordinario:

¿Prometes respeto y obediencia a mí y a mis sucesores?

El elegido responde:

Sí, prometo.

b) Si el Obispo no es su Ordinario, dice:

¿Prometes respeto y obediencia a tu Obispo?

El elegido responde:

Sí, prometo.

c) Si el elegido es un religioso, el Obispo dice:

¿Prometes respeto y obediencia al Obispo diocesano y a tu legítimo Superior?

El elegido responde:

Sí, prometo.

El Obispo siempre concluye:

Que Dios complete y perfeccione la obra

que El mismo ha comenzado en ti.

Súplica Litánica

272.

Todos se ponen de pie. El Obispo, sin mitra y con las manos juntas, mirando hacia el pueblo,

pronuncia la siguiente invitación:

Queridos hermanos:

Pidamos a Dios todopoderoso

que derrame abundantemente su bendición

sobre estos hijos suyos a quienes eligió

para los sagrados Ordenes del diaconado y presbiterado.

273.

Los elegidos se postran. Todos se arrodillan, salvo en los días domingos y en el tiempo pascual.

Según el caso, el diácono dice: Nos arrodillamos.

Comienza el canto de las letanías.

Según las categorías que figuran como subtítulos y su respectivo lugar cronológico, pueden añadirse

algunos nombres de santos (por ej. del patrono del lugar, del titular de la iglesia, del fundador o del patrono

de los que van a ser ordenados). Para facilitar el oficio del cantor, se añaden en su respectivo lugar los

nombres de los santos latinoamericanos más importantes, los que pueden cantarse opcionalmente.

También pueden añadirse algunas súplicas por diversas necesidades más apropiadas a cada

circunstancia.

Kyrie, eleison Kyrie, eleison

Christe, eleison Christe, eleison

Kyrie, eleison Kyrie, eleison

O bien:

Señor, ten piedad Señor, ten piedad

Cristo, ten piedad Cristo, ten piedad

Señor, ten piedad Señor, ten piedad

[Invocación de los santos]

Santa María, Madre de Dios ruega por nosotros

[Ángeles]

San Miguel, ruega por nosotros

Santos Angeles de Dios ruegen por nosotros

[Patriarcas y Profetas]

San Juan Bautista ruega por nosotros

San José ruega por nosotros

[Apóstoles y discípulos]

Santos Pedro y Pablo ruegen por nosotros

San Andrés ruega por nosotros

San Juan ruega por nosotros

Santa María Magdalena ruega por nosotros

[Mártires varones]

San Esteban ruega por nosotros

San Ignacio de Antioquía ruega por nosotros

San Lorenzo ruega por nosotros

San Vicente ruega por nosotros

(San Roque González) ruega por nosotros

(San Juan del Castillo) ruega por nosotros

(San Alonso Rodríguez) ruega por nosotros

(San Héctor Valdivielso) ruega por nosotros

[Mártires mujeres]

Santas Perpetua y Felicidad ruegen por nosotros

Santa Inés ruega por nosotros

[Obispos y Doctores]

San Gregorio ruega por nosotros

San Agustín ruega por nosotros

San Atanasio ruega por nosotros

San Basilio ruega por nosotros

San Efrén ruega por nosotros

San Martín de Tours ruega por nosotros

(Santo Toribio Mogrovejo) ruega por nosotros

[Sacerdotes y religiosos]

San Benito ruega por nosotros

Santos Francisco y Domingo ruegen por nosotros

San Francisco Javier ruega por nosotros

(San Francisco Solano) ruega por nosotros

(San Martín de Porres) ruega por nosotros

San Juan María Vianney ruega por nosotros

[Religiosas]

Santa Catalina de Siena ruega por nosotros

Santa Teresa de Jesús ruega por nosotros

Santa Teresa del Niño Jesús ruega por nosotros

(Santa Rosa de Lima) ruega por nosotros

(Santa Teresa de los Andes) ruega por nosotros

[Laicos]

(Beata Laura Vicuña) ruega por nosotros

Todos los santos y santas de Dios ruegen por nosotros

[Invocaciones a Cristo]

Por tu bondad líbranos, Señor

De todo mal líbranos, Señor

De todo pecado líbranos, Señor

De la muerte eterna líbranos, Señor

Por el misterio de tu Encarnación líbranos, Señor

Por tu muerte y resurrección líbranos, Señor

Por la venida del Espíritu Santo líbranos, Señor

[Súplica por diversas necesidades]

Nosotros, que somos pecadores te rogamos,

óyenos

Para que gobiernes y conserves a tu Santa Iglesia te rogamos,

óyenos

Para que conserves en tu santo servicio al Papa y a todos los miembros del clero te rogamos,

óyenos

Para que bendigas a estos elegidos tuyos te rogamos,

óyenos

Para que los bendigas y santifiques te rogamos,

óyenos

Para que los bendigas, santifiques y consagres te rogamos,

óyenos

Para que concedas la paz y la concordia a todos los pueblos te rogamos,

óyenos

Para que tengas misericordia de todos los que sufren te rogamos,

óyenos

Para que nos fortalezcas y conserves en tu santo servicio te rogamos,

óyenos

Jesús, Hijo del Dios vivo te rogamos,

óyenos

Cristo, óyenos Cristo, óyenos

Cristo, escúchanos Cristo, escúchanos

274.

Terminadas las letanías, el Obispo, de pie y con las manos extendidas, dice:

Señor Dios, escucha nuestras súplicas

y confirma con tu gracia este ministerio que realizamos,

santifica con tu bendición

a quienes hemos juzgado apto para el sagrado ministerio.

Por Jesucristo nuestro Señor.

Todos:

Amén.

Si es el caso, el diácono dice:

Nos ponemos de pie.

Todos se ponen de pie. Los elegidos al orden presbiteral vuelven a sus lugares.

Ordenación de los Diáconos

Imposición de las Manos y Plegaria de Ordenación Diaconal

275.

Cada uno de los elegidos al orden diaconal se acerca al Obispo quien está de pie con mitra delante de

la sede, y se arrodilla delante de él.

276.

El Obispo impone las manos sobre la cabeza de cada elegido en silencio.

277.

Los elegidos se arrodillan ante el Obispo, quien sin mitra y con las manos extendidas, dice la Plegaria

de Ordenación:

Dios Todopoderoso, que concedes toda gracia,

distribuyes las responsabilidades

y ordenas los ministerios,

manifiesta tu presencia en medio de nosotros.

Tú que eres inmutable en ti mismo,

todo lo renuevas y todo lo ordenas;

con tu providencia eterna todo lo dispones;

por tu palabra, tu sabiduría y tu fuerza,

que es Jesucristo, tu Hijo y Señor nuestro,

concedes en cada momento lo que conviene.

Tú haces crecer a la Iglesia, cuerpo de Cristo,

y, enriquecida con diversos dones,

hermosamente construida con diferentes miembros,

y unificada por el Espíritu Santo en su admirable estructura,

la edificas como templo de tu gloria.

Así estableciste, Señor, que hubiera tres órdenes

de ministros para tu servicio,

del mismo modo que antiguamente

habías elegido a los hijos de Leví

para que sirvieran en el tabernáculo de la primera Alianza.

De la misma manera, en los comienzos de la Iglesia,

los apóstoles de tu Hijo,

movidos por el Espíritu Santo,

eligieron siete hombres de buena fama

para que los ayudaran en el servicio cotidiano.

Mediante la oración e imposición de manos,

los dedicaron a la atención de los pobres,

para poder entregarse ellos, con mayor empeño,

a la oración y la predicación de la palabra.

Te suplicamos, Señor, que mires con bondad,

a éstos tus servidores

a quienes consagramos para el oficio del diaconado

al servicio del altar.

Envía sobre ellos, Señor,

el espíritu santo,

para que, fortalecidos

con tu gracia de los siete dones,

desempeñen con fidelidad el ministerio.

Que abunden en ellos las virtudes evangélicas:

el amor sincero, la solicitud por los enfermos y los pobres,

una autoridad discreta, una pureza intachable,

una vida según el Espíritu.

Que reflejando tus mandamientos en sus costumbres

el pueblo cristiano encuentre inspiración en el ejemplo de su vida,

y obrando con buena conciencia

perseveren con firmeza y constancia en Cristo

de manera que, imitando en la tierra a tu Hijo,

que no vino a ser servido sino a servir,

merezcan reinar con él en el cielo.

Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo,

que vive y reina contigo

en la unidad del Espíritu Santo y es Dios

por los siglos de los siglos.

Todos responden:

Amén.

Entrega del Evangeliario

278.

Terminada la Plegaria de Ordenación, todos se sientan. El Obispo se pone la mitra. Los Ordenados se

ponen de pie. Algunos diáconos u otros ministros imponen la estola a cada Ordenado según el modo

diaconal y le colocan la dalmática.

279.

Mientras tanto, puede cantarse la Antífona "Dichosos los que habitan en tu casa, Señor (T.P.

Aleluya)" con el Salmo 83 (84), u otro canto apropiado de idénticas características que responda a la

antífona, sobre todo cuando el Salmo 83 (84) se hubiere utilizado como salmo responsorial en la Liturgia

de la Palabra.

280.

Una vez revestidos con sus ornamentos diaconales, los Ordenados se acercan al Obispo. Arrodillados

delante de él, cada uno recibe en sus manos el Evangeliario. El Obispo dice:

Recibe el Evangelio de Cristo

del cual eres mensajero.

Cree lo que lees,

enseña lo que crees,

y practica lo que enseñas.

281.

Mientras tanto, puede cantarse la Antífona "Anuncien el Evangelio a toda la creación (T.P. Aleluya)"

con el Salmo 116 (117), u otro canto apropiado de idénticas características y que responda a la antífona.

Ordenación de los Presbíteros

282.

Luego se acercan los elegidos al orden presbiteral. Todos se ponen de pie. El Obispo deja la mitra, y

de pie mirando al pueblo, con las manos juntas, invita a los fieles a orar diciendo:

Queridos hermanos:

Pidamos a Dios todopoderoso

que derrame abundantemente su gracia

sobre estos hijos suyos

a quienes eligió para el ministerio de los presbíteros.

Y todos oran en silencio por un espacio de tiempo.

Imposición de Manos y Plegaria de Ordenación Presbiteral

283.

Cada uno de los elegidos se acerca al Obispo quien está de pie con mitra delante de la sede, y se

arrodilla delante de él.

284.

El Obispo impone las manos sobre la cabeza de cada elegido sin decir nada.

Después de imponer de manos, todos los presbíteros presentes, con estola, imponen las manos a cada

elegido, en silencio.

Después de imponer de manos, los presbíteros permanecen cerca del Obispo hasta terminar la

Plegaria de Ordenación, permitiendo que los fieles puedan ver la celebración.

285.

 

Los elegidos se arrodillan ante el Obispo, quien sin mitra y con las manos extendidas, dice la Plegaria

de Ordenación:

Señor, Padre Santo, Dios todopoderoso y eterno,

autor de la dignidad humana

y dispensador de toda gracia,

manifiesta tu presencia en medio de nosotros.

Tú concedes al mundo su consistencia y progreso,

y para formar un pueblo sacerdotal

por la fuerza del Espíritu Santo,

estableciste ministros de Jesucristo, tu Hijo,

en diversos órdenes.

Ya en la primera Alianza

fueron instituidos diferentes oficios

como signos proféticos,

cuando constituiste a Moisés y Aarón

para gobernar y santificar a tu pueblo

dándoles colaboradores que los secundaran en su tarea.

De ese modo, durante la peregrinación por el desierto

comunicaste el espíritu de Moisés

a setenta varones prudentes

con cuya ayuda pudo gobernar a tu pueblo

con mayor facilidad.

Así, también, otorgaste a los descendientes de Aarón

la plenitud sacerdotal de su padre,

para que un número suficiente de sacerdotes

según la Ley antigua

celebrara el culto divino,

imagen del sacrificio de Cristo.

Al llegar la plenitud de los tiempos

enviaste al mundo, Padre Santo, a tu Hijo Jesucristo,

Apóstol y Sumo Sacerdote de la fe que profesamos.

El, movido por el Espíritu Santo,

se ofreció a sí mismo como víctima sin mancha

e hizo partícipes de su misión a los Apóstoles

santificándolos en la verdad,

y dándoles cooperadores

para que anunciaran y realizaran en todo el mundo

la obra de la salvación.

Ahora te pedimos, Señor,

que nos concedas a nosotros, frágiles servidores tuyos,

estos colaboradores que necesitamos

para ejercer el sacerdocio apostólico.

Te pedimos, Padre todopoderoso,

que confieras a esos siervos tuyos

la dignidad del presbiterado.

Renueva en sus corazones

el espíritu de santidad,

reciban de ti el segundo grado

del ministerio sacerdotal

y sean, por su conducta, ejemplo de vida.

Que sean fieles colaboradores

de nuestro orden episcopal,

de modo que por medio de su predicación

y con la gracia del Espíritu Santo,

la palabra del Evangelio fructifique

en el corazón de los hombres

y llegue hasta los confines de la tierra.

Que junto con nosotros

sean fieles dispensadores de tus misterios,

a fin de que tu pueblo se renueve por el agua bautismal,

se alimente con el pan de tu altar,

los pecadores se reconcilien contigo

y sean reconfortados los enfermos.

Que ellos, en comunión con nosotros,

imploren tu misericordia por el pueblo que se les confía

y en favor del mundo entero.

Así, todas las naciones, congregadas en Cristo,

se convertirán en un sólo pueblo

que alcanzará su plenitud en tu Reino

por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,

que vive y reina contigo

en la unidad del Espíritu Santo y es Dios

por los siglos de los siglos.

Todos responden:

Amén.

Unción de las Manos y entrega del Pan y Vino

286.

Terminada la Plegaria de Ordenación, todos se sientan. El Obispo se pone la mitra. Los Ordenados se

ponen de pie. Los presbíteros presentes vuelven a su lugar. Algunos presbíteros acomodan la estola de

cada Ordenado según el modo presbiteral y le colocan la casulla.

287.

El Obispo recibe el gremial y unge con el santo Crisma las palmas de las manos de cada Ordenado,

que estará arrodillado delante de él, diciendo: Jesucristo, el Señor, a quien el Padre ungió con la fuerza del

Espíritu Santo, te proteja para santificar al pueblo cristiano y para ofrecer a Dios el sacrificio.

Luego el Obispo y los Ordenados se limpian las manos.

288.

Mientras los Ordenados visten la estola y la casulla y el Obispo les unge las manos, se canta la

Antífona "Cristo, el Señor, Sacerdote eterno según el orden de Melquisedec, ofreció pan y vino (T.P.

Aleluya)", con el Salmo 109 (110), u otro canto apropiado de idénticas características que responda a la

antífona, sobre todo cuando el Salmo 109 (110) se hubiere utilizado como salmo responsorial en la

Liturgia de la Palabra.

289.

Mientras tanto, los fieles presentan el pan sobre la patena y el caliz con vino y agua para la celebración

de la Misa. El diácono los recibe y presenta al Obispo, quien los entrega a cada Ordenado que lo recibirá

de rodillas, diciéndole a cada uno: Recibe la ofrenda del pueblo santo para presentarla a Dios.

Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la cruz del

Señor.

290.

Finalmente, el Obispo da a cada uno de los Ordenados el saludo, primero a los presbíteros y luego a

los diáconos, diciendo:

La paz esté contigo.

 

El Ordenado responde:

Y con tu espíritu.

De igual modo hacen todos, o al menos algunos de los presbíteros presentes, pueden saludar a los

presbíteros recién ordenados significando que han sido asociados a su Orden. Lo mismo todos, o al

menos algunos diáconos, pueden saludar a los diáconos recién ordenados.

291.

Mientras tanto puede cantarse el Responsorio "Ya no los llamo siervos, sino amigos" o la Antífona

"Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando, dice el Señor (T.P. Aleluya)" con el Salmo 99

(100), u otro canto apropiado de idénticas características que se conforme con el responsorio o con la

antífona, sobre todo cuando el Salmo 99 (100) se hubiere utilizado como salmo responsorial en la Liturgia

de la Palabra.

292.

La Misa continúa del modo acostumbrado. El Símbolo se dice según corresponda. La Oración

Universal se omite.

Liturgia Eucarística

293.

La Liturgia eucarística se concelebra del modo acostumbrado, omitiendo la preparación del cáliz.

294.

En la Plegaria Eucarística, el Obispo o uno de los presbíteros concelebrantes hace mención de los

presbíteros y diáconos recién ordenados según las fórmulas siguiente:

a) En la Plegaria Eucarística I, se dice el "Acepta, Señor, en tu bondad" propio:

Acepta, Señor, en tu bondad,

esta ofrenda de tus servidores,

y de toda tu familia santa;

te la ofrecemos también por tus hijos

que han sido llamados al orden de los diáconos

y de los presbíteros;

conserva en ellos tus dones

para que fructifique lo que han recibido de tu bondad;

[Por Cristo, nuestro Señor. Amén].

b) En la Plegaria Eucarística II, después de las palabras "congregue en la unidad a cuantos

participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo", se dice:

Acuérdate, Señor de tu Iglesia extendida por toda la tierra

y con el Papa N., con nuestro Obispo N.

llévala a su perfección por la caridad.

Acuérdate también de estos hijos tuyos

que has constituido hoy

diáconos y presbíteros de la Iglesia,

y de todos los pastores que cuidan de tu pueblo.

c) En la Plegaria Eucarística III, después de las palabras "traiga la paz y la salvación al mundo entero",

se dice:

Confirma en la fe y en la caridad

a tu Iglesia, peregrina en la tierra,

a tu servidor, el Papa N.,

a nuestro Obispo N.,

al orden episcopal,

a estos hijos tuyos que han sido ordenados hoy

diáconos y presbíteros de la Iglesia,

a los presbíteros y diáconos,

y a todo el pueblo redimido por ti.

d) En la Plegaria Eucarística IV, después de las palabras "para alabanza de su gloria", se dice:

Y ahora, Señor, acuérdate

de todos aquellos por quienes te ofrecemos

este sacrificio:

de tu servidor el Papa N.,

de nuestro Obispo N.,

del orden episcopal,

de estos hijos tuyos que te has dignado elegir hoy

para el ministerio diaconal y presbiteral

en favor de tu pueblo,

de los presbíteros y diáconos,

de los oferentes y de todos los aquí reunidos.

295.

Los diáconos recién ordenados comulgan bajo las dos especies. Uno de ellos ayuda al Obispo en el

ministerio del cáliz.

296.

Los familiares y amigos cercanos de los Ordenados pueden recibir la comunión bajo las dos especies.

297.

Alguno de los diáconos recién ordenados ayudan al Obispo a distribuir la Comunión a los fieles.

 

298.

Terminada la distribución de la Comunión, puede cantarse un canto de acción de gracias. Al canto

sigue la oración para después de la Comunión.

Rito de Conclusión

299.

En lugar de la bendición habitual puede darse la bendición solemne que sigue. El diácono puede hacer

la siguiente invitación:

Nos inclinamos para la bendición.

o con otras palabras similares.

Seguidamente, el Obispo, con las manos extendidas sobre los Ordenados y el pueblo, pronuncia la

bendición:

Dios Padre, que dirige y gobierna la Iglesia,

mantenga sus propósitos

y fortalezca sus corazones

para que cumplan fielmente el ministerio presbiteral.

Todos:

Amén.

El Obispo:

El Señor que, a ustedes diáconos, les ha confiado

la misión de predicar el Evangelio de Cristo,

les ayude a vivir según su Palabra

para que sean sus testigos entusiastas y sinceros.

Todos:

Amén.

El Obispo:

A ustedes, nuevos presbíteros,

Dios los haga pastores verdaderos

que distribuyan la Palabra de la vida y el Pan vivo,

para que los fieles crezcan en la unidad del cuerpo de Cristo.

Todos:

Amén.

El Obispo:

Y la bendición de Dios todopoderoso

Padre, Hijo, y Espíritu Santo

descienda sobre ustedes y permanezca para siempre.

Todos responden:

Amén.

300.

Dada la bendición, y despedido el pueblo por el diácono, se hace la procesión a la sacristía del modo

acostumbrado.

Apéndice I

Lecturas Bíblicas

Algunas perícopas de esta serie de lecturas están destinadas más bien a determinadas circunstancias.

Las demás pueden utilizarse en todas las Ordenaciones.

Según la tradición litúrgica, el Antiguo Testamento no se lee durante el tiempo pascual, y en la lectura

evangélica se prefiere el texto de san Juan.

I. Antiguo Testamento

1.

Núm. 3, 5-10a (Hebr. 5-9): Llama a la tribu de Leví para que asista al sacerdote Aarón. (Para

Diáconos).

2.

Núm. 11, 11b-12. 14-17. 24-25a.: Tomaré del espíritu que hay en ti y lo pondré sobre ellos para que

compartan contigo el peso de este pueblo. (Para Presbíteros).

3.

Is. 61, 1-3a: El Señor me ha ungido, me ha enviado a evangelizar a los pobres. (Para Obispos y

Presbíteros).

4.

Jer. 1, 4-9: A todos los que te enviaré, habrás de ir.

II. Nuevo Testamento

5.

Hech. 6, 1-7b: Elijan a siete varones llenos del Espíritu Santo. (Para Diáconos).

6.

Hech. 8, 26-40: Comenzando por este pasaje de la Escritura, le evangelizó a Jesús. (Para Diáconos).

7.

Hech. 10, 37-43: Nosotros somos testigos de todo lo que hizo Jesús en Judea y Jerusalén.

8.

Hech. 20, 17-18a. 28-32. 36: Velen por ustedes mismos y por toda la grey de la que el Espíritu Santo

los ha constituido Obispos para apacentar la Iglesia de Dios. (Para Obispos y Presbíteros).

9.

Rom. 12, 4-8: Teniendo carismas diferentes según la gracia que nos ha sido dada.

10.

2 Cor. 4, 1-2. 5-7: Predicamos a Jesucristo; nosotros somos vuestros servidores por Jesús.

11.

2 Cor. 5, 14-20: Nos confió la Palabra de la reconciliación.

12.

Ef. 4, 1-7. 11-13: Para la obra del ministerio, en orden a la edificación del Cuerpo de Cristo.

13.

1 Tim. 3, 8-10.12-13: Que conserven el misterio de la fe con una conciencia pura. (Para Diáconos).

14.

1 Tim. 4, 12-16: No malogres el don espiritual que hay en ti y que te fue conferido por la imposición

de las manos del Presbiterio.

O bien:

1 Tim. 4, 12b-16: Trata de ser un modelo para los que creen. (Para Obispos).

15.

2 Tim. 1, 6-14: Te recomiendo que reavives el don de Dios que has recibido por la imposición de las

manos. (Para Obispos).

16.

Hebr. 5, 1-10: Dios lo proclamó Sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec.

17.

1 Ped. 4, 7b-11: Como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios.

18.

1 Ped. 5, 1-4: Apacienten el rebaño de Dios que les ha sido confiado.

III. Evangelios

19.

Mt. 5, 13-16: Ustedes son la luz del mundo.

20.

Mt. 9, 35-38: Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha.

21.

Mt. 10, 1-5a: Anuncien que el Reino de los Cielos está muy cerca.

22.

Mt. 20, 25-28: El que quiera ser grande que se haga servidor de ustedes.

23.

Lc. 10, 1-9: La cosecha es abundante pero los trabajadores son pocos.

24.

Lc. 12, 35-44: Feliz aquel a quien su señor al llegar encuentre en este trabajo.

25.

Lc. 22, 14-20. 24-30: Hagan esto en conmemoración mía... Yo estoy entre ustedes como el que sirve.

26.

Jn. 10, 11-16: El buen pastor da la vida por sus ovejas.

27.

Jn. 12, 24-26: El que quiera servirme que me siga.

28.

Jn. 15, 9-17: Ya no los llamaré servidores, yo los llamo amigos.

29.

Jn. 17, 6. 14-19: Por ellos me consagro, para que también ellos sean consagrados en la verdad.

30.

Jn. 20, 19-23: Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes.

31.

Jn. 21, 15-17: Apacienta a mis corderos, apacienta a mis ovejas.

Salmos Responsoriales

32.

Sal. 22, 1-2a. 2b-3. 4. 5. 6: R. El Señor es mi Pastor. Nada me puede faltar.

33.

Sal. 83, 3-4. 5-6a. 8a. 11: R. Felices los que habitan en tu Casa, Señor.

34.

Sal. 88, 21-22. 25. 27: R. Cantaré eternamente el amor del Señor.

35.

Sal. 95, 1-2a. 2b-3. 10: R. Vayanpor todo el mundo. Aleluia. Enseñen a todas las naciones. Aleluia.

36.

Sal. 99, 2. 3. 4. 5: R. Ustedes serán mis amigos si hacen lo que yo les he enseñado, dice el Señor.

37.

 

Sal. 109, 1. 2. 3. 4: R. Tú eres sacerdote para siempre, mediador entre Dios y los hombres.

38.

Sal. 115, 12-13. 17-18: R.(1 Cor. 10, 16): El cáliz que bendecimos ¿no es la comunión con la sangre

de Cristo.

O bien: Aleluia.

39.

Sal. 116, 1. 2: R. (Mc. 16, 15): Vayanpor todo el mundo, prediquen el Evangelio.

O bien: Aleluia.

IV. Aleluia

40.

Mt. 28, 19, 20: Vayanpor todo el mundo, enseñen a todas las naciones: Yo estaré con ustedes hasta el

fin del mundo.

41.

Lc. 4, 18-19: Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos.

42.

Jn. 10, 14: Yo soy el buen pastor, dice el Señor; conozco a mis ovejas y mis ovejas me conocen a mí.

43.

Jn. 15, 15b: Los he llamado amigos, dice el Señor, porque todo lo que he oído de mi Padre se los he

dado a conocer.

 

V. Antífonas de aclamación

Los mismos textos que en los nn. 40-43.

Homilías

Para la ordenación episcopal

Queridos hermanos:

Consideren atentamente a qué ministerio será promovido en la Iglesia este hermano nuestro. Nuestro

Señor Jesucristo, enviado por el Padre para redimir a los hombres, envió a su vez por el mundo a los doce

Apóstoles para que, llenos del Espíritu Santo, anunciaran el Evangelio y, reuniendo a todos los hombres en

un solo rebaño, los santificaran y gobernaran. A fin de asegurar la continuidad de este ministerio hasta el

fin de los tiempos, los Apóstoles eligieron colaboradores a quienes comunicaron por la imposición de las

manos, que confiere la plenitud del sacramento del Orden, el don del Espíritu Santo que habían recibido de

Cristo.

De este modo se ha conservado tan importante ministerio a través de los tiempos. Por la

ininterrumpida sucesión de los Obispos, permanece y se acrecienta hasta nuestros días la obra del

Salvador.

En el Obispo, rodeado de sus presbíteros, se hace presente en medio de ustedes el mismo Jesucristo

nuestro Señor, Sumo y Eterno Sacerdote.

Por el ministerio paternal del Obispo, el Señor continúa predicando el Evangelio, administrando los

sacramentos de la fe a los creyentes. Por el ministerio paternal del Obispo, agrega a su cuerpo nuevos

miembros. Por la sabiduría y prudencia del Obispo, los conduce a través de la peregrinación terrena a la

eterna felicidad.

Reciban, por tanto, con alegría y gratitud a este hermano nuestro.

Nosotros, los Obispos presentes, por la imposición de las manos, lo agregaremos a nuestro Orden

episcopal.

Hónrenlo como ministro de Cristo y dispensador de los misterios de Dios. A él se le confía dar

testimonio de la verdad del Evangelio y el ministerio de la vida del Espíritu y la santidad.

Recuerden las palabras de Cristo a los Apóstoles: "Quien los escucha, a mí me escucha y quien los

rechaza, a mí me rechaza y el que me rechaza, rechaza al que me ha enviado".

Querido hermano, elegido por el Señor:

Recuerda que has sido tomado de entre los hombres y puesto al servicio de los hombres en las cosas que

se refieren a Dios.

En efecto, el Episcopado significa un servicio, no un honor, y es necesario que el Obispo, más que

presidir sirva a sus hermanos, ya que según el mandato del Señor, el que es mayor hágase el menor, y el

que preside sea como el que sirve.

Proclama la Palabra oportuna e inoportunamente; corrige siempre con paciencia y deseo de enseñar.

En la oración y en el sacrificio eucarístico que ofrecerás por el pueblo a ti encomendado, implora

insistentemente la abundancia de la multiforme gracia, que procede de la plenitud de Cristo.

En la Iglesia a ti confiada, sé fiel dispensador, moderador y custodio de los sacramentos de Cristo.

Elegido por el Padre para gobernar a su familia, acuérdate siempre del Buen Pastor que conoce a sus

ovejas y es conocido por ellas y que no dudó en dar su vida por el rebaño.

Ama con amor de padre y hermano a todos los que Dios te encomienda, en primer lugar, a los

presbíteros y diáconos, tus colaboradores en el ministerio de Cristo; también a los pobres y a los débiles, a

los que no tienen hogar y a los desamparados.

Exhorta a los fieles a que trabajen contigo en la obra apostólica y escúchalos gustosamente.

Preocúpate incansablemente de aquellos que aún no pertenecen al único rebaño de Cristo, porque ellos

también te han sido encomendados en el Señor.

Nunca te olvides que has sido agregado al Orden episcopal en la Iglesia Católica, reunida por el

vínculo del amor, de tal modo que no dejes de tener preocupación por todas las iglesias y no olvides

socorrer con generosidad a las iglesias más necesitadas de ayuda.

Por tanto, preocúpate por todo el rebaño en el que el Espíritu Santo te pone para gobernar a la Iglesia

de Dios. En el nombre del Padre, cuya imagen representas en la Iglesia. En el nombre del Hijo Jesucristo,

cuyo ministerio de Maestro, Sacerdote y Pastor ejerces. Y en el nombre del Espíritu Santo, que vivifica a

la Iglesia de Cristo y fortalece con su poder nuestra debilidad.

 

Para la ordenación de varios obispos

Queridos hermanos:

Consideren atentamente a qué ministerio serán promovidos en la Iglesia estos hermanos nuestros. Nuestro

Señor Jesucristo, enviado por el Padre para redimir a los hombres, envió a su vez por el mundo a los doce

Apóstoles para que, llenos del Espíritu Santo, anunciaran el Evangelio y, reuniendo a todos los hombres en

un solo rebaño, los santificaran y gobernaran. A fin de asegurar la continuidad de este ministerio hasta el

fin de los tiempos, los Apóstoles eligieron colaboradores a quienes comunicaron por la imposición de las

manos, que confiere la plenitud del sacramento del Orden, el don del Espíritu Santo que habían recibido de

Cristo.

De este modo se ha conservado tan importante ministerio a través de los tiempos. Por la

ininterrumpida sucesión de los Obispos, permanece y se acrecienta hasta nuestros días la obra del

Salvador.

En el Obispo, rodeado de sus presbíteros, se hace presente en medio de ustedes el mismo Jesucristo

nuestro Señor, Sumo y Eterno Sacerdote.

Por el ministerio paternal del Obispo, el Señor continúa predicando el Evangelio, administrando los

sacramentos de la fe a los creyentes. Por el ministerio paternal del Obispo, agrega a su cuerpo nuevos

miembros. Por la sabiduría y prudencia del Obispo, los conduce a través de la peregrinación terrena a la

eterna felicidad.

Reciban, por tanto, con alegría y gratitud a estos hermanos nuestros.

Nosotros, los Obispos presentes, por la imposición de las manos, lo agregaremos a nuestro Orden

episcopal.

Hónrenlos como ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios. A ellos se les confía

dar testimonio de la verdad del Evangelio y el ministerio de la vida del Espíritu y la santidad.

Recuerden las palabras de Cristo a los Apóstoles: "Quien los escucha, a mí me escucha y quien los

rechaza, a mí me rechaza y el que me rechaza, rechaza al que me ha enviado".

Queridos hermanos, elegidos por el Señor:

Recuerden que han sido tomados de entre los hombres y puestos al servicio de los hombres en las cosas

que se refieren a Dios.

En efecto, el Episcopado significa una carga, no un honor, y es necesario que el Obispo, más que

presidir sirva a sus hermanos, ya que según el mandato del Señor, el que es mayor hágase el menor, y el

que preside sea como el que sirve.

Proclamen la Palabra oportuna e inoportunamente; corrijan siempre con paciencia y deseo de enseñar.

En la oración y en el sacrificio eucarístico que ofrecerán por el pueblo a ustedes encomendado,

imploren insistentemente la abundancia de la multiforme gracia, que procede de la plenitud de Cristo.

En la Iglesia a ustedes confiada, sean fieles dispensadores, moderadores y custodios de los

sacramentos de Cristo. Elegidos por el Padre para gobernar a su familia, acuérdense siempre del Buen

Pastor que conoce a sus ovejas y es conocido por ellas y que no dudó en dar su vida por el rebaño.

Amen con amor de padre y hermano a todos los que Dios les encomienda, en primer lugar, a los

presbíteros y diáconos, sus colaboradores en el ministerio de Cristo; también a los pobres y a los débiles,

a los que no tienen hogar y a los desamparados.

Exhorten a los fieles a que trabajen con ustedes en la obra apostólica y escúchenlos gustosamente.

Preocúpense incansablemente de aquellos que aún no pertenecen al único rebaño de Cristo, porque

ellos también les han sido encomendados en el Señor.

Nunca se olviden que han sido agregados al Orden episcopal en la Iglesia Católica, reunida por el

vínculo del amor, de tal modo que no dejen de tener preocupación por todas las iglesias y no olviden

socorrer con generosidad a las iglesias más necesitadas de ayuda.

 

Por tanto, preocúpense por todo el rebaño en el que el Espíritu Santo los pone para gobernar a la

Iglesia de Dios. En el nombre del Padre, cuya imagen representan en la Iglesia. En el nombre del Hijo

Jesucristo, cuyo ministerio de Maestro, Sacerdote y Pastor ejercen. Y en el nombre del Espíritu Santo,

que vivifica a la Iglesia de Cristo y fortalece con su poder nuestra debilidad.

Para la ordenación de varios presbíteros

Queridos hermanos:

Estos hijos nuestros, entre los que se encuentran sus familiares y amigos, serán ordenados para el

ministerio presbiteral; por eso, es importante que consideren atentamente la función que van a desempeñar

en la Iglesia.

Es verdad que todo el Pueblo Santo de Dios ha sido constituido como sacerdocio real por su

incorporación a Cristo; sin embargo, el mismo Jesucristo, nuestro gran Sacerdote, eligió a algunos

discípulos para que ejercieran públicamente y en su nombre, el ministerio sacerdotal en la Iglesia, al

servicio de los hombres. El, que fue enviado por el Padre, envió a su vez a los Apóstoles para que ellos y

sus sucesores, que son los obispos, completaran en el mundo su obra de Maestro, Sacerdote y Pastor.

Los presbíteros, por su parte, son constituidos cooperadores de los obispos con los cuales, unidos en un

mismo ministerio sacerdotal, son llamados para servir al pueblo de Dios.

Después de madura reflexión, estos hermanos nuestros van a ser ordenados sacerdotes en el grado de

presbíteros. Así harán las veces de Cristo Maestro, Sacerdote y Pastor, para que su cuerpo, que es la

Iglesia, se edifique y crezca como pueblo de Dios y templo del Espíritu Santo.

Al asemejarse a Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, y al unirse al sacerdocio de los obispos, quedarán

consagrados como auténtic os sacerdotes del Nuevo Testamento, para anunciar el Evangelio, apacentar al

pueblo de Dios y celebrar el culto divino, especialmente en el sacrificio del Señor.

Por eso, ustedes, queridos hijos, que ahora serán ordenados presbíteros: deben cumplir el ministerio

de enseñar en nombre de Cristo, el Maestro. Anuncien a todos los hombres la palabra de Dios que ustedes

mismos han recibido con alegría. Mediten la ley del Señor, crean lo que leen, enseñen lo que creen y

practiquen lo que enseñan.

Que la doctrina de ustedes sea un alimento sustancioso para el pueblo de Dios; que la fragancia

espiritual de su vida sea motivo de alegría para todos los cristianos, a fin de que con la palabra y el ejemplo

construyan ese edificio viviente que es la Iglesia de Dios.

Les corresponderá también la función de santificar en el nombre de Cristo. Por su ministerio, el

sacrificio espiritual de los fieles alcanzará su perfección al unirse al sacrificio del Señor, que por sus

manos se ofrecerá incruentamente sobre el altar, en la celebración de la Eucaristía. Tengan conciencia de

lo que hacen e imiten lo que conmemoran. Por tanto, al celebrar el misterio de la muerte y la resurrección

del Señor, procuren morir ustedes mismos al pecado y vivir una vida realmente nueva.

Al introducir a los hombres en el pueblo de Dios por el bautismo, al perdonar los pecados en nombre

de Cristo y de la Iglesia por el sacramento de la penitencia, al confortar a los enfermos con la santa

unción, y en todas las celebraciones litúrgicas, así como también al ofrecer durante el día la alabanza, la

acción de gracias y la súplica por el pueblo de Dios y por el mundo entero, recuerden que han sido

elegidos de entre los hombres y puestos al servicio de los hombres en las cosas que se refieren a Dios.

Con permanente alegría y verdadera caridad continúen la misión de Cristo Sacerdote, no buscando

sus propios intereses sino los de Jesucristo.

Finalmente, al participar de la función de Cristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia, permanezcan unidos y

obedientes al Obispo. Procuren congregar a los fieles en una sola familia, animada por el Espíritu Santo,

conduciéndolos a Dios por medio de Cristo. Tengan siempre presente el ejemplo del Buen Pastor que no

vino a ser servido sino a servir y a buscar y salvar lo que estaba perdido.

Para la ordenación de un solo presbítero

Queridos hermanos:

Este hijo, que es familiar y amigo de ustedes, será ordenado para el ministerio presbiteral; por eso, es

importante que consideren atentamente la función que va a desempeñar en la Iglesia.

Es verdad que todo el Pueblo Santo de Dios ha sido constituido como sacerdocio real por su

incorporación a Cristo; sin embargo, el mismo Jesucristo, nuestro gran Sacerdote, eligió a algunos

discípulos para que ejercieran públicamente y en su nombre, el ministerio sacerdotal en la Iglesia, al

servicio de los hombres. El, que fue enviado por el Padre, envió a su vez a los Apóstoles para que ellos y

sus sucesores, que son los obispos, completaran en el mundo su obra de Maestro, Sacerdote y Pastor.

Los presbíteros, por su parte, son constituidos cooperadores de los obispos con los cuales, unidos en un

mismo ministerio sacerdotal, son llamados para servir al pueblo de Dios.

Después de madura reflexión, este hermano nuestro va a ser ordenado sacerdote en el orden de los

presbíteros. Así hará las veces de Cristo Maestro, Sacerdote y Pastor, para que su cuerpo, que es la

Iglesia, se edifique y crezca como pueblo de Dios y templo del Espíritu Santo.

Al asemejarse a Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, y al unirse al sacerdocio de los obispos, quedará

consagrado como auténtico sacerdote del Nuevo Testamento, para anunciar el Evangelio, apacentar al

pueblo de Dios y celebrar el culto divino, especialmente en el sacrificio del Señor.

Por eso, querido hijo, que ahora serás ordenado presbítero: deben cumplir el ministerio de enseñar en

nombre de Cristo, el Maestro. Anuncia a todos los hombres la palabra de Dios que tu mismo has recibido

con alegría. Medita la ley del Señor, cree lo que lees, enseña lo que crees y practica lo que enseñas.

Que tu doctrina sea un alimento sustancioso para el pueblo de Dios; que la fragancia espiritual de tu

vida sea motivo de alegría para todos los cristianos, a fin de que con la palabra y el ejemplo construyas ese

edificio viviente que es la Iglesia de Dios.

Te corresponderá también la función de santificar en el nombre de Cristo. Por tu ministerio, el

sacrificio espiritual de los fieles alcanzará su perfección al unirse al sacrificio del Señor, que por tus

manos se ofrecerá incruentamente sobre el altar, en la celebración de la Eucaristía. Ten conciencia de lo

que haces e imita lo que conmemoras. Por tanto, al celebrar el misterio de la muerte y la resurrección del

Señor, procura morir al pecado y vivir una vida realmente nueva.

Al introducir a los hombres en el pueblo de Dios por el bautismo, al perdonar los pecados en nombre

de Cristo y de la Iglesia por el sacramento de la penitencia, al confortar a los enfermos con la santa

unción, y en todas las celebraciones litúrgicas, así como también al ofrecer durante el día la alabanza, la

acción de gracias y la súplica por el pueblo de Dios y por el mundo entero, recuerdas que has sido elegido

de entre los hombres y puesto al servicio de los hombres en las cosas que se refieren a Dios.

Con permanente alegría y verdadera caridad continúa la misión de Cristo Sacerdote, no buscando tus

intereses sino los de Jesucristo.

Finalmente, al participar de la función de Cristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia, permanece unido y

obediente al Obispo. Procura congregar a los fieles en una sola familia, animada por el Espíritu Santo,

conduciéndola a Dios por medio de Cristo. Ten siempre presente el ejemplo del Buen Pastor que no vino a

ser servido sino a servir y a buscar y salvar lo que estaba perdido.

Para la ordenación de diáconos

Queridos hermanos:

Estos hijos nuestros, entre los cuales se encuentran sus familiares y amigos, serán ahora promovidos al

Orden diaconal; por eso, es importante que consideren atentamente la función que van a desempeñar en la

Iglesia.

El don del Espíritu Santo los fortalecerá para que ayuden al Obispo y a su presbiterio, anunciando la

Palabra de Dios, actuando como ministros del altar y atendiendo las obras de caridad, como servidores de

todos los hombres. Como ministros del altar, proclamarán el Evangelio, prepararán el sacrificio de la

Eucaristía, y repartirán el Cuerpo y la Sangre del Señor a los fieles.

De acuerdo con el mandato recibido del Obispo, les competirá evangelizar a los que no creen, y

catequizar a los creyentes enseñándoles la sagrada doctrina. También podrán dirigir las celebraciones

litúrgicas, administrar el bautismo, autorizar y bendecir los matrimonios, llevar el viático a los moribundos

y presidir las exequias.

Consagrados por la imposición de las manos, practicada desde el tiempo de los Apóstoles, y

estrechamente unidos al altar, cumplirán el ministerio de la caridad en nombre del Obispo o del párroco.

Con la ayuda de Dios, deberán obrar de tal manera que los reconozcan como discípulos de aquel que

no vino a ser servido sino a servir.

En cuanto a ustedes, queridos hijos, que serán ordenados diáconos, el Señor les dió el ejemplo, para

que obren como él lo hizo.

En su condición de diáconos, es decir, como ministros de Jesucristo, que se comportó como servidor

de sus discípulos, cumplan de todo corazón la voluntad de Dios, sirviendo con amor y con alegría al

Señor y a los hombres. Como nadie puede servir a dos señores, tengan presente que toda impureza y

avaricia es como una esclavitud al servicio de los ídolos.

Es necesario que se comporten como testigos del bien y de la verdad que provienen del Espítu Santo,

a semejanza de aquellos hombres que los Apóstoles eligieron para ejercer el ministerio de la caridad.

Que la fe sea el cimiento en el que se asiente la vida de ustedes, y que su conducta sea intachable,

delante de Dios y de los hombres, como corresponde a quienes son ministros de Cristo y dispensadores

de los misterios de Dios.

Nunca pierdan la esperanza que proviene del Evangelio, al cual deben no sólo escuchar sino además

servir.

Conserven el misterio de la fe con pureza de alma, y practiquen en su vida la Palabra de Dios que

anunciarán, para que el pueblo cristiano, vivificado por el Espíritu Santo, se convierta en una ofrenda pura

y agradable a Dios, y ustedes puedan salir al encuentro del Señor, al fin de los tiempos, para escuchar de

sus labios: "Bien, servidor bueno y fiel, entra a participar del gozo de tu Señor".

* * *

Si se ordenan simultáneamente elegidos casados y célibes:

Al acceder libremente al Orden del diaconado, al igual que aquellos varones elegidos por los Apóstoles para

el ministerio de la caridad, también ustedes deben dar testimonio del bien, llenos del Espíritu Santo y del

gusto por las cosas de Dios.

Quienes de entre ustedes van a ejercer el ministerio, observando el celibato, deben tener presente que

el celibato será para ustedes símbolo y, al mismo tiempo, estímulo del amor pastoral y fuente peculiar de

fecundidad apostólica en el mundo. Movidos por un amor sincero a Jesucristo, el Señor, y viviendo este

estado con una total entrega, vuestra consagración a Cristo se renueva de modo más excelente. Por el

celibato, en efecto, les resultará más fácil consagrarse, sin dividir el corazón, al servicio de Dios y de los

hombres, y con mayor facilidad serán ministros de la obra de regeneración sobrenatural.

Constituídos o no en el celibato, tendrán por raíz y cimiento la fe. Muestrense sin mancha e

irreprochables ante Dios y ante los hombres, según conviene a ministros de Cristo y a dispensadores de

los santos misterios. No se dejen arrancar la esperanza del Evangelio, al que deben no sólo escuchar, sino

además servir. Viviendo el misterios de la fe con alma limpia, muestren en sus obras la palabra que

proclaman para que el pueblo cristiano, vivificado por el Espíritu Santo, sea oblación agradable a Dios, y

ustedes, en el último día, puedan salir al encuentro del Señor, y oir de él estas palabras: "Bien, servidor

bueno y fiel, entra en el banquete de tu Señor".

* * *

Si se ordenan solamente elegidos célibes:

Al acceder libremente al Orden del diaconado, al igual que aquellos varones elegidos por los Apóstoles para

el ministerio de la caridad, también ustedes deben dar testimonio del bien, llenos del Espíritu Santo y del

gusto por las cosas de Dios.

Ejercerán su ministerio, observando el celibato. Será para ustedes símbolo y, al mismo tiempo,

estímulo del amor pastoral y fuente peculiar de fecundidad apostólica en el mundo. Movidos por un amor

sincero a Jesucristo, el Señor, y viviendo este estado con una total entrega, la consagración de ustedes a

Cristo se renueva de modo más excelente. Por el celibato, en efecto, les resultará más fácil consagrarse,

sin dividir el corazón, al servicio de Dios y de los hombres, y con mayor facilidad serán ministros de la

obra de regeneración sobrenatural. Tendrán por raíz y cimiento la fe. Muestrense sin mancha e

irreprochables ante Dios y ante los hombres, según conviene a ministros de Cristo y a dispensadores de

los santos misterios. No se dejen arrancar la esperanza del Evangelio, al que no sólo deben escuchar, sino

además servir. Viviendo el misterio de la fe con alma limpia, muestren en sus obras la palabra que

proclaman para que el pueblo cristiano, vivificado por el Espíritu Santo, sea oblación agradable a Dios, y

ustedes, en el último día, puedan salir al encuentro del Señor, y oír de él estas palabras: "Bien, servidor

bueno y fiel, entra en el banquete de tu Señor".

* * *

Si se ordenan solamente elegidos casados:

Al acceder libremente al Orden del diaconado, al igual que aquellos varones elegidos por los Apóstoles para

el ministerio de la caridad, también ustedes deben dar testimonio de bien, llenos de Espíritu Santo y del

gusto por las cosas de Dios. Tendrán por raíz y cimiento la fe. Muestrense sin mancha e irreprochables

ante Dios y antes de los hombres, según conviene a los ministros de Cristo y a dispensadores de los

santos misterios. No se dejen arrancar la esperanza del Evangelio, al que no sólo deben escuchar, sino

además servir. Viviendo el misterio de la fe con alma limpia, muestren en sus obras la palabra que

proclaman para que el pueblo cristiano, vivificado por el Espíritu Santo, sea oblación agradable a Dios, y

ustedes en el último día, puedan salir al encuentro del Señor, y oír de él estas palabras: "Bien, servidor

bueno y fiel, entra en el banquete de tu Señor".

Para la ordenación de un solo diácono

Queridos hermanos:

Este hijo nuestro, que es familiar y amigo de ustedes, será ahora promovido al Orden diaconal; por eso, es

importante que consideren atentamente la función que va a desempeñar en la Iglesia.

El don del Espíritu Santo lo fortalecerá para que ayude al Obispo y a su presbiterio, anunciando la

Palabra de Dios, actuando como ministro del altar y atendiendo las obras de caridad, como servidor de

todos los hombres. Como ministro del altar, proclamará el Evangelio, preparará el sacrificio de la

Eucaristía, y repartirá el Cuerpo y la Sangre del Señor a los fieles.

De acuerdo con el mandato recibido del Obispo, le compete evangelizar a los que no creen, y

catequizar a los creyentes enseñándoles la sagrada doctrina. También podrá dirigir las celebraciones

litúrgicas, administrar el bautismo, autorizar y bendecir los matrimonios, llevar el viático a los moribundos

y presidir las exequias.

Consagrado por la imposición de las manos, practicada desde el tiempo de los Apóstoles, y

estrechamente unido al altar, cumplirá el ministerio de la caridad en nombre del Obispo o del párroco.

Con la ayuda de Dios, deberá obrar de tal manera que lo reconozcan como discípulo de aquel que no

vino a ser servido sino a servir.

En cuanto a ti, querido hijo, que serás ordenado diácono, el Señor te dió el ejemplo, para que obres

como él lo hizo.

En tu condición de diácono, es decir, como ministro de Jesucristo, que se comportó como servidor

de sus discípulos, cumple de todo corazón la voluntad de Dios, sirviendo con amor y con alegría al Señor

y a los hombres. Como nadie puede servir a dos señores, ten presente que toda impureza y avaricia es

como una esclavitud al servicio de los ídolos.

Es necesario que te comportes como testigos del bien y de la verdad que provienen del Espítu Santo,

a semejanza de aquellos hombres que eligieron los Apóstoles para ejercer el ministerio de la caridad.

Que la fe sea el cimiento en el que se asiente tu vida. Que tu conducta sea intachable, delante de Dios

y de los hombres, como corresponde a quienes son ministros de Cristo y dispensadores de los misterios

de Dios.

Nunca pierdas la esperanza que proviene del Evangelio, al cual debes no sólo escuchar sino además

servir.

Conserva el misterio de la fe con pureza de alma, y practica en tu vida la Palabra de Dios que

anunciarás, para que el pueblo cristiano, vivificado por el Espíritu Santo, se convierta en una ofrenda pura

y agradable a Dios; y ustedes puedan salir al encuentro del Señor, al fin de los tiempos, para escuchar de

sus labios: "Bien, servidor bueno y fiel, entra a participar del gozo de tu Señor".

* * *

Si se ordena un elegido célibe:

Al acceder libremente al Orden del diaconado, al igual que aquellos varones elegidos por los Apóstoles para

el ministerio de la caridad, también debes dar testimonio del bien, lleno del Espíritu Santo y del gusto por

las cosas de Dios.

 

Ejercerás tu ministerio observando el celibato. Será para ti símbolo y, al mismo tiempo, estímulo del

amor pastoral y fuente peculiar de fecundidad apostólica en el mundo. Movido por un amor sincero a

Jesucristo, el Señor, y viviendo este estado con una total entrega, tu consagración a Cristo se renueva de

modo más excelente. Por el celibato, en efecto, te resultará más fácil consagrarte, sin dividir el corazón, al

servicio de Dios y de los hombres, y con mayor facilidad serás ministro de la obra de regeneración

sobrenatural.

Tendrás por raíz y cimiento la fe. Muestrate sin mancha e irreprochable ante Dios y ante los hombres,

según conviene a los ministros de Cristo y a dispensadores de los santos misterios. No te dejes arrancar la

esperanza del Evangelio, al que no sólo debes escuchar, sino además servir. Viviendo el misterio de la fe

con alma limpia, muestra en tus obras la palabra que proclamas para que el pueblo cristiano, vivificado por

el Espíritu Santo, sea oblación agradable a Dios y, en el último día, puedas salir al encuentro del Señor, y

oír de él estas palabras: "Bien, servidor bueno y fiel, entra en el banquete de tu Señor".

* * *

Si se ordena un elegido casado:

Al acceder libremente al Orden del diaconado, al igual que aquellos varones elegidos por los Apóstoles para

el ministerio de la caridad, también debes dar testimonio de bien, llenos de Espíritu Santo y del gusto por

las cosas de Dios. Tendrás por raíz y cimiento la fe. Muestrate sin mancha e irreprochable ante Dios y

antes de los hombres, según conviene a los ministros de Cristo y a dispensadores de los santos misterios.

No te dejes arrancar la esperanza del Evangelio, al que no sólo deben escuchar, sino además servir.

Viviendo el misterio de la fe con alma limpia, muestra en tus obras la palabra que proclamas para que el

pueblo cristiano, vivificado por el Espíritu Santo, sea oblación agradable a Dios y, en el último día, puedas

salir al encuentro del Señor, y oír de él estas palabras: "Bien, servidor bueno y fiel, entra en el banquete de

tu Señor".

Para la ordenación de presbítero y diácono

Queridos hermanos:

Ahora que estos hermanos nuestros van a ser ordenados diáconos y presbíteros, conviene considerar con

atención qué grado de ministerio reciben. Servirán a Cristo, sumo Maestro, Sacerdote y Pastor, por cuyo

ministerio en la tierra se edifica sin cesar la Iglesia, cuerpo suyo y tempo del Espíritu Santo.

Al unirse al sacerdocio de los obispos, los presbíteros y los diáconos quedarán consagrados para

anunciar el Evangelio, santificar y apacentar el pueblo de Dios y celebrar el culto divino, especialmente en

el sacrificio del Señor.

Con la ayuda de Dios, deberán obrar de tal manera que los reconozcan como discípulos de aquel que

no vino a ser servido sino a servir.

En cuanto a ustedes, queridos hijos, que serán ordenados diáconos, el Señor les dio el ejemplo, para

que obren como él lo hizo.

En su condición de diáconos, es decir, como ministros de Jesucristo, que se comportó como servidor

de sus discípulos, cumplan de todo corazón la voluntad de Dios, sirviendo con amor y con alegría al

Señor y a los hombres. Como nadie puede servir a dos señores, tengan presente que toda impureza y

avaricia es como una esclavitud al servicio de los ídolos.

* * *

Si se ordenan simultáneamente elegidos casados y célibes:

Al acceder libremente al Orden del diaconado, al igual que aquellos varones elegidos por los Apóstoles para

el ministerio de la caridad, también ustedes deben dar testimonio del bien, llenos del Espíritu Santo y del

gusto por las cosas de Dios.

Quienes de entre ustedes van a ejercer el ministerio, observando el celibato, deben tener presente que

el celibato será para ustedes símbolo y, al mismo tiempo, estímulo del amor pastoral y fuente peculiar de

fecundidad apostólica en el mundo. Movidos por un amor sincero a Jesucristo, el Señor, y viviendo este

estado con una total entrega, vuestra consagración a Cristo se renueva de modo más excelente. Por el

celibato, en efecto, les resultará más fácil consagrarse, sin dividir el corazón, al servicio de Dios y de los

hombres, y con mayor facilidad serán ministros de la obra de regeneración sobrenatural.

Constituídos o no en el celibato, tendrán por raíz y cimiento la fe. Muéstrense sin mancha e

irreprochables ante Dios y ante los hombres, según conviene a ministros de Cristo y a dispensadores de

los santos misterios. No se dejen arrancar la esperanza del Evangelio, al que deben no sólo escuchar, sino

además servir. Viviendo el misterios de la fe con alma limpia, muestren en sus obras la palabra que

proclaman para que el pueblo cristiano, vivificado por el Espíritu Santo, sea oblación agradable a Dios, y

ustedes, en el último día, puedan salir al encuentro del Señor, y oir de él estas palabras: "Bien, servidor

bueno y fiel, entra en el banquete de tu Señor".

* * *

Si se ordenan solamente elegidos célibes:

Al acceder libremente al Orden del diaconado, al igualque aquellos varones elegidos por los Apóstoles para

el ministerio de la caridad, también ustedes deben dar testimonio del bien, llenos del Espíritu Santo y del

gusto por las cosas de Dios.

Ejercerán su ministerio observando el celibato. Será para ustedes símbolo y, al mismo tiempo,

estímulo del amor pastoral y fuente peculiar de fecundidad apostólica en el mundo. Movidos por un amor

sincero a Jesucristo, el Señor, y viviendo este estado con una total entrega, la consagración de ustedes a

Cristo se renueva de modo más excelente. Por el celibato, en efecto, les resultará más fácil consagrarse,

sin dividir el corazón, al servicio de Dios y de los hombres, y con mayor facilidad serán ministros de la

obra de regeneración sobrenatural. Tendrán por raíz y cimiento la fe. Muestrense sin mancha e

irreprochables ante Dios y ante los hombres, según conviene a ministros de Cristo y a dispensadores de

los santos misterios. No se dejen arrancar la esperanza del Evangelio, la que deben no sólo escuchar, sino

además servir. Viviendo el misterio de la fe con alma limpia, muestren en sus obras la palabra que

proclaman para que el pueblo cristiano, vivificado por el Espíritu Santo, sea oblación agradable a Dios, y

ustedes, en el último día, puedan salir al encuentro del Señor, y oír de él estas palabras: "Bien, servidor

bueno y fiel, entra en el banquete de tu Señor".

* * *

Si se ordenan solamente elegidos casados:

Al acceder libremente al Orden del diaconado, al igual que aquellos varones elegidos por los Apóstoles para

el ministerio de la caridad, también ustedes deben dar testimonio de bien, llenos de Espíritu Santo y del

gusto por las cosas de Dios. Tendrán por raíz y cimiento la fe. Muestrense sin mancha e irreprochables

ante Dios y antes de los hombres, según conviene a ministros de Cristo y a dispensadores de los santos

misterios. No se dejen arrancar la esperanza del Evangelio, la que deben no sólo escuchar, sino además

servir. Viviendo el misterio de la fe con alma limpia, muestren en sus obras la palabra que proclaman para

que el pueblo cristiano, vivificado por el Espíritu Santo, sea oblación agradable a Dios, y ustedes en el

último día, puedan salir al encuentro del Señor, y oír de él estas palabras: "Bien, servidor bueno y fiel,

entra en el banquete de tu Señor".

* * *

Por eso, ustedes, queridos hijos, que ahora serán ordenados presbíteros, deben cumplir el ministerio de

enseñar en nombre de Cristo, el Maestro. Anuncien a todos los hombres la palabra de Dios que ustedes

mismos han recibido con alegría. Mediten la ley del Señor, crean lo que leen, enseñen lo que creen y

practiquen lo que enseñan.

Que la doctrina de ustedes sea un alimento sustancioso para el pueblo de Dios; que la fragancia

espiritual de su vida sea motivo de alegría para todos los cristianos, a fin de que con la palabra y el ejemplo

construyan ese edificio viviente que es la Iglesia de Dios.

Les corresponderá también la función de santificar en nombre de Cristo. Por su ministerio, el

sacrificio espiritual de los fieles alcanzará su perfección al unirse al sacrificio del Señor, que por sus

manos se ofrecerá incruentamente sobre el altar, en la celebración de la Eucristía. Tengan conciencia de lo

que hacen e imiten lo que conmemoran. Por tanto, al celebrar el misterio de la muerte y la resurrección del

Señor, procuren morir ustedes mismos al pecado y vivir una vida realmente nueva.

Al introducir a los hombres en el pueblo de Dios por el bautismo, al perdonar los pecados en nombre

de Cristo y de la Iglesia por el sacramento de la penitencia, al confortar a los enfermos con la santa

unción, y en todas las celebraciones litúrgicas, así como también al ofrecer durante el día la alabanza, la

acción de gracias y la súplica por el pueblo de Dios y por el mundo entero, recuerden que han sido

elegidos de entre los hombres y puestos al servicio de los hombres en las cosas que se refieren a Dios.

Con permanente alegría y verdadera caridad continúen la misión de Cristo Sacerdote, no buscando

sus intereses sino los de Jesucristo.

Finalmente, al participar de la función de Cristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia, permanezcan unidos y

obedientes al Obispo. Procuren congregar a los fieles en una sola familia, animada por el Espíritu Santo,

conduciéndolos a Dios por medio de Cristo. Tengan siempre presente el ejemplo del Buen Pastor que no

vino a ser servido sino a servir y a buscar y salvar lo que estaba perdido.

Bendición de las insignias pontificales

Las insignias pontificales (anillo, báculo pastoral y mitra) no necesitan bendición previa cuando se

entregan en el mismo rito de la Ordenación Episcopal. Si fuera necesario bendecirlas se procede del

siguiente modo:

V. Nuestra ayuda está en el Nombre del Señor.

R. Que hizo el cielo y la tierra.

V. El Señor esté con ustedes.

R. Y con tu espíritu.

Oremos.

Dios todopoderoso y eterno,

bendice estas insignias del oficio pastoral

y del honor pontifical,

de tal modo que quien las lleve,

reciba en la vida eterna,

el premio de la gracia que se le otorgó.

Con Cristo Sumo Sacerdote y Buen Pastor.

Que vive y reina por los siglos de los siglos.

R. Amén.

Y se rocían las insignias con agua bendita.

Apéndice II.

Rito de admisión de candidatos al Orden Sagrado

Observaciones Previas

1.

El rito de admisión se realiza cuando consta que el propósito de los aspirantes, apoyado en las

cualidades necesarias, ha alcanzado suficiente madurez.

2.

Los aspirantes han de manifestar públicamente su propósito de recibir las sagradas Órdenes. El

Obispo o el Superior Mayor en los Institutos clericales, o su delegado acepte públicamente ese propósito.

3.

La admisión puede celebrarse en cualquier día excepto en el Triduo pascual, la Semana Santa, el

Miércoles de Ceniza, la Conmemoración de todos los fieles difuntos, preferentemente en la iglesia u

oratorio del Seminario o Instituto religioso, con ocasión, v.gr., de una reunión de presbíteros o de

diáconos, bien sea dentro de la Misa o en una celebración de la Liturgia de las Horas o de la Palabra de

Dios. Por su índole, nunca debe unirse a las sagradas Órdenes ni a la Institución de lectores y acólitos.

4.

Si la admisión se celebra dentro de la Eucaristía, puede decirse la Misa por las Vocaciones a las

sagradas Órdenes, con las lecturas propias del rito de admisión, empleando color blanco.

Pero si coincide alguna de las celebraciones que se contempla en los nn. 2-9 de la tabla de los días

litúrgicos, se dice la Misa del día.

Cuando no se dice la Misa por las Vocaciones a las sagradas Órdenes, una de las lecturas puede

tomarse de las que se proponen en el Leccionario para el rito de admisión, a no ser que coincida con uno

de los días que se citan en los nn. 2-4 de la tabla de los días litúrgicos.

5.

Si la admisión se hace en una Celebración de la Palabra de Dios, ésta puede iniciarse con una antífona

apropiada y, después del saludo del celebrante, se dice la colecta de la Misa mencionada en el n.4. Las

lecturas se toman de las indicadas en el Leccionario para esta celebración.

6.

Cuando el rito se celebra en la Liturgia de las Horas, comienza después de la lectura breve o larga. En

Laudes y Vísperas, en lugar de las intercesiones o Preces, pueden decirse las invocaciones de la oración

común como más adelante se proponen en el número 12.

7.

Si la admisión se celebra en la Misa, el Obispo celebrante se reviste con las vestiduras sagradas que se

requieren para la celebración eucarística y usa mitra y báculo.

Si se celebra fuera de la Misa, puede llevar la cruz pectoral, estola y capa pluvial del color conveniente

sobre el alba, o tomar solamente la cruz y la estola sobre el roquete y la muceta, pero no usa mitra ni

báculo.

Rito de admisión

8.

Después de las lecturas bíblicas, el celebrante, si es Obispo toma mitra y báculo, y se sienta en la

cátedra. Luego pronuncia la homilía, la cual tomando como punto de partida el texto de las lecturas, habla

de la índole de la admisión con estas u otras palabras semejantes: Queridos hermanos: Estos hermanos

nuestros que hoy se presentan ante la Iglesia para ser admitidos como candidatos al Orden sagrado, han

de ser encomendados por todos nosotros al Señor.

Cristo mandó: "Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha". Ellos,

conociendo la preocupación del Señor por su pueblo, y teniendo en cuenta la necesidad de la Iglesia, se

sienten preparados para responder con generosidad al llamado del Señor y decirle con el profeta: "Aquí

estoy, envíame", y confiando en él esperan realizar con fidelidad su vocación.

Ahora bien, la voz del Señor, cuando llama, ha de ser escuchada e interpretada a partir de aquellos

signos por los cuales cada día la voluntad de Dios se da a conocer a los hombres prudentes. Pero a

quienes en sus divinos designios elige para que participen en el sacerdocio jerárquico de Cristo, el Señor

los mueve y ayuda con su gracia y nos encomienda a nosotros, cuando consta la idoneidad de los

candidatos y después de la preparación adecuada, el oficio de llamarlos y consagrarlos con el sello especial

del Espíritu Santo para el servicio de Dios y de la Iglesia. Por medio del Orden sagrado serán destinados

para continuar el oficio que Cristo realizó en el mundo. Asociados entonces a nuestro ministerio, cuando

llegue el momento, servirán a la Iglesia y edificarán las comunidades cristianas a las que sean enviados,

por medio de la predicación de la Palabra y la celebración de los sacramentos.

Para que estos hermanos nuestros, que ya han comenzado su formación, puedan ser llamados un día

por su Obispo para ser ordenados, será necesario que aprendan a vivir de acuerdo con las exigencias del

Evangelio, que se afiancen en la práctica de la fe, la esperanza y la caridad, y por medio de la práctica de

ellas adquieran el espíritu de oración y se fortalezcan en ansias de ganar a todos los hombres para Cristo.

Queridos hijos, que serán admitidos a las sagradas Órdenes:

Ahora, impulsados por el amor a Cristo y fortalecidos por el Espíritu Santo, ha llegado el momento de

expresar públicamente su deseo de entregarse al servicio de Dios y de los hombres.

Cuando sean llamados por su nombre, se acercarán hasta aquí y expresarán este propósito en

presencia de la Iglesia.

9.

Un diácono o un presbítero designado al efecto llama por su nombre a los aspirantes. Cada uno

responde:

Aquí estoy.

Y se acercan al celebrante, a quien -si es Obispo- hacen una reverencia.

10.

Seguidamente el celebrante los interroga con estas palabras:

Queridos hijos:

Los pastores y maestros responsables de su formación

y que afirman conocerlos,

han dado buenas referencias de ustedes

y en ese testimonio confiamos plenamente.

¿Quieren completar su preparación,

respondiendo al llamado del Señor,

para que llegado el momento

sean encontrados aptos para recibir

el ministerio de la Iglesia mediante el Orden sagrado?

Los aspirantes, todos juntos, responden:

Sí, quiero.

El celebrante:

¿Quieren formarse para servir fielmente al Señor Jesús

y a su Cuerpo que es la Iglesia?

Los aspirantes:

Sí, quiero.

El celebrante continúa:

La Iglesia recibe con alegría su propósito.

Que el Señor complete y perfeccione

la obra que él mismo ha comenzado en ustedes.

Todos responden:

Amén.

11.

Seguidamente todos se ponen de pie. El celebrante, si es Obispo, deja la mitra y el báculo. En la Misa

se dice el Símbolo según corresponda.

Luego, el celebrante invita a los fieles a orar diciendo:

Queridos hermanos:

Oremos a nuestro Dios y Señor

y pidámosle por estos hijos suyos,

que desean consagrarse al servicio de la Iglesia,

para que se digne derramar sobre ellos

la gracia de su bendición.

12.

El diácono u otro ministro idóneo propone estas u otras intenciones más adaptadas a las

circunstancias. Todos responden con una aclamación adecuada:

- Para que estos hermanos nuestros se unan a Cristo más estrechamente, en lo más profundo de su

ser, y sean sus testigos, en medio de los hombres, oremos al Señor.

R. Te rogamos, óyenos.

- Para que compartan las preocupaciones de los hombres y sean dóciles en todo momento a la voz del

Espíritu Santo, oremos al Señor.

R. Te rogamos, óyenos.

- Para que lleguen a ser ministros de la Iglesia y confirmen en la fe a sus hermanos, por medio de la

palabra y el ejemplo, y los reúnan para participar en la Eucaristía, oremos al Señor.

R. Te rogamos, óyenos.

- Para que envíe operarios a su mies y los llene de los dones de su Espíritu, oremos al Señor.

R. Te rogamos, óyenos.

- Para que todos los pueblos llegan a la plenitud de la paz y la justicia, oremos al Señor.

R. Te rogamos, óyenos.

- Para que todos nuestros hermanos sufrientes, partícipes de la pasión de Cristo, consigan la libertad y

la salud, oremos al Señor.

R. Te rogamos, óyenos.

13.

Si la admisión se hace en Laudes y Vísperas, omitidas las intercesiones y la Oración dominical

inmediatamente se dice la oración del n. 14. En la celebración de la palabra, inmediatamente sigue la

Oración dominical.

14.

 

Luego de la Oración dominical o, si la admisión se celebra dentro de la Misa, después de las

intenciones el celebrante prosigue:

Escucha, Señor, nuestras súplicas

y bendice con tu misericordia a estos hijos tuyos,

que desean entregarse a tu servicio y al del pueblo,

mediante el sagrado ministerio.

Concédeles que perseveren en la vocación y que,

unidos por un sincero amor a Cristo sacerdote,

puedan un día recibir dignamente el oficio apostólico.

Por Jesucristo nuestro Señor.

Todos responden:

Amén.

O bien:

Te pedimos, Señor, que concedas a estos hijos tuyos

la gracia de conocer cada día más plenamente el misterio de tu amor

y vivir de acuerdo con él.

Ayúdalos para que al ejercer el sagrado ministerio en la Iglesia,

se preparen con generosidad para que imbuidos y compenetrados por el Espíritu de tu amor,

sirvan gustosamente a sus hermanos para su salvación y gloria de tu nombre.

Por Jesucristo nuestro Señor.

Todos responden:

Amén.

15.

Si la admisión se celebra durante la Misa, ésta continúa como de costumbre. Los admitidos y sus

familiares y amigos pueden recibir la Comunión bajo las dos especies.

Dentro de la Liturgia de las Horas todo continúa como de costumbre.

 

Si se realiza en el transcurso de una celebración de la Palabra, el Obispo bendice al pueblo y luego el

diácono lo despide de la manera acostumbrada.

I Para la admisión de los candidatos al diaconado y presbiterado

Lecturas Bíblicas

Antiguo Testamento

1.

Deut. 1, 9-14: Procuren hombres sabios, perspicaces y experimentados y yo los pondré como

príncipes.

2.

Jer. 1, 4-8: Dondequiera que yo te envíe irás.

3.

Sir. 39, 1. 5-8: Aplica su corazón a ir, bien de mañana, donde el Señor.

4.

Is. 6, 1-2a. 3-8: ¿A quién enviaré? Y ¿quién irá de parte nuestra?

Nuevo Testamento

5.

Hech. 14, 21-23: Designaron presbíteros en cada Iglesia.

6.

1 Cor. 9, 16-19. 22-23: ¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!

7.

1 Cor. 12, 4-11: A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para utilidad.

8.

2 Tim. 3, 10-12. 14-15: Persevera en lo que aprendiste.

Salmos Interleccionales

9.

Ps. 15, 1-2a y 5. 7-8. 11: R. (cf. 5ª): Tú eres, Señor, la parte de mi herencia.

10.

Ps. 23, 1-2. 3-4ab. 5-6: R. (cf. 6): Ésta es la generación de los que buscan tu rostro, Señor.

11.

Ps. 97, 1. 2-3ab. 3c-4. 5-6: (R. (2b): Dios ha dado a conocer su justicia a los ojos de las naciones.

Aleluias y versículos antes del Evangelio

12.

Mc 1,17: Vengan en pos de mí y los haré pescadores de hombres.

13.

Lc 4, 18-19: Me ha enviado el Señor a evangelizar a los pobres, a proclamar la liberación a los

cautivos.

14.

Jn. 12, 26a: El que me sirva, que me siga, dice el Señor; y donde yo esté, allí estará, también, mi

servidor.

Evangelios

15.

Mt. 9, 35-38: Rueguen al Señor para que envíe muchos operarios a su mies.

16.

Mc. 1, 14-20: Los haré pescadores de hombres.

17.

Lc. 5,1-11: En tu palabra, echaré las redes.

18.

Jn. 1, 35-42: He ahí el Cordero de Dios. Hemos encontrado al Mesías.

19.

Jn. 1, 45-51: Ahí tienen a un israelita de verdad, en quien no hay engaño.

II Institución de los lectores

Notas Preliminares

1.

La Institución de los lectores se realiza por el Obispo o por el Superior mayor de un instituto religioso

clerical durante la Misa o bien en una celebración de la Palabra de Dios.

2.

Las lecturas bíblicas se toman, en todo o en parte, de la liturgia del día o de las que se proponen más

arriba (p. 214).

Rito para instituir Lectores

3.

Después de la proclamación del Evangelio, el Obispo, con mitra, toma asiento en su sede. Un diácono

o un presbítero designado al efecto llama a los candidatos diciendo: Acérquense los que van a ser

instituidos en el ministerio de lectores.

Los candidatos son llamados por su nombre; cada uno responde: Presente.

Y se acercan al Obispo, a quien hacen una reverencia.

4.

Entonces, todos toman asiento y el Obispo pronuncia la homilía y la concluye dirigiéndose a los

candidatos con estas u otras palabras semejantes:

Queridos hijos:

Dios Padre reveló y realizó el Misterio de la Salvación por medio de Jesucristo, su Hijo hecho hombre,

quien después de enseñarnos todo lo necesario para salvarnos, confió a su Iglesia el ministerio de predicar

el Evangelio a todos los hombres.

Ustedes, constituidos como lectores o relatores de la Palabra de Dios, ayudaréis a cumplir esta misión y

por eso recibiréis un oficio particular en el Pueblo de Dios: oficio que está al servicio de la fe que se nutre

de la Palabra de Dios. Proclamaréis la Palabra en la asamblea litúrgica; educaréis en la fe y para la digna

recepción de los sacramentos a los niños y a los adultos y anunciaréis la Buena Noticia de la Salvación a

los hombres que todavía la desconocen. Con este anuncio y con vuestra ayuda, los hombres podrán llegar

al conocimiento de Dios Padre y de su Hijo Jesucristo, su enviado, y así conseguir la Vida eterna.

Ya que anunciaréis a otros la Palabra divina, dóciles al Espíritu Santo, recíbanla ustedes primero,

medítenla asiduamente, a fin de ir adquiriendo o creciendo cada día más, en un suave y vivo amor hacia

ella.

Que la conducta de ustedes manifieste a nuestro Salvador Jesucristo.

5.

Concluida la homilía, todos se ponen de pie y el Obispo, sin mitra, invita a los fieles a orar, diciendo:

Queridos hermanos, roguemos a Dios Padre

que bendiga a estos servidores suyos

que han sido elegidos para el ministerio de lectores,

para que al realizar con empeño el oficio que se les confía,

anunciando a Cristo

glorifiquen al Padre que está en los cielos.

Todos oran en silencio unos instantes.

6.

Luego, el Obispo prosigue:

Dios, fuente de esplendor y bondad,

que enviaste a tu único Hijo, la Palabra que da vida,

para que revelara a los hombres el misterio de tu amor,

dígnate bendecir a estos hermanos nuestros

que han sido elegidos para desempeñar el ministerio de lectores.

Concédeles que al meditar asiduamente tu Palabra

asimilen su enseñanza

y la anuncien con fidelidad a sus hermanos.

Por Jesucristo nuestro Señor.

R. Amén.

7.

Los candidatos se acercan al Obispo y éste entrega a cada uno el libro de la Sagrada Escritura

mientras dice: Recibe el libro de la Sagrada Escritura y trasmite con fidelidad la Palabra de Dios para que

tenga mayor vigencia en el corazón de los hombres.

El lector responde:

Amén.

Mientras tanto, sobre todo si los candidatos son numerosos, se puede cantar el Salmo 18 u otro canto

apropiado.

8.

Si la institución de lectores se celebra durante la Misa, ésta continúa como de costumbre; si se realiza

en el transcurso de una celebración de la Palabra, el Obispo bendice al pueblo y luego lo despide de la

manera acostumbrada.

III Institución de acólitos

Notas preliminares

1.

La Institución de acólitos se realiza por el Obispo, o por el Superior mayor de un instituto religioso

clerical, durante la celebración de la Misa.

2.

Las lecturas bíblicas se toman, en todo o en parte, de la liturgia del día o de las que se proponen más

arriba (p. 214).

Rito para instituir acólitos

3.

Después de la proclamación del Evangelio, el Obispo, con mitra, toma asiento en su sede. Un diácono

o un presbítero designado al efecto llama a los candidatos diciendo: Acérquense los que van a ser

instituidos en el ministerio de acólitos.

Los candidatos son llamados por su nombre; cada uno responde: Presente.

Y se acercan al Obispo, a quien hacen una reverencia.

4.

Entonces, todos toman asiento y el Obispo pronuncia la homilía y la concluye dirigiéndose a los

candidatos con estas u otras palabras semejantes:

Queridos hijos:

Elegidos para el oficio de acólitos, participarán de un modo peculiar en el ministerio de la Iglesia, cuya vida

tiene su cumbre y su fuente en la Eucaristía, por la que es edificado y crece el Pueblo de Dios. A ustedes

se les encomienda a función de ayudar a los presbíteros y a los diáconos en el ejercicio de su ministerio y

se les confía, como ministros extraordinarios distribuir la sagrada Comunión a los fieles y llevarla también

a aquellos que están enfermos. Al ser destinados de una manera especial para este ministerio, es necesario

que procuren vivir intensamente de la gracia que brota del sacrificio del Señor y se identifiquen cada vez

más con él, procuren percibir el sentido espiritual y profundo de las cosas; al cumplir su oficio, busquen

profundizar en su sentido espiritual para que puedan ofrecerse cada día a Dios como sacrificio espiritual y

aceptable, por Jesucristo, nuestro mediador.

Para hacer esto les ayudará recordar que así como participan de un mismo Pan con sus hermanos, así

también deben formar un solo cuerpo con ellos; por tanto, amen sinceramente al Cuerpo místico de

Cristo, que es el Pueblo de Dios especialmente a los débiles y enfermos y adecuen sus vidas al precepto

que el Señor dio a sus Apóstoles en la última Cena cuando dijo: "Ámense los unos a los otros como yo los

he amado".

5.

Concluida la homilía, todos e ponen de pie y el Obispo, sin mitra, invita a los fieles a orar, diciendo:

Queridos hermanos:

Supliquemos al Señor que derrame la abundancia de sus bendiciones sobre aquellos a quienes eligió para

el oficio de acólitos y los fortalezca para ejercer fielmente este ministerio en su Iglesia.

Y todos oran en silencio unos instantes.

6.

Luego, el Obispo prosigue:

Dios misericordioso,

que confiaste a tu Pueblo el Pan de Vida,

por medio de tu único Hijo,

bendice a estos hermanos nuestros,

que han sido elegidos para el ministerio de acólitos.

Concede que sean asiduos servidores del santo altar,

distribuyan con fidelidad

el Pan de la Vida a sus hermanos

y acrecienten constantemente su fe y caridad

para consolidar tu Iglesia.

Por Jesucristo nuestro Señor.

R. Amén.

7.

Los candidatos se acercan al Obispo y éste entrega a cada uno el recipiente con el pan o con el vino

que serán consagrados, mientras dice: Recibe este recipiente con el pan (con el vino) destinado a la

celebración de la Eucaristía y compórtate de tal manera que merezcas servir a la mesa del Señor y de la

Iglesia.

El acólito responde: